La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Rouco en COPE: “El derecho al trabajo, un bien imprescindible para el digno desarrollo de la persona y de la sociedad”

rouco--644x362Este domingo pasado, en su habitual intervención en el informativo diocesano de COPE, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, recordó la celebración del “primero de Mayo como Fiesta del Trabajo y, en la Iglesia, como la Fiesta de San José Obrero. En el origen de la Fiesta del Trabajo o el día de los trabajadores, se encontraba un panorama social de la historia moderna de la economía, de la sociedad y del Estado caracterizada por la llamada ‘revolución industrial’. Una de sus consecuencias más problemáticas es lo que se conoce como la explotación de la clase obrera. El problema de una justa, buena y beneficiosa relación entre el trabajo y el capital se convierte en ‘la cuestión social’ por excelencia del mundo industrializado de los siglos XIX y XX”.

“¿Era suficiente para resolverla el recurso a una política coherente y a un ordenamiento jurídico, inspirado y conformado por el valor de la justicia? ¿De qué justicia?: ¿una justicia entendida de forma pura y desnudamente contractual?”, se preguntó. “Evidentemente, no. Era preciso ampliar los contenidos y el radio de expresión y de realización de la justicia en la firme dirección de la salvaguardia y promoción de la solidaridad entre las personas, las familias y el conjunto de la sociedad. La medida para que se logre una verdadera justicia social será la consecución del bien común, es decir, el bien resultante de la garantía de unas condiciones de vida que permitan el digno desarrollo personal de todos y de cada uno de los que forman la comunidad política. Entendida ésta no sólo como un Estado soberano, autosuficiente y encerrado en sí mismo, sino como cada vez más intensamente entrelazado e intercomunicado con la comunidad internacional: con todos los pueblos que comprende la familia humana”.

Para el Cardenal, “superar la cuestión social y resolverla justa y solidariamente implicaba un desafío no sólo social, político e institucional formidable, sino también un reto moral y espiritual ineludible si se quería avanzar por la vía de la verdadera reforma y de la renovación auténtica de la sociedad moderna y contemporánea: ¡de nuestra sociedad!”. “La responsabilidad de los cristianos, más aún, de la Iglesia respecto a la necesaria respuesta a esa dimensión profunda del problema, en el plano de la conciencia moral y de la conversión espiritual”, recordó, “fue asumida pronto por el Magisterio de los Papas del siglo XX y, por supuesto, del Concilio Vaticano II. Su aportación más constante y fundamental fue la de la consideración del trabajo humano y, por lo tanto, del derecho al trabajo como un bien básico y, consiguientemente, imprescindible para el desarrollo digno de la persona humana, inserta en una familia y en una determinada comunidad socio-económica, cultural y política. Ambas, familia y sociedad, con un futuro incierto, si no se promueven y abren las posibilidades de un trabajo digno para todos los ciudadanos capaces de ejercer una actividad justamente remunerada”.

Y es que, dijo, “no será posible hablar de justicia social y de solidaridad y menos de ‘caridad en la verdad’ (Benedicto XVI) si todos los instrumentos y factores económicos, sociales y políticos, nacionales e internacionales (ya ‘globalizados’) no se empeñan en asegurar a toda persona capaz y dispuesta a trabajar la posibilidad de una ocupación digna: retribuida debidamente y regulada como vía apropiada para su desarrollo personal, libre y comprometido en el ámbito de la familia y de la vida social y cultural de su pueblo abierto a la cooperación internacional”. Citando palabras del Papa Francisco, “en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida” (EG, 192).

“Ante la dolorosísima realidad de tantos hermanos nuestros ‘en paro’ y de tantas familias afectadas por el desempleo de los padres o de algunos o de todos sus miembros, prosiguió, la Fiesta de San José Obrero y su celebración en ‘tiempo de Pascua’ nos interpela a los hijos e hijas de la Iglesia ¡a toda la Iglesia! a poner en práctica humilde y tenazmente su doctrina social sobre el trabajo: su valor trascendente para la persona humana, para la familia y la sociedad y, por consiguiente, su significado como derecho fundamental del hombre. Doctrina actualizada luminosamente por Benedicto XVI y nuestro Santo Padre Francisco. La caridad de toda nuestra comunidad diocesana se encuentra emplazada a ayudar a la solución del problema del paro que nos aflige tan persistentemente con un compromiso creciente y generoso. Ayuda inmediata a través de ‘Cáritas’ en la medida de nuestras posibilidades personales, familiares e institucionales y a través de la implicación de todos en corregir todo aquello que impida y de alentar todo lo que estimule e incentive la creación de puestos de un trabajo digno por parte de los agentes sociales y económicos y del Estado o de la autoridad pública”. “Un compromiso privado y público, apuntó, que no deberá olvidar que la protección y la promoción humana y cristiana del matrimonio y de la familia son elementos imprescindibles para que el objetivo del bien común pueda alcanzarse con la superación duradera y auténtica de una crisis que afecta tan gravemente al derecho al trabajo estable y digno”.

El modelo -insuperable e insutituible-, dijo, San José, y en su familia: la Sagrada Familia de Nazareth. A María “nos confiamos y nos consagramos en un nuevo mes de Mayo dedicado a Ella por la piedad inmemorial del pueblo cristiano, dispuesto a ser testigo del Evangelio de la alegría con la palabra y con las obras de la caridad cristiana”. Y concluyó manifestando sus “mejores augurios para un santo y feliz tiempo de Pascua”.