La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El fermento

 César Valdeolmillos. Periodista.- “La fermentación es la vida que surge cuando falta el oxígeno para poder vivir”

Anónimo

 

 

Cuando una persona muere, en ese mismo instante, salda todas sus cuentas con la sociedad y sobre todo, si la vida le ha sido arrebatada de forma inicua e indigna. Por respeto a su memoria, suspendemos toda crítica hacia ella, disculpamos sus faltas —el que esté libre de pecado que tire la primera piedra— y hallamos justificado que en el discurso fúnebre o en su epitafio, se le honre con aquellas virtudes de que hubiera hecho gala mientras vivía. De hecho, no conozco una sola cultura que no honre a los muertos.  cesar_valdeolmillos

Con motivo del asesinato de Isabel Carrasco, Presidenta del PP en León, así se han comportado los dirigentes de todos los partidos políticos españoles, a excepción de los integrantes de Bildu, BNG y algún que otro militante de izquierdas, que ignorando el más elemental sentido de la humanidad y creyendo que por deshonrar la memoria de un adversario político, su partido le iba a colgar una medalla, no dudó un solo instante en envilecer su recuerdo.

Sin embargo las manifestaciones más innobles, más indignas y despreciables, son las que se han hecho a través de las redes sociales.

Amparados en la cobardía del anonimato, hemos tenido la oportunidad de leer las expresiones de mayor crueldad y violencia verbal que jamás podríamos imaginar que podrían producirse en nuestros días.

Leyendo los mensajes vertidos, diríase que la vida en nuestra vieja España, vuelve a alimentarse de un espíritu de violencia como resultado de una no superada secuela de choques ideológicos y rencores heredados del pasado. Algo que algunos, sin una mejor propuesta de futuro que ofrecer, se empeñan en mantener viva su llama.

Es cierto que hace mucho más ruido un árbol al caer, que un bosque al crecer y eso es lo que ocurre en España. La inmensa mayoría de los españoles rechaza vigorosamente el que se les intente dividir en dos bloques antagónicos. El de los buenos y el de los malos. El de los mártires y los demonios. El de los explotadores y los explotados. Los españoles no quieren vivir en un constante clima de confrontación y permanente revisionismo del pasado, porque lo que de verdad les interesa es la conquista del futuro. De un futuro más prometedor que no eche el ancla en las procelosas aguas de los antiguos resentimientos, que solo les acarrearon penalidades, dolor y miseria.

Leyendo esas expresiones, esos deseos que se han expresado a través de las redes sociales en estos últimos días, utilizando como improcedente pretexto el asesinato de un político por animadversión personal, se obtiene la impresión de que el ajuste de cuentas quedó pendiente y cualquier excusa se pretende que sea válida para llevarlo a efecto, 75 años después.

Lo sorprendente es que la mayoría de los que se vieron envueltos en el torbellino de aquel tiempo de tan cruel confrontación, y que pudieran mantener vivo el dolor las experiencias vividas, han desaparecido ya.

Son las generaciones más jóvenes las que muestran con desmedida fuerza su virulenta animosidad en esta época, sin derecho alguno a compararla con aquellas anteriores que tanto evocan y que no han vivido.

Es muy posible que la suya no sea una manifestación puramente ideológica, sino la reacción lógica al oculto secuestro que de la democracia han hecho unos partidos prepotentes, ante los cuales el ciudadano se ve indefenso y sin cauces para reaccionar.

Bien harían todos los partidos en tomar buena nota de estas reacciones, absolutamente injustificadas en cuanto al contenido y la ocasión, pero explicables en cuanto a la raíz de su motivación. Recordemos la célebre sentencia de José Saramago: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que ven. Ciegos que viendo, no quieren ver”. Pues que nadie se llame un día a engaño. Estas manifestaciones de las que todos hemos tenido noticia, y de las que desde luego nos avergonzamos, al no formar parte de un sector organizado, por fuerza hemos de deducir que no son otra cosa que el fermento de una reacción que podría llegar a alcanzar dimensiones insospechadas, ante la impunibilidad de una casta política que goza de todo tipo de privilegios, que vive de, y no para servir a la ciudadanía y que carga sobre ella los sacrificios que requiere la corrección de sus desmanes, despropósitos, acumulación de poder y tropelías sin nombre y cuya lucha por el poder, lejos de tener por misión construir el futuro —nuestro futuro—, solo busca la perpetuación de sí misma.

César Valdeolmillos Alonso