La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La difamación como práctica electoral

Uno de los aspectos más negativos de las campañas electorales suele ser la “carta blanca” que se dan a sí mismos algunos políticos para lanzar acusaciones contra sus adversarios sin necesidad de apoyarse en pruebas que las respalden. Es lo que hizo ayer en el Congreso la portavoz socialista, Soraya Rodríguez, al acusar a la vicepresidenta del Gobierno y al candidato del PP a las elecciones europeas, de haber cobrado sobresueldos. Lo paradójico de esta estrategia de la difamación como arma electoral es que no suele cosechar votos y además fomenta el desapego del electorado hacia los políticos.

Se puede entender que los socialistas, acosados por la memoria de un reciente pasado que casi llevó a España a la bancarrota, traten de hacer olvidar su desastrosa gestión como gobernantes. Sin embargo ellos mismos reavivan esa memoria al apoyar su campaña con la presencia del propio ex presidente Rodríguez Zapatero, aunque olvidan que, después de años de despilfarro, fue su Gobierno el que se vio obligado a dar los primeros pasos en la política de recortes exigida por Bruselas. Tampoco han dicho una sola palabra a propósito del plan de austeridad en el gasto que acaba de aprobar el Gobierno socialista francés, en contra de su fracasado plan de reactivación económica. En todo caso, el juego sucio ensucia a quien lo practica, pero extiende su inquietante mancha en un momento de preocupante descrédito de la política.