La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Tras las elecciones “europeas” de 25.05.2014

Ante el “descalabro” de determinados partidos políticos…

En las recientes elecciones “europeas”,  los dos partidos políticos hasta ahora  más importantes en España han sufrido un verdadero descalabro. Se puede decir que esos desastrosos resultados expresan no ya la desafección, sino la indignación de los respectivos votantes, indignación cargada en muchos casos de desesperanzado desprecio… Más concretamente cabe decir, no sin fundamento, que esos resultados son en efecto la expresión de un indisimulado repudio de aquellos a quienes se les considera y llama, despectivamente, casta política.

Pero esta condena de determinados políticos no puede, sin embargo, entenderse como prueba de un masivo desinterés por la política misma, sino justamente, al contrario, como exigencia de una regeneración a partir de la convicción sobre la ineludible necesidad de la política, en su más genuino y exigente concepto. Por eso, tras la sacudida electoral que han supuesto los resultados de la elecciones del pasado 25 de mayo-2014 en España y en toda Europa, resulta aún más necesario el que, en la línea de las últimas consideraciones expuestas, insistamos hoy en la bondad de la actividad política y las exigencias que a cada uno de nosotros nos planeta.

 

…Bondad y elogio de la política

La política no solamente no es una actividad para rehuir la cual pueda nadie invocar exigencias de pureza moral, sino que en la estimación del magisterio de la Iglesia representa una de las más altas dedicaciones a las que podemos y debemos consagrar nuestros esfuerzos, según la posibilidades de cada uno, sin excusas ni reticencias en que amparar egoístas retraimientos.

La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio”[1] […]”Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. Luchen con integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos”[2].

Y no podemos dejar de recordar el reconocimiento que en nuestro particular contexto hacen los obispos españoles de la dignidad y nobleza de la política y de la alta estima en que tienen la dedicación a ella. Ya en su importante instrucción sobre Los católicos en la vida pública, de 1986, nos decían con términos plenamente válidos en referencia a nuestro presente (2014):

“Impera en nuestra sociedad un juicio negativo contra toda actividad pública y aun contra quienes a ella se dedican. Nosotros queremos subrayar aquí la nobleza y dignidad moral del compromiso social y político y las grandes posibilidades que ofrece para crecer en la fe y en la caridad, en la esperanza y en la fortaleza, en el desprendimiento y en la generosidad; cuando el compromiso social o político es vivido con verdadero espíritu cristiano se convierte en una dura escuela de perfección y en un exigente ejercicio de las virtudes. La dedicación a la vida política debe ser reconocida como una de las más altas posibilidades morales y profesionales del hombre[3].

No será fácil encontrar un elogio más alto y encendido de la bondad y aun de la virtualidad santificadora de la actividad política. Y eso en contraste con el descrédito en el que se encuentran sumidos en este momento los políticos, integrados, como antes decíamos, según la estimación popular más extendida, en una “casta” ajena al interés público y al verdadero bien común. Como en otro momento hemos manifestado, ese descrédito y el nulo aprecio, cuando no indisimulable desprecio, de que son hoy objeto quienes aparecen identificados como “políticos”,  permite considerar que se les tiene adjudicado en nuestra sociedad democrática el papel de los “publicanos y pecadores” … Pero lo cierto es, en todo caso, que el discurso contra los políticos resulta demasiado fácil… Y en la dureza de la condena pública que se hace recaer sobre ellos cabe ver precisamente el reverso de la alta estima que la propia dedicación política en sí considerada merece: se condena como lo peor precisamente la putrefacción de lo que se considera que es / ha de ser lo mejor (corruptio optimi, pessimum).

 

Más: la política como campo de ejercicio de las virtudes teologales. La caridad política.

En el texto antes transcrito de los obispos españoles donde la dedicación política aparece como “una de las más altas posibilidades profesionales y morales del hombre” se hace también expresa referencia  a “las grandes posibilidades que ofrece para crecer en la fe y en la caridad, en la esperanza”  y se nos dice que “el compromiso social o político vivido con verdadero espíritu cristiano se convierte en una dura escuela de perfección y en un exigente ejercicio de las virtudes”. Para la determinación de lo específicamente cristiano en el quehacer político, este texto resulta digno de especial atención, pues ve en la política no ya una noble actividad de acuerdo con exigencias morales que deben sin duda ser atendidas por todos, también por los no-cristianos, sino campo adecuado para el ejercicio de las virtudes teologales y una escuela de una verdadera santificación en el sentido más propio de este término. A este propósito es preciso, en efecto, señalar en particular las posibilidades y exigencias que para el ejercicio de la caridad ofrece la política y la posibilidad, por lo mismo, de la que con todo fundamento podemos y debemos llamar caridad política (a la que dedicaremos más amplias consideraciones en la próxima entrega).

Teófilo González Vila.

 

 

[1] Concilio Vaticano II, GS 75.

[2] Ibidem.

[3] Instrucción pastoral de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española,  Los católicos en la vida pública (1986), n.63.