La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El viejo príncipe

Luis Ventoso, en ABC
índice“Él tiene mucho que ver con que hoy el 72% de los españoles se declaren católicos”

 

 

 

SI no compartes los principios del budismo, ¿te dedicarías a escrutar y execrar sus preceptos? No, claro: la libertad de culto se da por descontada en nuestras democracias. Pero ese respeto elemental no opera en la relación de nuestra izquierda laicista con el catolicismo, pues se obsesiona en vigilarlo, corregirlo e intentar que sea lo que no es. Es cierto que hubo tiempos de rodillo (cómo no reconocerlo en un país donde se rubricó la expulsión de judíos y moriscos). Pero hoy profesar la fe católica es una elección libre. Si su moral no te convence, lo tienes fácil: este no es mi club y allá ellos. Por eso abochorna la esperable inquina con que la prensa anticatólica fustiga en su adiós a Antonio María Rouco. Algunos perfiles del viejocardenal son tan tremendistas en su colmillo que parecen hablar del Morgoth de Tolkien.

Rouco ha sido figura capital. Un hombre de fe, erudición y caridad (nunca reconocida). Pero también un hombre de acción, como aquellos impresionantes príncipe de la Iglesia, con cuya estirpe emparenta, pese a sus modestos orígenes en una familia de emigrantes en el Lugo profundo de la guerra civil. Rouco se ha empapado del Evangelio desde niño, cuando con solo diez años, huérfano ya de padre, ingresó en el seminario menor de Lourenzana, un antiguo monasterio benedictino, un monumental congelador en el frío de la sierra lucense. Pero alguna página debe haber ojeado también del manual de buen gobierno de Nicolás Maquiavelo, pues mucha es la astucia y el valor que hubo de aplicar para dar su batalla intelectual: salir al encuentro del laicismo y defender a campo abierto la vigencia del ideario católico.

En esa liza Rouco topó con un adversario intelectualmente menor, un chisgarabís frente a los conocimientos robustos del teólogo gallego formado en Múnich. Pero el antagonista tenía una obsesión y disponía de los medios. Quería someter a España a un ejercicio de ingeniería social, auspiciada desde el Gobierno, para liquidar los valores seculares cristianos e instaurar una nueva ética, relativista, casi pop en su liviandad, muy hostil al concepto católico de familia. Se llamaba Rodríguez Zapatero y Rouco resistió, creando en Madrid un oasis ideológico donde fue posible otra manera de pensar. Ha sido Rouco, y no Esperanza Aguirre, el muñidor de la alternativa madrileña a la supuesta superioridad moral de la izquierda.

No es fácil la fachada de Rouco en la era de la telegenia. Voz cavernosa, rostro ancho con nariz de púgil, la perpetua fidelidad a las gafas más feas del mercado. Pero había más Roucos. El del humor socarrón, el del afecto en corto, el que nunca quiso contar cómo y cuánto ayudaba a tanta gente. Ecos de un niño sano y listo que se llamó Tucho, que perdió pronto a sus padres y que por la puerta de los monaguillos llegó a amigo de Papas. Si hoy el 72% de los españoles se declaran católicos tiene mucho que ver con él. No es Mr. Simpatía. No busca el aplauso fácil del gustar a todos aún traicionándose a uno mismo. Pero se atrevió a hacer lo que tenía que hacer. Peleó por un espacio de libertad y ganó. Y eso no se perdona.