La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

CUANDO LA AYUDA COMIENZA CON UN ABRAZO

B. Tobalina, en La Razón

 

El pasado lunes, la Conferencia Episcopal dio a conocer las cuentas de la Iglesia española. Cifras con historia. Además de ayudarles a encontrar un empleo, darles comida y ropa, los voluntarios de Cáritas ofrecen un plus: escuchar. Su «trabajo» no es de ocho horas, sino de 12.

Tras llevarse un carrito con comida, María volvió a entrar  para  pedir ayuda. Los voluntarios de Cáritas le preguntaron si necesitaba algo más. Fue en ese momento cuando entre lágrimas se atrevió a decir lo que realmente precisaba: «Tan sólo que me escuchen. Tengo una hija de 14 años con leucemia. No puedo más…». El caso de María es real, su nombre, por respeto, no. Nos lo cuentan dos de las voluntarias de Cáritas más veteranas, Pilar García Sánchez y Sandra Castro, que llevan 35 y 25 años, respectivamente, ayudando a los demás. O al menos son las más veteranas de la parroquia Santa María La Blanca, en Alcorcón, dependiente de la diócesis de Getafe, en la Comunidad de Madrid.

A pesar de los pesadillas de los primeros días, en tanto tiempo no han disminuido ni un ápice sus ganas de ayudar al prójimo. Una ayuda que como en el caso de María no siempre es material. En Cáritas dan comida, ayudan a encontrar trabajo y sobre todo escuchan, algo muy importante en un mundo en el que las sociedades están compuestas por individuos, no por compañeros de viaje. Y es precisamente esto último, el cariño con el que tratan a las personas que precisan su ayuda, lo que les diferencia.

LAS  MÁS VETERANAS

«Esa capacidad de saber escuchar es lo principal que uno ha de tener para ser voluntario. Es lo que más demandan.

Después cuando te han cogido confianza es cuando te cuentan la situación en la que están», explica Pilar. «Hay problemas tremendos –prosigue–, familias desestructuradas, embarazadas que han sido abandonadas, hijos metidos en las drogas».

Una opinión que comparte Beatriz, otra voluntaria de Alcorcón. «Para mí el acompañamiento es lo más importante de Cáritas. Escucharles e intentar ayudarles, aunque yo creo que me ayudan más ellos», reconoce. En sus 10-12 años como voluntaria, Beatriz ha escuchado todo tipo de historias dramáticas, pero recuerda especialmente el caso de una mujer marroquí con tres hijos cuyo marido la maltrataba. «Me costó un montón lograr que se abriera, que entendiera que estaba ahí para ayudarla, no para cotillear. Cuando estuvo preparada para contarme su situación, acabamos llorando juntas».

Si Beatriz no le hubiera dedicado el tiempo que necesitaba esta mujer, ella quizá nunca se hubiera abierto. Por eso, otro factor clave en Cáritas es disponer de tiempo. Prueba de ello es que esta voluntaria, cuando antes Cáritas se dedicaba más a las personas mayores (ahora esta tarea la han asumido los ayuntamientos y Cáritas ha ido metiéndose en otros proyectos que se necesitan más), dejaba a sus «dos hijas pequeñas a cargo de su madre, la abuela, para irse 15 días con ellos». En la actualidad, su teléfono personal, al igual que el de Sandra, está disposión del que lo necesita. «No hay horario en el voluntariado; yo siempre digo que son doce horas diarias». Un tiempo que restan a su familia, de ahí que sea tan importante que tu entorno más cercano te apoye.

TELÉFONO DISPONIBLE 24 HORAS

Opinión que comparte Ana María. Lleva 10 años siendo voluntaria de Cáritas. Su teléfono personal está disponible las 24 horas del día. «No hay horarios. En nuestra labor del día a día se establecen lazos que no se pueden dejar a un calendario». Ana María reconoce que al principio no sabía «si iba a ser capaz de enfrentarme a determinadas situaciones, pero luego sí, me di cuenta de que lo importante era ponerme en el lugar del otro». Una situación similar vivió Sandra, que reconoce que al principio no podía dormir por las pesadillas que tenía. Acercarse demasiado al que lo está pasando mal puede empujarnos al fondo si uno no es capaz de darse cuenta de que en sus manos está si no la solución a los problemas de los demás,  sí al menos parte de ella. «En la vida hay siempre muchos obstáculos; si todos pusiéramos nuestro granito de arena nadie tomaría una decisión drástica. En los últimos tiempos me llegan madres solteras que han sido abandonadas por su marido o pareja y que son unas campeonas a la hora de luchar por sus hijos», relata Ana María.  «Y es algo muy duro encontrarse con que no puedes alimentar a tus hijos porque has perdido el trabajo. Es un sufrimiento muy grande. En la vida hay situaciones límite, pero se puede salir adelante si uno pide ayuda» y otra persona te tiende la mano. Y es entre estos hermanos donde la generosidad con el prójimo más se percibe. Pero además de su tiempo, de sus horas de sueño, de su cariño, estos voluntarios hacen malabares con los recursos y donaciones que reciben. Ellos ponen el papel y el teléfono, en la parroquia de Ana María, la fotocopiadora y son los voluntarios los que se mueven como pequeñas hormigas para encontrar una solución a los problemas de los demás, ya sea la necesidad de un frigorífico, un puesto de trabajo o un abrigo «como el que se quitó un voluntario  para dárselo a una persona que tenía frío», relata Ana María. «Hacemos un seguimiento a la gente que nos pide ayuda. Esto  nos  permite conocer sus capacidades porque todos podemos  desarrollarlas. Les enseñamos cómo se hace un currículum vitae y servimos de punto de encuentro entre personas que buscan a un empleado del hogar, para acompañar personas mayores,  en  residencias…»,  explica Enrique Carrero López, voluntario  y director diocesano de Getafe. «No somos  una  ETT  pero  los  vecinos  nos preguntan a nosotros cuando tienen una vacante», añade.

VOLUNTARIOS EN PRISIONES

Ser voluntario engancha. Prueba de ello es que los maridos de Pilar y Sandra, cuando les llegó el momento de jubilarse, no se lo pensaron dos veces y ya son desde hace tres años voluntarios de Cáritas. También es el caso de Joaquín Vara. Tras los pasos de su mujer, cuando Joaquín se jubiló, el párroco Eladio, cura de Villaviciosa, me comentó que necesitan voluntarios en prisiones. Y tras meditarlo, se encontró hace ahora seis años entrando en la cárcel de Navalcarnero. «Los primeros cinco o seis días fueron duros.

No me daba miedo, pero tardas en hacerte a la prisión; muchos de los reos están muy tocados por las drogas. El 90 por ciento de los hombres que están en prisión no estaría si no fuera por culpa de las drogas», asegura. La recompensa es enorme. «Llevamos esperanza a la gente. La cárcel es muy dura y muy diversa. Tienes desde presos que son licenciados en Derecho a piratas somalíes. No es un sacrificio ir a ayudarles a prisión. Allí hablamos de filosofía, de la vida, de la economía. Y nos abrazamos».  Un abrazo que se repite en cada uno de los casos de los voluntarios citados y que denota que ayudar a los demás comienza con querer al prójimo, con abrazarle, con escucharle, con compartir la comida con él… en definitiva, con amarse los unos a los otros.

LOS «HÉROES» ANÓNIMOS DE LA IGLESIA

Por J. J. Morales

Detrás de los números están los hechos. Ésa parece ser la moraleja que la Conferencia Episcopal quiso dejar entre los asistentes al acto de presentación de la Memoria de Actividades correspondiente al ejercicio de 2012, que tuvo lugar el pasado lunes en Madrid. A la exposición de datos de la Iglesia en España la acompañaron una serie de testimonios y vivencias que reflejan la labor realizada y las historias que hay detrás de todas esas cifras. LA RAZÓN ha conversado con algunas de los protagonistas que hablaron de sus experiencias durante el acto. Uno de ellos fue Ludovic, un inmigrante camerunés de 24 años que llegó a Ceuta tras atravesar el desierto y aventurarse a nado por el Mar de Alborán para buscar una vida mejor. Al llegar a España, este joven de 24 años tuvo la suerte de encontrarse con los jesuitas y con la ONG Pueblos Unidos.

José Antonio García es voluntario de esta organización y explica en qué consiste su labor con los inmigrantes: «Es una ONG que pertenece a la Compañía de Jesús. Ludovic entra dentro de un proyecto que empezamos a desarrollar hace 3 años y que se llama Baoba. Consiste en unos pisos en los que sólo tenemos inmigrantes y ellos se organizan con nuestra tutela. Los  orientamos en estudios, formación, regularización de su situación…». Ludovic ahora trabaja en un restaurante africano llamado «El Mandela» y además es catequista, que es una experiencia que valora muy positivamente; «los niños y yo nos lo pasamos muy bien, allí estamos como una familia. Nos educamos unos a otros». También conversamos con Luis Alfonso, un sacerdote burgalés que es misionero en Perú: «Estudié matemáticas y empecé yendo los veranos como tantos jóvenes sin saber muy bien qué buscaba. La experiencia me cambió, me di cuenta de que el mundo y la Iglesia eran muy grandes». En Perú, Luis Alfonso se convirtió en otra persona y nació su vocación, «yo creo que Dios me inspiró, me fui a Arequipa, una ciudad al sur de Perú, y allí nació mi vocación». Su labor en el país son muy diversas: «Tengo dos parroquias. Es un trabajo a largo plazo de evangelización, de cultura… A veces hacemos proyectos para ayudar a la escuela, para niños que tienen problemas de salud, etc. Lo más importante es el contacto, estar con ellos, sobre todos con los niños, que sientan que les quieres y tú te sientes querido por ellos. Son pequeñas cosas que dan sentido a la vida. Nosotros no somos los héroes, lo son ellos, por ejemplo, la mujer que lucha en su día a día. No somos súperheroes, no salvamos la vida de nadie, simplemente estamos con ellos». Alberto Raposo es otra persona de las que colabora activamente con la sociedad desde la Iglesia. Es delegado de juventud de la diócesis de Alcalá de Henares y además párroco de la iglesia de Santiago en la misma localidad. Todas estas funcionas las desempeña con una asignación que «no llega a los 900 euros». Alberto tiene también un grupo de pop-rock con el que pretender hacer de la evangelización una cuestión amena y cercana a los jóvenes.

Más de 3,5 millones de personas asistidas

El 27,3 % de los españoles vive en riesgo de pobreza y exclusión social, según el último dato de la tasa Arope correspondiente al año 2013. Con el fin de poder dar respuesta a las víctimas de la crisis, la Conferencia Episcopal Española hizo entrega la pasada semana a Cáritas de una ayuda por valor de más de seis millones de euros (un 1 % más), una aportación extraordinaria que se viene realizando desde 2008. En todos estos años, la CEE ha aportado casi 26 millones de euros a Cáritas. Esta ayuda y la que hacen de forma anónima millones de personas ha permitido que durante 2012 más de 3,5 millones de personas pudieran ser atendidas; es decir, un 25% más que en 2011. En 2013, sólo en la Comunidad de Madrid 131.608 personas fueron acogidas y atendidas por las Cáritas parroquiales.