La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

BIEN COMÚN PLENO, REALIZACIÓN DE LA CARIDAD POLÍTICA (I)

Riqueza del concepto de bien común en la enseñanza de la Iglesia.

Dedicábamos nuestras amplias consideraciones inmediatamente anteriores a la caridad política. El Papa Francisco, en reciente entrevista, como dijimos, afirmaba también una vez más, en línea con una consolidada enseñanza eclesial, que “la política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad”… porque “lleva al bien común”. Aunque parezca que la doctrina sobre el bien común es suficientemente conocida por la mayoría, no podemos dejar de volver sobre este concepto, fundamental y clave para la comprensión del mismo orden político y de las exigencias de orden moral que éste entraña. La obligación del compromiso político es justamente en primer término la de procurar cada uno, individual y asociadamente, de acuerdo con sus condiciones y circunstancias, la consecución del bien común, concebido como conjunto de condiciones que hacen posible a los diversos grupos y a los individuos una más fácil, perfecta y armónica consecución de sus fines. Por otra e importantísima parte, como en otra, próxima, entrega, no podremos dejar de subrayar frente a frecuentes olvidos, el bien común entraña una decisiva referencia a la dimensión transcendente de la persona y a su fin último sobrenatural.

La constitutiva relación de la condición social de la misma realidad humana con el bien común es objeto de una clara convicción para los cristianos desde el primer momento y en todos los tiempos[1]. El de bien común es concepto, pues, de la más larga y continua tradición en el pensamiento socio-teológico católico, progresivamente “trabajado”, fundamentado, enriquecido y especialmente subrayado en la más reciente doctrina social de la Iglesia. No cabe aquí, obviamente, un tratamiento, siquiera sumario, de un concepto de tanta riqueza, tan complejas relaciones y tan amplia aplicación como el de bien común. Baste el recordatorio de algunos elementos y textos básicos.

 

“Mundialidad” del bien común. Bien común y derechos humanos.

Por su propio concepto el bien común está referido a todo tipo de comunidad y a la misma comunidad total que es la de todos los hombres. (Y al atender a la dimensión internacional, mundial, de bien común —bonum orbis— habrá de reconocérseles un eminente lugar a los creadores españoles del derecho internacional). La internacionalidad o mundialidad es una nota perteneciente de suyo, de iure, al concepto de bien común. Esa teórica y “exigitiva” internacionalización del bien común se hace efectiva y concreta cuando los mismos medios de comunicación de todo tipo hacen ya posible, necesaria e ineludible la relación asociativa entre todos los seres humanos. El bien común de suyo internacional se hace así de hecho cada vez más efectivamente internacional y cada vez de modo más claro aparece objetivamente referido a derechos y obligaciones que miran a todo el género humano, a toda la familia humana[2].

En su encíclica Pacem in terris se remitía Juan XXIII a la cuidada definición que ya ofreciera él mismo en su Mater et magistra y según la cual el bien común abarca todo un conjunto de condiciones sociales que permitan a los ciudadanos e1 desarrollo expedito y pleno de su propia perfección[3]. Y como asimismo Pacem in terris afirma: “En 1a época actual se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana”[4]. Subrayaba así la intrínseca relación entre bien común y derechos fundamentales, dos de los conceptos-clave en la doctrina de Juan XXIII. Y entre los contenidos esenciales, y explícitamente centrales de su enseñanza se encuentra la dimensión universal del bien común, bien de todo el género humano, con el que debe corresponderse la constitución de instituciones y órganos de carácter internacional y, en último término, de una verdadera comunidad mundial dotada de una verdadera autoridad mundial[5]. Sin ignorar los fundados reparos que podía suscitar la Declaración Universal de los derechos del hombre formulada por las Naciones Unidas en 1948, Juan XXIII saludaba en ella un primer paso introductorio para el establecimiento de una constitución jurídica y política de todos los pueblos del mundo (Pacem in terris 144).

 

El bien común en el Concilio Vaticano II y en el magisterio pontificio posterior hasta el Papa Francisco.

El posterior magisterio de la Iglesia asume e intensifica esta concepción de bien común. Para el Concilio Vaticano II: “El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección” (GS 74). Y la comunidad política –señala— precisamente “nace…para buscar el bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y propia” (ibídem). Pondrá igualmente el Concilio Vaticano II su acento en la dimensión internacional, mundial, del bien común (GS 26.84)[6].

Para Pablo VI: “Según su propia misión, el poder político debe saber desligarse de los intereses particulares, para enfocar su responsabilidad hacia el bien de toda persona, rebasando incluso las fronteras nacionales. Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad” (Octogesima adveniens 46).

Y, tal como afirmaba Juan Pablo II: “Una política para la persona y para la sociedad encuentra su criterio básico en la consecución del bien común, como bien de todos los hombres y de todo el hombre, correctamente ofrecido y garantizado a la libre y responsable aceptación de las personas, individualmente o asociadas”[7].

Benedicto XVI insistirá en la exigencia de que los laicos se impliquen en la promoción del bien común (Deus caritas est, 29[8]), al que de modo especial se refiere igualmente en numerosos lugares de su encíclica Caritas in veritate:

Así, “hay un bien –nos dice– relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad […] Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Ésta es la vía institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la polis. El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno…”[9]. E invoca la necesidad “de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada   –señala expresamente– por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común… ”[10].

Y el Papa Francisco ya en su primera encíclica Lumen Fidei (LF), de 29 de junio de 2013, relaciona fe y bien común en cuanto la fe “permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común. Sí, la fe  —proclamaes un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza” (LF, 51).

Y en su exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG), de 24 de noviembre de 2013, podemos encontrar abundantes consideraciones sobre las exigencias del bien común. No cabe aquí ofrecer siquiera un resumen de los correspondientes textos. Pero permítasenos al menos, en este primer momento, reproducir algunos sin duda significativos:

-“La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica…” (EG 203).

-“… cuando planteamos …cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común” (EG 65).

-“Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social” (EG 205).

-“Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la sociedad. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos, desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las circunstancias actuales, exige una profunda humildad social” (EG 240).

            (En la próxima entrega consideraremos la esencial e inesquivable referencia del bien común a la dimensión transcendente de la persona humana y a su fin último sobre natural).

 

Teófilo González Vila.

 

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[1] El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1905) puede remitirse a la Epistula Pseudo Bernabe 4, 10: SC 172, 100-102 (Funk 1, 48): “reuníos para buscar juntos lo que constituye el interés común” (in unum convenientes conquiratis id, quod omnibus prodest).

[2] Como señalaba el Concilio Vaticano II: “La interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universalización hacen que el bien común …se universalice cada vez más, e implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el género humano. Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común de toda la familia humana” (Constitución pastoral Gaudium et spes, 26).

[3] MM (1961) AAS 53 (1961) 19; PT (1963) 58, 59, 60; GS 26. 74; CIgC 1905-1912 ; Pablo VI OA 46; CL 42.

[4] “Por eso,   –se añade– los gobernantes que no reconozcan los derechos del hombre o los violen faltan a su propio deber y carecen, además, de toda obligatoriedad las disposiciones que dicten” (PT 61. Y se hace referencia en nota a Pío XI, Mit brennender Sorge: AAS 29 (1937) 159; Divini Redemptoris: AAS 29 (1937) 79; y a Pío XII, Radiomensaje navideño de 1942: AAS 35 (1943) 9-24.

[5]Pacem in terris T 98, 100, 140, 146, 7, 136, 137 et passim.

[6] Si Juan XXIII veía en la Declaración Universal de los derechos del hombre de la ONU (1948) un “primer paso” importante para una válida constitución de todos los pueblos”, el Concilio Vaticano II considerará beneméritas del género humano a las “instituciones internacionales, mundiales o regionales ya existentes” en cuanto son “los primeros conatos de echar los cimientos internaciones de toda la comunidad humana…” (GS 84).

[7] CL 42, donde se remitía a GS 74 para recoger la definición misma de bien común e insistir en que la comunidad política no existe sino en función de este bien común, en el que encuentra su justificación plena, su sentido y la fuente de su específica legitimidad primigenia.

[8] Donde se remite al n. 42 de la Christifideles laici de Juan Pablo II.

[9]Benedicto XVI, Caritas in veritate, 7.

[10]Benedicto XVI, Caritas in veritate, 67.