La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La mujer y el negocio del sexo. ¿Libertad o dependencia?

magdalenadelamoMagdalena del Amo, periodista

No se entiende que los diferentes gobiernos democráticos no hayan abordado reformas para equiparar los sueldos entre hombres y mujeres. No es de recibo que en pleno siglo XXI la brecha sea aún del 15%, y en algunos casos, mayor. No es esto una reivindicación baladí ni mucho menos. A ver si el Ejecutivo de Rajoy, entre tanta medida antipopular, lleva a buen término ésta que acaba de anunciar, coincidiendo con el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”. Las mujeres de los países desarrollados, a base de lucha y mucha paciencia hemos ido adquiriendo derechos fundamentales. Aún quedan África y Asia, donde la dignidad de la vida carece de valor.

Sin embargo, la emancipación de la mujer no ha llegado con el grado de pureza deseable. El paquete ha llegado adulterado y  contaminado con ideologías que tienen poco que ver con el avance de la mujer en la sociedad, y sí con teorías e ideas disparatadas, contra natura, gestadas en mentes desequilibradas e inclinaciones sexuales atípicas. Los derechos de igualdad, mérito y capacidad que deben regir la vida pública de  los países demócratas, han sobrepasado los límites del derecho natural y ha habido que recurrir a leyes ad hoc para sustentar, cuando no legalizar, lo esperpéntico. No voy a insistir en la ideología de género –una de las mayores perversiones sociales— porque lo hice sobradamente en ocasiones anteriores, pero sí quiero dar una pincelada sobre el falso derecho de la mujer a decidir la eliminación de los hijos concebidos. A cualquiera con un mínimo de empatía, tendría que parecerle un despropósito. Pero, desgraciadamente, la sociedad está perdiendo la capacidad de sensibilizarse ante los asuntos profundos y trascendentes, a la vez que se hace más sensiblera y emocionable ante asuntos mundanos, lease ver al cantante o actor de moda o adquirir algún objeto símbolo del estado de bienestar.

Abortar no es progresista sino propio de sociedades atrasadas, y no es un avance para la mujer. Lo dijo monseñor Reig Plá que volvió a copar titulares por decir lo evidente. Ojalá los obispos españoles se pusieran de acuerdo para invadir la prensa con titulares al estilo del obispo de  Alcalá de Henares o de monseñor Munilla, que tampoco es manco. ¿Se imaginan ustedes a todos los obispos españoles haciendo declaraciones en defensa de la vida y contra la ideología de género durante quince días? El efecto saturación haría su trabajo y dejaría de tomarse lo normal como anómalo. Sería deseable que nuestros obispos perdiesen el miedo a la prensa y  escribiesen largas cartas como la publicada por el obispo de Denver el año pasado a propósito del cuarenta aniversario de la resolución de los casos “Roe versus Wade” y “Doe versus Bolton” –fraudulentos—, que abrieron la compuerta del aborto en todo el orbe.

Hace unos días, una progresista de diploma se escandalizaba porque en la actualidad siguiera habiendo abortos como hace treinta años, dada la información y los métodos anticonceptivos al alcance de cualquiera. Estuve de acuerdo con ella en el planteamiento. ¿Cómo es posible si hoy casi regalan condones en bricks de leche? La respuesta es bastante clara: a mayor promiscuidad, más relaciones, y, consecuentemente, más embarazos que acaban en aborto. Vivimos en una sociedad hipersexualizada. Hemos convertido el sexo en la prioridad número uno del ser humano. Se ha llegado a tal nivel de banalización que hoy todo funciona alrededor del sexo, por y para el sexo. Hoy las relaciones sexuales se practican con cualquiera, a cualquier hora y en cualquier parte. Late la idea de que cuanto más mejor.

La emancipación de la mujer ha llegado adulterada porque en el lote de derechos, se ha incluido una “libertad sexual” que no solo incluye el aborto, sino otras actitudes ofensivas y atentatorias contra la dignidad de las mujeres. Me refiero a ese interés desmedido en promocionar e inculcar lo que algunos frívolos denominan “autoamor”. Me refiero a los juguetes sexuales para las mujeres. La cosa tiene mucha más enjundia de lo que parece, pero vayamos al caso real que es noticia estos días. El Ayuntamiento de Serranillos de la Sierra ha organizado un “tupper sex” para que las mujeres serranas aprendan a utilizar lubricantes, bolas vaginales y todo tipo de vibradores. Mujeres casi todas de mediana edad y mayores instruidas por las vendedoras de placer en la sala del Consistorio, bajo pago de veinticinco euros en productos, y si no quedaba cubierto el mínimo exigido, el Ayuntamiento debería afrontar los gastos. Claro, esto levantó ampollas, y con razón. La noticia no deja de ser una anécdota, pero la intención tiene mucho más alcance. Más allá del gran negocio que suponen estos artilugios, existe un fin concreto: que la mujer sea “independiente” y que no tenga que depender del hombre –y menos de un marido— para tener unas relaciones sexuales plenas. Para ello se valen de celebrities de medio pelo que confiesan públicamente llevar en el bolso su vibrador, como si se tratase de una barra de labios. Nos quieren hacer dependientes de estos artilugios, y, de hecho, estos actos son ya muy corrientes en comunidades de vecinos.

Lo que subyace en la ideología de género es que las relaciones entre hombres y mujeres tengan lugar de manera esporádica y solo cuando se desee engendrar. Mientras tanto, proponen la homosexualidad y la masturbación, cada quien como pueda. En esta ideología perniciosa y totalitaria el hombre es un enemigo a combatir, por eso hay que denunciarlo a la mínima y colgarle el sambenito de maltratador. No me refiero a los casos reales, que condeno firmemente, sino a las exageraciones políticas para favorecer la ideología. Por cierto, en el estudio que se acaba de publicar sobre la violencia contra la mujer, los países católicos o con más tradición católica –entre ellos España— son los que presentan menor ratio de agresiones. ¡Vava, vaya, con los países nórdicos, tan rubios ellos!

 

El Día Internacional de la Mujer Trabajadora, aparte de tener un recuerdo especial por aquellas mujeres que fallecieron en la empresa de camisas  Triangle de Nueva York, y otro de solidaridad para las mujeres que sufren opresión en los países africanos y asiáticos, no estaría de más reflexionar sobre la perspectiva de lo que significa ser mujer liberada. A menudo se interpreta que mujer liberada es la que aborta, la que es infiel, la que cambia de pareja o la que se pone “tetas”. Una mujer así, es una mujer enferma y solo hay que tenerle lástima y perdonarle sus desmanes, porque no sabe lo que hace. ¡Lo malo es que muchas de ellas se han convertido en iconos! En nuestras manos está descubrir sus caretas y pies de barro. Pero para ello hay que trabajar, y los enemigos son muchos. Yo propongo que imitemos a Reig Plá, aunque muchos obispos no estén de acuerdo y opten por seguir callados para no molestar a la serpiente.