La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

En mitad de la Cuaresma

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Si hablamos de tiempo es bien cierto que, desde aquel miércoles de ceniza han pasado, más o menos, los mismos días que faltan hasta el próximo Domingo de Ramos. Por eso decimos que estamos en mitad de la Cuaresma.  ELEUTERIO

 

A mitad camino de un salir y de un llegar, de un querer ser y de un tener que ser. A mitad camino, pues, de una experiencia de fe que debe llenarnos por dentro.

 

Cuando empieza la Cuaresma, con la imposición de la ceniza y aquel “conviértete y cree en el Evangelio” da la impresión, porque es así, que tenemos, otra vez, una oportunidad para venir a ser lo que decimos ser. Así, por ejemplo es un tiempo muy propio para la confesión, para dejar atrás lo que nos sobra y, sobre todo, para limpiar de manchas nuestra alma y dejar un corazón limpio para cuando Cristo diga “aquí estoy porque ha llegado mi hora”.

 

No olvidemos, sin embargo, que no es sólo la hora del Hijo del hombre (como diría el profeta) sino que es, por extensión, la de cada uno de nosotros. Momento, pues, para nacer de nuevo; de nuestras cenizas venir al mundo a ser hijos de un Padre que nos quiere libres para escogerle a Él, Señor Todopoderoso, por sobre todo lo que nos ofrezca el mundo.

 

Empezamos, pues, con un objetivo claro: purificarnos.

 

A lo largo del tiempo, de los días que van desde el tal miércoles de conversión hasta el domingo en que Jesús entra triunfante en la Ciudad Santa, mucho pasa, mucho nos pasa o debería de pasarnos. No podemos seguir siendo los mismos porque un fuego purificador ha de habernos “quemado” el alma y, con tal quemazón, el mal que en ella podía anidar, ha de haber desaparecido.

 

Pero ahora estamos en la mitad de tal tiempo que llamamos “fuerte” porque fuerte es, sin duda alguna, lo que pasa en Él. Y a la mitad de este camino, de estos cuarenta días (¡otra vez esta cifra, bíblica a más no poder!) miramos hacia delante.

 

Nos queda, aún, es cierto, algo del camino que recorrer. Aún, pues, podemos rectificar lo que no hayamos sido capaces de mejorar en nosotros, en nuestro actuar, en nuestro corazón, a veces, de hierro, a veces de piedra y no de carne que es, justamente, como quiere Dios que lo tengamos.

 

¿Y luego?

 

Después de este tiempo ya pasado nos espera el momento más trascendental que haya vivido la humanidad desde que es humanidad y, entonces, desde que Dios creó al hombre y a la mujer de algo ya existente (barro es sinónimo de realidad ya presente cuando el Todopoderoso decidió infundir el alma, seguramente, en un homínido que ya había creado) y quiso que dominara la tierra y que fuera el predilecto de entre su creación.

 

Y porque estamos, día arriba o abajo, en mitad de la Cuaresma, tratamos de ser mejores con nuestro prójimo. Dios nos quiere así de misericordiosos y de caritativos. Quien necesita ayuda ha de ser ayudado; quien esté solo debe estar acompañado; quien no conozca a Cristo ha de conocer al Hijo de Dios que vino, precisamente, para salvarlo.

 

Tenemos, pues, tiempo aún para reconocer lo que somos. Dios siempre nos espera en la confesión pues ahí nos muestra su eterno amor y su voluntad de perdón.

 

A nosotros sólo nos queda reconocer que somos hijos y que debemos agradecer al Creador tantos dones que nos ha entregado y tantas gracias que hace nuestras. Y, para eso tenemos este tiempo, tiempo de conversión y de creer.

 

Creer y convertirse o, mejor, convertirse y creer. No debemos olvidar que el orden, aquí, sí altera el producto pues no se entendería sostener una creencia si no ha habido, antes, conversión hacia la misma.

 

Tiempo de Cuaresma, tiempo de limpieza, tiempo de novación de nuestras almas.