La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Camino hacia Pentecostés

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- 

 

“Nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor! sino por influjo del Espíritu Santo”.

 

Esto, escrito por San Pablo en la Primera Epístola a los de Corinto (12,3) dice mucho acerca del momento tan importante hacia el que nos encaminamos: aquel en el que Dios envió el Espíritu Santo y a partir del cual la Iglesia fundada por Cristo, luego llamada católica, comenzó a caminar para llevar al mundo la Buena Noticia.  ELEUTERIO

 

En realidad, ahora mismo estamos dentro de los cincuenta días posteriores al Domingo de Resurrección. Son días pascuales y forman una unidad con festividades como son la Ascensión de Cristo y, claro está, Pentecostés. Y ahora caminamos hacia tales días y, por tanto, debemos mantener un espíritu adecuado.

 

En este tiempo debemos implorar a Dios por nuestra situación personal. ¿Hemos sido capaces de cambiar nuestra vida, a mejor, en el tiempo pascual anterior a éste? ¿A lo mejor no hemos hecho todo lo que podríamos y deberíamos haber hecho? ¿Hemos pedido perdón por nuestros muchos pecados?

 

Por otra parte, si requerimos del Espíritu Santo sus santos dones (sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios) no es poco cierto que, al menos, debemos aceptarlos, ahora mismo, como indispensables para nuestra vida y para que, de la misma, pueda predicarse que es propia de un hijo de Dios.

 

Pidamos, pues, a Dios, que nos envíe el Espíritu Santo y que la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, ilumine nuestra historia. Y pidámoslo aunque aún no estemos en Pentecostés. Es más, porque aún no estamos en tan señalada festividad.

 

Hagámoslo con una oración más que conocida y que muestra, en esencia, lo que queremos:

 

“Ven, Espíritu Santo,

y envía del Cielo

un rayo de tu luz.

 

Ven, padre de los pobres,

ven, dador de gracias,

ven luz de los corazones.

 

Consolador magnífico,

dulce huésped del alma,

su dulce refrigerio.

 

Descanso en la fatiga,

brisa en el estío,

consuelo en el llanto.

 

¡Oh luz santísima!

llena lo más íntimo

de los corazones de tus fieles.

 

Sin tu ayuda,

nada hay en el hombre,

nada que sea bueno.

 

Lava lo que está manchado,

riega lo que está árido,

sana lo que está herido.

 

Dobla lo que está rígido,

calienta lo que está frío,

endereza lo que está extraviado.

 

Concede a tus fieles,

que en Ti confían

tus siete sagrados dones.

 

Dales el mérito de la virtud,

dales el puerto de la salvación,

dales la felicidad eterna.”

 

¡Dios sea Alabado por siempre y su Espíritu anhelado!