La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

EL SÍNODO DE LA FAMILIA

 

Lo que está en juego en este camino sinodal es la necesidad de testimoniar un amor que cambia el mundo como factor clave de la credibilidad cristiana

La Iglesia se encuentra ya en estado de Sínodo. Un camino que se iniciará formalmente con la III Asamblea General extraordinaria del Sínodo de los obispos sobre «Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización» y que durará, al menos, dos años. No es desdeñable la preocupación por la relación entre el Sínodo real, el de las inter venciones de los miembros de la Asamblea y el trabajo de los teólogos y peritos, y el Sínodo de los Medios. Algo así como lo que ocurrió con el Concilio Vaticano II con el fenómeno del Concilio de los padres, y de los textos, y el Concilio de los Medios de comunicación.

El Sínodo está también ahora en las aportaciones de los teólogos. Una, destacada, es la que acaba de hacer el profesor del Pontificio Instituto Juan Pablo II, Juan José Pérez-Soba, sobre la situación de la pastoral familiar en la Iglesia, publicada por la BAC. Un cambio radical que se ha producido en la Iglesia en el siglo XX es la relación entre la cuestión de Dios y la cuestión sobre el amor.

La pregunta más vital que siente el hombre es la pregunta por el amor. En la cuestión sobre el amor se dilucida, en no menor medida, la cuestión sobre Dios y sobre el hombre. Decía Romano Guardini que hay quienes cuando oyen decir «Dios es amor» lo que realmente entienden es «mi amor es Dios».

La experiencia de su amor es la medida del amor. De ahí la confusión entre felicidad y e stado de ánimo. La tentación de nuestro tiempo es, por tanto, «inventar» a Dios e «inventar» el amor. La verdad de mi relación con Dios, y de mi amor, no está en la emoción que siento.

Lo que está en juego en este camino sinodal es la necesidad de testimoniar un amor que cambia el mundo como factor clave de la credibilidad cristiana. Es decir, si la fe tiene un peso real en la vida, y en lo esencial de la vida, o es solo un estímulo, un sentimiento o un buen deseo.