La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Un lunes triste. La extrema izquierda irrumpe y el PP se sorprende

MagdalenaMagdalena del Amo, periodista

Se acabó el juego de campaña, de promesas para no cumplir, de visitas a granjas de vacas, a cultivadores de tomates, de azuce a las mujeres para recuperar supuestos derechos en peligro. El día llego y pasó, con pena y sin gloria. Si el sábado fue el día de reflexión, hoy lo es mucho más. Reflexiones que debemos hacer todos, muy especialmente los políticos. Hasta ahora, el PP sigue encantado de haberse conocido. Cospedal incluso se jactó en las declaraciones, aunque se notaba que la procesión iba por dentro. ¡Por qué no confesarlo! Valenciano fue más digna y reconoció que los resultados eran pésimos. Incluso, debajo del rimmel, había trazas de lágrimas, algo muy nuestro, muy femenino. Cañete seguro que no lloró, quizá por no parecerse a Boabdil.

Se habla del fin del bipartidismo, y lo dicen sesudos analistas que lo saben casi todo de los entresijos de la política; analistas que son propiamente “videntes” en el sentido que apunta Eurípides en su Ifigenia en Taulide: “El mejor adivino es aquel que tiene mayor capacidad para deducir”. Pues esto es. Sin embargo, mi intuición me dice que los resultados electorales no significan el fin del bipartidismo –no, de momento—, y sí una llamada de atención que va mucho más allá de un tirón de orejas, una manifestación o una cacerolada. Puede ser que me equivoque y que mi instinto de supervivencia me haga mostrarme optimista. Puede ser. Pero hasta las próximas elecciones generales prefiero mantener cierto escepticismo, aunque solo sea por salud.

Hoy es un lunes triste, un 26-M desmoralizante. No por la debacle de los dos grandes partidos, PP y PSOE –esperable, por otro lado—, sino por la irrupción como un tsunami de la extrema izquierda, de la mano del agitador Pablo Iglesias, un demagogo chavista-bolivariano-fidelista, defensor de los presos de ETA y de ciertos magnicidios políticos, curtido en las tertulias televisivas, y financiado por líderes como el venezolano Maduro.

La situación es tan grave –a la vez que sorprendente—, que hace pasar casi inadvertido el ascenso de UPyD y Ciudadanos. Ahora bien, todo esto no surge por un ritual de magia negra. Esta cosecha de votos radicales los ha estado abonando el Partido Popular, que ejerce la acción de gobierno desde hace pronto tres años. El PP acaba de recibir un castigo bien merecido. En primer lugar, por haber tirado a la papelera su ideario. Esta cosa ambigua de ahora no es el PP, sino una especie de engendro anodino cuyo fin en sí mismo es “parecer”, más que “ser” y “valer”. En segundo lugar, por haber traicionado a los ciudadanos, dando el cambiazo a su programa electoral que le había llevado a la Presidencia. En tercer lugar –y resume los dos—por su pésima gestión; por su trato de favor a los bancos, descuidando a los autónomos y Pymes; por no haber hecho los recortes empezando por los chiringuitos de la Administración, destinados a mantener parásitos vitalicios, léase órganos consultivos de todo tipo, sin ninguna razón de ser, salvo lo dicho; por inyectar cantidades ingentes a ciertos medios de comunicación para comprar titulares; en definitiva, por su rendición ante “Polanco” –Dios lo tenga en la Gloria—del que se puede decir que, como El Cid, ganó una batalla después de muerto.

Al PP se le pedía que gobernara, no que asfixiara a los desheredados y menos favorecidos, por razón de edad, desempleo, enfermedad, minusvalía o pobreza. Tanto pasearse con Botín y otros grandes banqueros y empresarios, hablando de la crisis como de algo del pasado, mientras faltan los pediatras en los centros de salud, medicación para los aquejados de cáncer o ayudas a la dependencia, por poner solo unos ejemplos, le ha pasado factura. Y mientras al ciudadano le faltaba lo esencial –que se lo pregunten a Cáritas y a los bancos de alimentos— Bárcenas, Blesa, los sobres en negro, las cuentas en Suiza, los áticos, las privatizaciones a amigos, la gestión del caso Infanta, y más, hacían brotar la rabia e incluso la ira de muchos ciudadanos que aún conservan algo de sentido común y aún son capaces de sentir vergüenza ajena y escandalizarse ante la injusticia.

Lo peor de todo es que el Gobierno-PP les ha puesto los escaños en bandeja a los antisistema. Pablo Iglesias es el oportunista que recogió el descontento contra los caraduras. El profesor de la coleta ya anunció su voluntad de presentarse a las generales y ganarlas. ¡Para instaurar la dictadura del proletariado, quemar conventos e iglesias, curas, etcétera! Como que esto nos suena. Yo espero que todo esto no sea más que una botella de gaseosa abierta, que irá perdiendo las burbujas poco a poco. Eso sí, el PP tiene que cambiar. Los que están deben dar paso a otros, más capaces, con más empatía, menos voraces, menos adoradores del dios Mammon, y –por qué no decirlo—, más honrados. ¡Ah!, y que no sean tan mala gente. Lo que han hecho con VOX no es de recibo, aunque, de alguna manera, ya han empezado a pagarlo.

Hoy no es día de celebrar la fiesta de la democracia, sino de llorar por las consecuencias de la sinrazón. Al PP le costó llegar a La Moncloa. Tuvo que saltar las altas murallas de los pactos del Tinell y sortear cordones sanitarios varios. Pero se creyeron inmortales. Mariano Rajoy Brey se despegó del pueblo, y el resto de su gabinete lo imitó. Demasiados asesores contratados para comer la sopa boba, pero se olvidaron de contratar, como hacían los romanos, “siervos” para recordarles que son mortales y no dioses, sustanciado en el clásico memento mori. ¿Estarán a tiempo?