La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El hombre que nos trajo la esperanza civil

 –         ¡Qué dramático contraste, amigo mío! Mientras agonizaba en una clínica madrileña Adolfo Suárez, el hombre del diálogo que hizo posible la transición pacífica a la democracia, unos cientos de discípulos del nihilismo marxistoide se dedicaban en el centro de la capital a practicar la ruptura de la convivencia, bajo la bandera republicana y las arengas de quienes se manifestaban por la “dignidad”.

–         ¿Dignidad dice usted? ¿Se refiere acaso a la “dignidad” de quienes exhibían la bandera republicana y de la democracia popular cubana, del totalitarismo que predica ese amigo de la ajeno que se apellida Gordillo? ¡Vamos, hombre! ¡Esa dignidad yo no la quiero!

–         No creo que la quiera mucha gente, aparte de esa izquierda complaciente con la violencia y que, por cierto, era la que quería la ruptura cuando Suárez hablaba de consenso…

–         Hombre, no compare. Aquella izquierda, empezando por el entonces líder del PSOE, Felipe González y, sobre todo, del “coco” comunista Santiago Carillo, aceptó con claridad la monarquía constitucional y apoyó aquella ley de amnistía que forjó con inteligencia Suárez, a sabiendas de que podía costarle su carrera política e incluso la vida.

–         Lleva usted razón, pero hay que admitir que aquel milagro de la transición, que tanto nos alabaron desde fuera, no ha dejado de ser un espejismo. Suárez sufrió en sus carnes el más duro acoso a que ha sido sometido un presidente de Gobierno por parte de la derecha y de la izquierda de aquellos años. Acuérdese del propio Fraga, que no admitía que un joven atrevido, que había sido Secretario General del Movimiento, le diera lecciones de democracia a él, que había aceptado la embajada de Londres para conspirar contra el régimen. Y acuérdese del tandem González-Guerra, que no dejó respirar un solo día a Suárez desde que ganó limpiamente las elecciones de 1979…

–         Por supuesto que recuerdo, como si fuese ayer, de aquellos episodios que hubieran necesitado de un Galdós para contarlos. Pero tampoco me olvido de las zancadillas que le ponían los propios “barones” del partido que él mismo fundó, la UCD. Claro que lo peor fue la tremenda presión sufrida por parte de los militares y que, en definitiva, fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. No fue la izquierda, no, la que se cargó a Suárez sino, en todo caso, la convicción que Suárez tenía de que sin la izquierda era imposible la democracia. Y no me diga que aquella izquierda de los primeros tiempos era un modelo de amabilidad y de “fair play”…

–         En realidad, muchas veces me pregunto cómo es posible que aquella izquierda, que ha estado en el Poder mucho más tiempo que la derecha, no se haya acostumbrado al diálogo como forma para afrontar las diferencias ideológicas y hasta económicas.

–         Debería usted hacer alguna puntualización: no se puede hablar de la izquierda como un bloque monolítico. A fin de cuentas, el PSOE abandonó el marxismo como ideología para acercarse a la socialdemocracia europea, sobre todo la alemana que había dado el ejemplo en su célebre congreso de Bad Godesberg.

–         Ciertamente, así es. Lo que ocurre es que el PSOE de hoy, aparte de  no tener un líder claro y con ideas más claras aún, no es el de Felipe González. La “pasada” socialista por el zapaterismo nostálgico de la República, de la “memoria histórica”, del aborto libre como modelo de progreso y del reconocimiento de ETA como interlocutor político, ha radicalizado a un partido al que han vuelto los viejos “tics” de intolerancia y que no termina de aceptar que gobierne la derecha. Y, claro, lo que ha ocurrido es que la otra izquierda, la radical de siempre, se ha quitado del todo la careta democrática y pretende conquistar el poder en la calle, como proclamaban la otra noche los que pedían “dignidad” a pedradas contra la policía.

–         Es cierto: la convivencia se ha deteriorado mucho como consecuencia de la crisis. Ni el PSOE ha llegado a admitir su responsabilidad ni sus primos hermanos de la izquierda plural quiere asumir que los recortes económicos han sido necesarios para evitar un desastre mayor. Y me pregunto qué hubiera hecho Suárez en esta situación.

–         Si recordamos los antecedes, lo más probable es que hubiera acudido a su capacidad de seducción para unos nuevos Pactos de La Moncloa… No puede decirse que Rajoy tenga ese encanto.

–         Mire, cada cual es cada cual. Rajoy se ha encontrado con la crisis y con dos huelgas generales además de la zancadilla continua de los herederos del zapaterismo y todos esos movimientos de “indignados” que han perdido toda dignidad democrática, a pesar de lo cual no ha dejado de dialogar con empresarios y sindicatos.

–         Lo cierto es que la España de hoy no es la de Suárez. Entonces todo estaba por hacer y Suárez se lanzó al abismo con un sentido de Estado que hoy se echa muy en falta en muchos ambientes. Suárez cumplió con su cometido muy por encima de las expectativas que podíamos tener entonces los españoles. Y si sufrió el mismo o peor acoso y derribo que hoy sufre Rajoy, ya estamos viendo cómo todo el mundo le reconoce su labor de patriota y de demócrata convencido. Ese tipo de personas no las suele repetir la Historia.

–         Estamos de acuerdo, amigo. Suárez nos trajo la esperanza civil de vivir en paz de una vez, como españoles reconciliados después de una cruel guerra que nunca debió existir pero que existió. No puede decirse que esa esperanza se haya roto, pero es verdad que muchos parece que han desertado de su responsabilidad…

–         Bueno eso es otra historia. Al menos hoy podemos sentirnos orgullosos de haber tenido como presidente a un hombre que creyó de corazón en la democracia, el diálogo y la reconciliación. Si otros políticos no siguen por ese camino, allá ellos: la historia les pasará la correspondiente factura. Suárez tiene ya un monumento en el corazón de los españoles que tuvimos la suerte de vivir la transición…