La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

LA CARIDAD POLÍTICA. De Pío XI al…papa Franscisco.

Según lo anunciado en nuestra anterior entrega, dedicamos hoy una especial consideración a la caridad política, expresión que, nos tememos, todavía puede resultar extraña a muchos.  Ciertamente, nadie negará que la actividad política ha de ajustarse a preceptos morales comunes fundamentales,  como los de no mentir, no robar, no matar…, pero  no pocos tendrán por ingenuo y aun por patológico iluso a quien vea y afirme la política como ámbito ineludible y privilegiado para la realización de la caridad.  Por eso nos alegra que el Papa Francisco en reciente entrevista[1] haya afirmado con plena claridad y seguridad la tesis que hoy nos proponíamos desarrollar.  Cuando el entrevistador se refiere a la relación del santo padres con los políticos y, más en particular, con los jefes de estado que le visitan, el papa Francisco señala:

“Me ha llamado la atención un hecho transversal entre los políticos jóvenes, ya sean de centro, izquierda o derecha. Quizás hablen de los mismos problemas pero con una nueva música, y eso me gusta, me da esperanza porque la política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad. ¿Por qué? Porque lleva al bien común, y una persona que, pudiendo hacerlo, no se involucra en política por el bien común, es egoísmo; o que use la política para el bien propio, es corrupción. Hace unos quince años los obispos franceses escribieron una carta pastoral que es una reflexión con el título Réhabiliter la politique[2]. Es un texto precioso, hace darte cuenta de todas estas cosas”.  

La actividad política puede, debe, constituir una de las más elevadas formas de caridad en cuanto tiene, ha de tener, por objeto la realización del bien común. Caridad política y bien común van a ser el objeto de nuestras siguientes consideraciones. Hablamos hoy de la caridad política. Esta expresión, caridad política, aparece ya utilizada (y muy probablemente por primera vez en el ámbito del magisterio de la Iglesia) por Pio XI, en su discurso de 18 de diciembre de 1927, a la Federación Universitaria Católica Italiana –FUCI-. Si Mussolini había acusado a la FUCI de ir más allá del apostolado e incurrir en la actividad política, Pío XI proclamará que la política, en cuanto atiende al interés de la entera sociedad constituye  “el campo de la más amplia caridad, la caridad política” y por encima del cual no cabe señalar otro que el de la misma religión[3].

 

La política como campo de ejercicio de las virtudes teologales.

El Papa Francisco se remitía a la Declaración ya indicada que los obispos franceses hacían en 1999 sobre la necesidad y el modo de “rehabilitar la política”. Los obispos españoles, por su parte, justo es recordarlo, trece años antes, en su importante instrucción sobre Los católicos en la vida pública, de 1986, no solo ven en la dedicación política “una de las más altas posibilidades profesionales y morales del hombre”  sino que se refieren también expresamente a “las grandes posibilidades que ofrece para crecer en la fe y en la caridad, en la esperanza”[4].  “La vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y aún política…–afirmaban– Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad la dimensión social y política de la caridad. Se trata –añadían para exponer lo que entienden por “caridad política”– del amor eficaz a las personas, que se actualizan en la prosecución del bien común de la sociedad  [5]. E insistirán: “Los cristianos deben saber que el servicio a la comunidad, aún ejercido mediante instituciones y funciones puramente humanas, es una verdadera vocación que implica el ejercicio abnegado e intenso de la caridad política y ennoblece a quien lo ejerce dignamente”[6].

Para la determinación de lo específicamente cristiano en el quehacer político, estos textos son especialmente clarificadores al ver en la política no ya una noble actividad de acuerdo con exigencias morales que deben sin duda atender también los no cristianos, sino, como expresamente afirman, “una dura escuela de perfección y en un exigente ejercicio de las virtudes”[7], una escuela de una verdadera santificación en el sentido más propio de este término. No cabe duda de que una recta concepción cristiana de la política nos sitúan necesariamente ante el “mandato” de una verdadera caridad política.

Política y caridad…

1.-La política en general y, de modo especial o eminente, la política en sentido estricto, constituye el ámbito, espacio, plano y cauce en que puede y debe ejercerse esa caridad, que justamente por su relación con ese orden de las realidades y actividades propiamente políticas, con todo fundamento puede y debe ser denominada caridad política. Es la caridad que ha de realizarse y solo puede realizarse mediante actuaciones estrictamente políticas y que, en cuanto tales, por lo mismo, solo pueden realizar y deben realizar quienes se encuentran en condiciones de llevar a cabo actuaciones de esa naturaleza. Dicho en términos más simples: hay actos de caridad que solamente el político propiamente tal puede – y debe– realizar, exigencias de la caridad que recaen específicamente en el político y a las que es él el que ha de responder.

2.- La política en sentido estricto, en cuanto ejercicio del poder político general, con legítima y necesaria proyección sobre el todo de la comunidad política, lleva consigo la adopción de decisiones y la realización de actividades que repercuten en todos los ciudadanos, en cuanto afectan precisamente a la totalidad estructural y funcional del entero cuerpo social.  En y desde lo político estricto habrán de hacerse realidad los actos y las obras de la caridad que puede y debe llamarse política: La caridad política como acto (caridad subjetiva) de quien la realiza de acuerdo con las posibilidades y exigencias estrictamente políticas que le afectan;  y las obras, efectos, fruto de la caridad (o caridad objetiva / objetivada)  en y desde lo político.

“La política en sentido estricto se caracteriza por la máxima altura superestructural del plano en el que se desarrolla, la centralidad de la perspectiva en que se sitúa, la generalidad y publicidad de los asuntos que le corresponden: es el centro en el que se trazan los planos, se elaboran y ejecutan los planes de construcción de la polis…”.  Y dadas esa “altura, globalidad y centralidad de lo político estricto,  no puede extrañar que, desde una postura personalista, se  vea en la política ámbito ineludible para la “organización sistemática de la caridad”, cuya primera exigencia es la justicia; para la realización de la macrocaridad,  la caridad estructural, la “caridad política”. También construir  estructuras de gracia (y justicia), es cosa de política, por más que este lenguaje parezca ingenuo, iluso, escapista, a quienes, al amparo presunto de M. Weber, dan por supuesto que el ejercicio eficaz y “responsable” del poder es incompatible sin más con “convicciones” éticas[8]. La afirmación de una intrínseca relación entre política, aun en su más amplio sentido,  y caridad, amor, no solamente no puede resultar extraña, sino que resultará obviamente manifiesta a quien tenga presente que el fin y razón de ser de toda política está en la realización del bien común que no es concebible sin referencia a la persona / a las personas, que, a su vez, constituyen el orden del amor[9].

3.-  La relación entre política y amor no es la proyección de un buen deseo, de una mera subjetiva actitud “idealista”, sino una realidad objetiva fundada en la naturaleza misma y la finalidad de la política y, por tanto, de suyo manifiesta a una consideración meramente racional. Pero esto, obviamente, no impide sino que abona el terreno para la consideración de la política, en una perspectiva creyente cristiana, como ámbito de ejercicio de la caridad como virtud teologal. O dicho de otra manera, en términos muy precisos y claros a los que poco antes ya nos hemos en parte: “La vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y aún política que nace de la fe en el Dios verdadero, creador y salvador del hombre y de la creación entera. Esta dimensión afecta… al dinamismo entero de la vida cristiana. Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad la dimensión social y política de la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas, que se actualizan en la prosecución del bien común de la sociedad… Con lo que entendemos por “caridad política” no se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque … sea necesario hacerlo. Ni muchos menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres”[10].

4.- La caridad política, atendidos sus frutos, puede decirse asimismo caridad social[11]. Ya sabemos que para Juan XIII, entre las condiciones esenciales de la verdadera paz está, junto a la verdad, la justicia y la libertad, el amor. Y Juan Pablo II afirmará con toda claridad que no se pueden regular las relaciones humanas únicamente con  la medida de la justicia. Frente al hecho de que, tal como atestigua la experiencia, summum ius, summa iniuria, no titubea al establecer que la justicia “debe experimentar, por decirlo así, una notable “corrección” por parte del amor que —como proclama San Pablo— “es paciente” y “benigno”, o dicho en otras palabras, lleva en sí los caracteres del amor misericordioso, tan esenciales al evangelio y al cristianismo”[12]. Benedicto XVI, en su primera encíclica Deus caritas est,  dedica especial atención a la relación entre caridad y justicia en correspondencia con la relación Iglesia-Estado[13]. Y asimismo para el Papa Francisco, como hemos recordado al comienzo de la presente entrega, la política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad. ¿Por qué? Porque lleva al bien común”.

Sin duda esta consideración de la política ejercicio de la caridad basta para entender el alto elogio que de ella se hace en los textos del magisterio eclesiástico. Y nos ayudará a responder a la cuestión de si hay algo específicamente cristiano  en las exigencias de orden, últimamente, moral a las que debe atender el cristiano en su acción política y, de modo más concreto, en la actividad que realiza, cuando es el caso, en el campo de la política en su sentido más estricto. Aunque el político cristiano y el no cristiano o aun increyente están en cuanto políticos obligados a exigencias morales de idéntico contenido, el cristiano, en la medida en que viva como tal, cuenta con una especial motivación, con la luz del sentido que le ilumina su fe y con la fuerza que, por encima de su debilidad, le proporciona la gracia. Cabría decir que al político cristiano le correspondería en cuanto tal de modo específico, precisamente dar, frente a toda presunción de autosuficiencia pelagiana, el testimonio de que el hombre  –y, en este caso, por supuesto, el político–  no puede responder a sus exigencias sin la fuerza de la gracia…[14] Pero este merecerá en su momento más detenida meditación…

 

Teófilo González Vila

 

[1]Concedida al periodista Henrique Cymerman y publicada en La Vanguardia el 13.06.2014.

[2]“Rehabilitar la política”. Declaración de 23 de marzo DE 1999, de la Comisión Social del Episcopado francés (DC 1999, nº 2202, pp.368-374)

[3]Discorsi di Pio XI, Ed. B. Bertetto, Torino 1960, t. I, p. 743.

[4]Los católicos en la vida pública. Instrucción pastoral de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, 1986), n. 63.

[5]E.l. n.60. La caridad política supone , “un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres” (E.l., n. 61).

[6]E.l. n. 123.

[7]E.l., n. 63.

[8]González Vila, Teófilo, “Política” en Mariano Moreno Villa (dir.) Diccionario de pensamiento contemporáneo (San Pablo, Madrid 1997), pp.961-967 (Cf. supra nota 12).  La relación entre política y amor puede establecerse en muy diversas direcciones y no debe sorprender a quien recuerde el papel que ya Aristóteles asigna a la “amistad política” (politiké philía:  E.N. IX 1167b 2s.) (ibídem).

[9]A este respeto, v. González Vila, Teófilo, “La eficacia política del amor”, en Alfa y Omega, Nº 832 / 9-V-2013.

[10] Los católicos en la vida pública. Instrucción pastoral de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, 1986), n. 60.-  “La caridad representa el mayor mandamiento social… Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: “Quien intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará” (Lc 17, 33)”(CIgC 1889).

[11] “Sólo la caridad, en su calidad de « forma virtutum », puede animar y plasmar la actuación social para edificar la paz, en el contexto de un mundo cada vez más complejo. Para que todo esto suceda es necesario que se muestre la caridad… también como fuerza capaz de suscitar vías nuevas para… renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos. En esta perspectiva la caridad se convierte en caridad social y política” (Compendio de DSI, n. 207) “La caridad social y política no se agota en las relaciones entre las personas, sino que se despliega en la red en la que estas relaciones se insertan, que es precisamente la comunidad social y política, e interviene sobre ésta, procurando el bien posible para la comunidad en su conjunto” (o.c., n. 208).

[12] Juan Pablo II, Carta enc. Dives in misericordia, 14: AAS 72 (1980) 1224; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2212. Cf. etiam Pablo VI, Discurso en la sede de la FAO, en el XXV aniversario de la institución (16 de noviembre de 1970): Enseñanzas al Pueblo de Dios, Libreria Editrice Vaticana, p. 417 (Compendio DSI 208).

[13] Cf. Deus caritas est, n. 28, al que he dedicado detenidas consideraciones en González Vila, Teófilo,  “Lo que es del César: Laicidad y laicismo…”, en Fundación Universitaria Española, Cuadernos de Pensamiento, Madrid 2008, pp.75-128.

[14] A este respecto me remito a Sebastián Aguilar, F.,“El compromiso de los católicos en la vida pública y en la regeneración democrática” (Conferencia de clausura del XXI Curso de Doctrina Social de la Iglesia “Rehabilitar la democracia” desarrollado en la Fundación Pablo VI durante los días 9-11 de septiembre de 2013). Puede consultarse en la página web de la citada Fundación. Un síntesis de esta conferencia se encuentra en el Nº 846 del semanario Alfa y Omega de 12 de septiembre de 2013, p. 23.