La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

En el Día Internacional de la Vida, un ¡Viva! por los imperfectos.

magdalenadelamoMagdalena del Amo, peeriodista

Un anuncio emitido estos días en televisión nos recuerda que el 25 de marzo es el “Día Internacional de la Vida”. Esta celebración no solo abarca el derecho a nacer de lo concebidos sino el respeto a la vida y a la dignidad del ser humano desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Entraría en este marco cualquier injusticia –amparada por las leyes o no— que en este momento tenga cabida en nuestra sociedad.

Los desahucios, la inmigración, la suspensión de la tarjeta sanitaria a los ilegales, la congelación de las pensiones, los recortes a la dependencia o la situación de los miles de familias con cero ingresos y que, por tanto, llevan vidas “indignas”, son extremos que deben ser considerados en el Día Internacional de la Vida. Sin embargo, yo quiero fijarme en el derecho del no nacido, porque considero que está mucho más desprotegido que cualquier navegante en patera. En la lista de prioridades de todo nasciturus está la palabra NACER, el derecho más importante sin el cual el resto de los derechos no tienen sujeto de aplicación. Y de entre los nascituri quiero dedicar mi reivindicación a los imperfectos físicos o psíquicos, porque son carne de cañón, o más en concreto, de cureta y bisturí.

Como ya lo hice profusamente en otros escritos, no voy a dar las razones y los porqués del derecho a la vida de los imperfectos. Solo recordar que estos concebidos son víctimas de una sociedad utilitarista, epicúrea e injusta que persigue el placer y la belleza a toda costa y sigue buscando el elixir de la eterna juventud aunque sea a base de colágeno de bebés abortados. Pero este es otro tema.

No deja de ser llamativo que en el spot emitido por televisión para recordarnos el Día Internacional de la Vida, aparezcan varias personas de diferentes edades, aquejadas de síndrome de Down. Conviene reflexionar que ninguna de estas personas habría nacido si se hubiese aplicado el protocolo de la criba prenatal y sus madres se hubiesen acogido al supuesto o al derecho de eliminar a estos hijos defectuosos. Defectuosos sí, pero llenos de vida y felices por haber nacido.

Cuando se reivindica en las tribunas políticas o en manifestaciones callejeras el derecho de la mujer al aborto, y especialmente contra el supuesto de malformaciones, se está acusando a estos niños de haber nacido, porque, de alguna manera, han venido a afear nuestro mundo feliz. Es la herencia del nazismo y de todos los regímenes totalitarios de la izquierda que en el mundo han sido. “Malformación incompatible con la vida” no es más que un eufemismo ad hoc –uno más—para justificar la aberración y manipular a las pobres mujeres haciéndoles creer que es mejor matar a un hijo con lesiones que permitirle vivir porque sería muy desgraciado. Por eso optan por cortar por lo sano –literalmente—y cortarlo en cachitos a golpe de bisturí, antes de mandarlo a la trituradora. Sí, comprendo que es duro decirlo, ¿pero alguien se cree que el aborto se hace con magia? No. En el aborto hay sangre humana y caliente; máxime cuando se trata de estos niños “abortables” hasta el momento antes de nacer.

Los partidos y organizaciones laicistas están haciendo un gran daño no solo a la mujer sino a la sociedad, que poco a poco va interiorizando ideas que la encanallan y la retrotraen a las etapas de barbarie. En una sociedad que se deshace de los más indefensos, es lógico que se incrementen los delitos contra los menores, contra la mujer, y en otros ámbitos. Es la cosecha de la cizaña.

Sin embargo, los defensores de la vida debemos asumir nuestra culpa. Es verdad que tenemos menos plataformas donde exponer nuestros postulados, mientras que los laicistas no cejan un momento en su afán de implementar sus ideas, pero no es menos cierto que somos cobardes, cuando no cómodos, y optamos por vivir en nuestras confortables islas –a menudo sectarias, todo hay decirlo— en lugar de salir al ruedo a defender lo que consideramos recto y justo. Mientras tanto, el mal se va extendiendo como el gas tóxico a nuestros parlamentos y sistema de justicia. ¡Y llega para quedarse! En Francia ya se habla de un nuevo delito: “Abortofobia”. Y los Pirineos no son los de Aníbal; hoy son virtuales.