La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Suárez, en las manos de Dios

 

El viernes cuando Adolfo Suárez Illana, el hijo del primer presidente de la democracia, anunció que a su padre le quedaban pocas horas de vida, aseguró que “estaba en las manos de Dios”. Es una expresión que, por desgracia, se ha hecho extraña en nuestra vida pública. Hay una censura o autocensura que impide hablar en público de Dios y de todo lo que tiene que ver con el destino último de las personas. Es una especie de complejo que se ha generado en los últimos años por miedo a que toda mención religiosa  asocie a quien la pronuncia con el pasado, en concreto con el franquismo.

Precisamente si la obra de la transición, protagonizada en gran medida por Suárez, es algo admirable, es porque creó las condiciones para que ninguna identidad, religiosa o política, tuviera que permanecer en lo privado. Suárez, cuya memoria honramos en estas horas, dio cauce a la reconciliación que se había producido entre los españoles e hizo posible que nadie tuviera que cargar con el lastre de los errores del pasado. Hizo posible una Constitución que tutela un verdadero pluralismo, sin olvidar lo que es más propio de nuestra tradición.

El primer presidente de la democracia fue un hombre de fe. Ahora, como bien decía su hijo, está en las manos del Padre bueno que lleva a plenitud todo lo que un hombre como Suarez llevaba en el corazón.