La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La concordia tiene que ser posible de nuevo

 

«La concordia fue posible» se lee en el epitafio en la tumba de Adolfo Suárez. Es una frase para la historia que resume el espíritu de toda una época, sin duda idealizada, pero a a la que los españoles pueden mirar con el orgullo de haber sido capaces de superar las diferencias y construir juntos la casa común. En la época en que el joven Suárez comenzó a interesarse por la política «era bastante fácil vivir la fe», dijo en su funeral el obispo de Ávila. No es un dato anecdótico. Facilitaba entonces el consenso la existencia de un amplio sustrato común en España, en el plano cultural, ético o espiritual, y lo facilitaba también el dramático recuerdo de la guerra civil. La ausencia de estos elementos explican en buena medida los terribles episodios violentos protagonizados estos días por grupos de jóvenes, sin duda minoritarios, pero no marginales.

Desde hace algún tiempo, se reproducen en toda Europa episodios similares y reaparecen fenómenos como el nacionalismo exacerbado que se creían ya superados en el continente. Son síntomas de lo que Benedicto XVI llamó «emergencia educativa», la falta de fundamentos que permitan a los jóvenes edificar su vida sobre cimientos sólidos. Cuando faltan esos fundamentos, la historia europea muestra que el terreno queda libre para las más perniciosas ideologías. Juan Pablo II lo percibió claramente y lanzó un llamamiento a la «nueva evangelización». Es la senda que sigue también el Papa Francisco, que pide una Iglesia abierta, dispuesta a acercarse a tanta gente herida y desnortada, para construir una nueva «cultura del encuentro».