La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Sin excusas

A la vista del comportamiento de la mayoría de quienes “se meten”, “están”, en política, no parece que esa dedicación sea una dura y generosa entrega, sino, más bien, un buen modus vivendi, de un nivelal que asimismo la mayoría de ellos tal vez no hubieran podido acceder, fuera de ese mundo, a través de una actividad laboral, profesional. Hasta tal punto parece así que alguien se ha atrevido a decir que la política es el ámbito de actividad en el que más más fácilmente puede “hacer carrera” un mediocre.

Pero aun cuando todo esto fuera verdad, no por eso quedaría invalidada la tesis de que la actividad política, el compromiso político estricto, constituye de suyo una dedicación de gran altura moral, para la que se exige asimismo un alto grado de generosidad en busca constante y desinteresada del bien común. Y así, paradójicamente,  parecen entenderlo muchos de los que rehúyen el compromiso político y se refugian en una rentable vida privada. Entre estos están precisamente quienes con su dedicación a la política, y supuesta una conducta incorrupta,  “perderían mucho dinero”… A veces, en efecto,  los teóricamente más capacitados rehúyen entrar en la política estricta por egoísmo, podríamos decir, en cuanto, como hemos indicado, prefieren los mayores recursos y la más grata vida que les ofrece el ejercicio de una actividad profesional,  ciegos y sordos a la realidad de los muchos que no ven respetados sus derechos ni su dignidad, que viven de modo infrahumano… Entre estos habrá no pocos creyentes, católicos para más señas, que pueden tener la tentación de justificar su falta de compromiso político con el recurso a consideraciones que no son sino inadmisibles excusas. Veamos.

Desde luego, no caben las excusas moralistas y espiritualistas.  Permítasenos insistir en que la ausencia de los cristianos en cuanto tales en el frente de la política estricta no puede ampararse “en la objeción moralista de quienes para preservarse incontaminados fren­te al corruptor mundo de la política, y pese a contar con aptitudes para ella, se niegan por completo a asumir cualquier compromiso en este terreno. Olvidan que el hombre sólo puede mantener sus manos limpias al precio de te­nerlas siempre vacías, y que tenerlas vacías es ya un modo de tenerlas manchadas. Olvidan que frente al peligro de corrupción, no es la huida la protec­ción que han de buscar, sino la permanente vinculación con la comunidad cris­tiana que fortalece a quien, si así quiere decirse, ha de ir como oveja al territorio de los lobos y le vigila (corrección fraterna) para que no termine por convertirse en uno de ellos”[1].

Ante cualquier escapismo purista, tengamos muy presentes estas contundentes palabras de Juan Pablo II: “Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública.  Son, en cambio, más que significativas estas palabras del Concilio Vaticano II: «La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan el peso de las correspondientes responsabilidades» (GS 75)” (CL 42).

Menos aun cabría invocar el pretexto transcendentalista al que pueden tener la tentación de recurrir quienes ven este mundo en total so­lución de continuidad con el Reino de Dios, y asumen posturas pietisto-mile­naristas y, en realidad,  de mil modo simplemente huidizas, escapistas,para rehuir así todo compromiso en la lucha por hacer este mundo cada vez más justo, solida­rio y fraternal. Semejantes posturas y salidas son sólo explicables en quienes ignoren o rechacen la propia doctrina cristiana en los subrayados que de ella nos hacen Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y todo el magisterio pontificio postconciliar. A este respecto, resulta especialmente elocuente el Concilio Vaticano II cuando “exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico”. Pues:

Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura (Hbr 13, 14)  consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno (2 Tes 3, 6-13; Ef 4, 28)” (GS 43)[2].  “No se creen, por consiguiente,  — se nos advierte en el mismo lugar —  “oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”  (GS 43)[3].

Y revelarían además una cobarde confusión de ideas quienes consideraran que lo católico como tal carece de sentido en un mundo democrático secular. Esa postura es la de quienes parecen considerarse no ya legitimados sino aun obligados a privatizar su fe por respeto al pluralismo, a la aconfesionalidad de la ética democrática y del Estado[4]. Esa sería la justificación aconfesionalista  con la que llegan a sentirse desembarazados de exigencias” que no, porque las enseñe y urja también la Iglesia, dejan de serlo de la común moral natural y válidas, por lo mismo, para toda persona humana. Con esa excusa aconfesionalista, vergonzante laicismo autoasumido[5], algunos parecen buscar además una cobertura “progresista” a su cobardía testimonial y, tal vez, a su afán por obtener aprobación y cargos de las “nuevas” autoridades culturales y políticas.

 

Teófilo González Vila.

 

[1] González Vila, Teófilo, Inspiración cristiana del orden temporal. La Asociación Católica de propagandistas tras el Concilio Vaticano II. Prólogo de D. Antonio Montero Moreno, CEU-Ediciones, 2007, p.127.

[2] Aunque, se nos advierte también,  “no es menos grave el error de quienes… piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales…” (GS 43).

[3] “Es preciso hacer  en todas nuestras actividades “una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía  todo coopera a la gloria de Dios” (GS 43).

[4] Como sostiene el Cardenal Sebastián, un proyecto político cristiano, en nuestras plurales y democráticas sociedades, sería posible, legítimo, obligatorio y necesario, tal como, a su juicio, puede hacerse ver mediante “razones aceptables por todos y fácilmente comprensibles” (Cf. “El compromiso de los católicos en la vida pública y en la regeneración democrática”, Conferencia de clausura del XXI Curso de Doctrina Social de la Iglesia “Rehabilitar la democracia” desarrollado en la Fundación Pablo VI durante los días 9-11 de septiembre de 2013). Puede consultarse en la página web de la citada Fundación. Un síntesis de esta conferencia se encuentra en el Nº 846 del semanario Alfa y Omega de 12 de septiembre de 2013, p. 23.

[5]En expresión del eminente profesor D. Andrés Ollero Tassara que lo denuncia y rebate con contundencia y gracia.