La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Felipe VI recibe a los gays. ¡Eso sí que es empezar por lo prioritario!

magdalenadelamoMagdalena del Amo, periodista

Hace unos días el psicólogo norteamericano Richard Cohen, autor del libro Comprender y sanar la sexualidad, tenía programado un acto en Madrid, en el hotel Tryp Centro Norte. Las fuertes presiones ejercidas por el colectivo “Lesbianas, gays, bisexuales y transexuales”, (LGBT), motivaron que el hotel declinase la cesión de la sala. Afortunadamente, el evento pudo celebrarse en otro lugar con notable éxito. En los últimos años, este grupo de presión se ha ido enraizando en el tejido social e institucional, hasta el punto de convertirse en una suerte de monstruo que requiere alimento constante, y en aumento a medida que crece y se hace fuerte. El tema homosexual con todos sus vectores se ha convertido en uno de los tabúes de nuestro tiempo. La dictadura de lo políticamente correcto obliga a los ciudadanos a aceptar la homosexualidad sí o sí, y a quien se atreva a discrepar le cuelgan el sambenito de homófobo, un castigo que todos quieren evitar. Esta cobardía envalentona a estos colectivos, que si bien nacieron para defenderse, han pasado a la ofensiva y tiranizan a quienes no comulgan con su doctrina de pensamiento único. Les parece que aún tienen poca visibilidad en la sociedad.

 

La guerra que lesbianas, gays, bisexuales y transexuales tienen contra Cohen es porque el terapeuta se ha atrevido a decir que, en muchos casos, la atracción por personas del mismo sexo tiene su origen en conflictos de la infancia no superados. Asegura que la homosexualidad es reversible y lo avala una casuística conformada en los últimos años, en la que figura su propio caso, su transición de homosexual a heterosexual. El colectivo quiere evitar a toda costa que las personas-familias que padecen este problema, obtengan información alternativa a la que imparten en los centros de género, donde prima la implantación de la ideología, por encima de la consecución de la felicidad y el equilibrio de las personas.

Dicho esto, no pude evitar un gran malestar al comprobar que a los cinco días de la coronación, Felipe VI y la Reina consorte reciben en el Palacio de El Pardo al citado colectivo “Lesbianas, gays, bisexuales y transexuales” (LGBT) y a “Triángulo” –más de lo mismo—, dos grupos de presión, perdón por mi insistencia, que empujan a marchas forzadas su ideología totalitaria. Llama la atención que estas asociaciones sean recibidas por los Reyes en el mismo “paquete” que otros colectivos y ONGs que se ocupan del bien social y fomentan la solidaridad y el voluntariado, entre ellas Cáritas que realiza una labor encomiable con los necesitados, en estos tiempos de crisis. ¿Es esta la nueva Monarquía para un tiempo nuevo, a la que aludió Felipe VI en su discurso? Estos gestos, lejos de ser una señal de evolución, demuestran una involución manifiesta. Este tipo de desvaríos sociales son propios de civilizaciones en decadencia, tal como vemos en las fases terminales de imperios pasados.

Como era de esperar, el minuto de gloria ha sido para estos dos grupúsculos que, por cierto, no cabían en sí de gozo, por la gran empatía mostrada por la reina consorte, a quien entregaron un regalo: dos libros de cuentos para sus hijas, protagonizados por familias homosexuales. ¡A ver quién se los lee, y cómo le explican a estas niñas lo inexplicable!

Los laicistas y los “queer” están encantados y así lo dejan patente en sus webs, donde manifiestan su adhesión a la Corona por esta iniciativa. ¡Esto sí que es ser progre! ¡Esto sí que es poner una pica en Flandes! Es casi de Guinness. Acababa mi artículo anterior preguntándome si el nuevo Rey se rodearía de masones como su antecesor Carlos III, a quien eligió para presidir su despacho. No sé si quienes lo aconsejan son masones o “menosones” –que diría Salvador Freixedo—, pero lo que sus acciones demuestran es que está siendo pésimamente asesorado. De esta grave inoportunidad se puede deducir que la mano que mece la cuna no es de fiar. ¡Ni el mayor enemigo! Y lo digo con pena, porque, aunque soy republicana y siempre he manifestado que solo doy legitimidad a los Reyes Magos, y a los de la baraja, para cantar las veinte o las cuarenta al tute, o ganar la grande al mus, formar unos buenos dúplex o la bonita; y lo mismo al póquer y a los dados, aunque no juego desde hace muchos años.

Y como los cambios drásticos siempre son dolorosos –sobre todo los que se refieren al derrocamiento de reyes—, he adoptado siempre la moderada pasividad o el conformismo resignado de “dejarlos estar”, o como dice el dicho, en circunstancias susceptibles de generar conflicto, “no meneallo”. El cambio de monarquía a república deber ser motivado por una evolución cualitativa de la conciencia colectiva. Por esta razón nunca me he prestado a expresar opiniones insulsas sobre si me gusta la reina o no, o si debe vestir de Fulano o de Mengano o, más absurdo aún, sobre su condición de plebeya. De la actual reina consorte se puede decir que es universitaria, licenciada, periodista, guapa u otros tantos adjetivos objetivos; pero plebeya, no. No acepto el término, salvo para la literatura clásica, porque no creo en la aristocracia de la sangre, por muy de moda que estén las teorías sobre los Annunaki. Solo aceptaría la acepción del DRAE, como sinónimo de poco fina y carente de delicadeza, que no es el caso. Aceptar que existe la plebe es atentar contra los derechos fundamentales de igualdad. Jesucristo acabó con la concepción gnóstica del mundo al establecer que todos somos hermanos e hijos de Dios, echando por tierra la teoría de los pneumatikoi o elegidos.

¿Dónde estaban las palabras de Jesús el día de la coronación del nuevo Monarca? Los Evangelios y la cruz, por primera vez no estaban presentes en una ceremonia de coronación, quizá para evitar que algún poseso –haberlos hailos— se pusiese a echar espuma por la boca. Así reaccionan los endemoniados ante lo sagrado –ya saben como se las gastaba la niña del exorcista, por cierto, basada en hechos reales—. De esto nos dejó un buen legado Corrado Balducci, y en España es todo un experto en la materia el padre Fortea. Vistas las cosas, a poco que nos descuidemos, los Evangelios irán a parar a un ”Índice” ad hoc, no vayan a seguir molestando y sacándonos las vergüenzas. Jesús escandalizó a los políticos de la época y lo crucificaron. Los de hoy no son mejores.

Que los recién estrenados Reyes de España consideren prioritaria la recepción de estos grupos de presión, que de víctimas de la sociedad se han convertido en verdugos, y que además no desperdician ninguna oportunidad para imponer su ideología antisocial, perniciosa y totalitaria, no es de recibo. He publicado mucho sobre esto, pero no me queda más remedio que volver a la carga con el feminismo de género y los “queer”, dos plataformas de presión fundidas en una, para llevar a cabo el proceso de ingeniería social iniciado en los años sesenta e implementado en España en las legislaturas de Zapatero y fielmente continuadas por el ejecutivo de Rajoy. Destruir la religión, la familia y el matrimonio, e instaurar la promiscuidad y la homosexualidad en la infancia son algunos de los puntos importantes de su agenda.

Me llamó la atención que en uno de sus viajes a Nueva York, los entonces príncipes invitasen a comer a Ricky Martin y cambiasen impresiones sobre sus hijos de vientre de alquiler –método prohibido en España—, condenados a crecer sin madre. ¿Sabrá alguien de su entorno qué es la corrección fraterna? ¿Se atreverá alguien a cantarle las verdades a la nueva Monarquía? ¿Quizá quieren captar a los votantes de Podemos o a los Mateos Morrales que andan sueltos? No se entiende que se pueda meter la pata en algo tan de sentido común. Todo esto me preocupa, porque más allá de cuestiones morales o ideológicas, lleva a plantearme la existencia de una mano negra –de tantas que ha habido a lo largo de la historia, y sigue habiendo—, que habría movido los hilos para sacar a la palestra las aventuras y desventuras de los elefantes y las Corinnas del Rey saliente. ¿Alguien buscaba la caída libre y prematura abdicación de Juan Carlos porque el heredero es más vulnerable? Solo es un pensamiento en voz alta, pero veo la cosa mal. Es harto conocida la debilidad de esta pareja por la izquierda. No es por restregar, pero tampoco quiero morderme la lengua –máxime cuando la recepción de estos colectivos me parece una provocación— a la hora de recordar los valores que han regido la vida de doña Letizia Ortiz: hija de divorciados republicanos, de madre de izquierdas y sindicalista, ella divorciada, republicana, tuvo que confirmarse para poder casarse, partidaria del aborto e incluso se practicó uno. ¡Perfecto perfil laicista! Así las cosas, a nadie le tendría que extrañar ver a la reina consorte presidiendo una carroza el día del orgullo gay. Eso sí sería un puntazo que la haría merecedora de la corona de progre. ¡Mal camino para redimirse!