La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Qué hacemos nosotros

Estamos próximos a una nueva convocatoria electoral “europea”.  No parece aventurado predecir que una mayoría de ciudadanos (hasta constituir incluso, sin más “la” mayoría) van a encontrar en esa cita la ocasión adecuada para dar “rienda suelta” (aunque sea en la reserva de una cabina) a su indignado, a su absoluto descontento, con / contra las formaciones políticas en que habían depositado su confianza. Si las predicciones se confirman, serán beneficiarios de esa masiva reacción los partidos pequeños y aun recién nacidos y víctimas de una claro desmoronamiento los hasta ahora (cuantitativamente) “grandes” partidos. Y esto, paradójicamente, puede redundar en que los electores “castigadores” se encuentren con el sorpresivo triunfo de sus más odiados enemigos ideológicos.  Algunos pensarán que, como los resultados cargan sobre Europa (¿un poco lejos?), la cosa no sería tan grave…  Esto es lo que hay.  ¿Cómo se ha llegado hasta aquí? “Los políticos”, así en general, los partidos, quienes a ellos pertenecen, quienes ocupan puestos representativos y ejercen cargos gubernativos así como los que en cualquier plano, hasta el más bajo, manejan la cosa pública no gozan precisamente de gran estima, sino que, por el contrario, son objeto de generalizada desafección (si lo decimos suavemente) e incluso de un amplio menosprecio, cuando no de indisimulado desprecio (si se quiere ser más “realista”).  Diríamos que “los políticos”, a los que se hace referencia de modo generalizado como a una casta, letal casta-quiste,  vendrían a ser –como ya me atreví a decir en otro lugar, los  “publicanos y pecadores”  de nuestra democracia.  Y parece que, en compensación de los privilegios con que nos los representamos revestidos, resultara indiscutible el derecho a insultarles como ejercicio de sano desahogo con que descargar tensiones y evitar llegar a mayores. En este contexto y como expresión de la extendida sorda hostilidad contra los políticos se explicaría el “chiste” o la “viñeta” en que alguien pregunta a su acompañante en la barra de un bar:   “Entonces, ¿tú crees que para ser político es necesario ser un sinvergüenza?”  y el otro contesta: “¡Hombre!,  no estrictamente necesario, pero sí muy conveniente”.  Y a un político le decía un “amigo”: “La diferencia fundamental entre los políticos, al igual que entre los ciudadanos del común, no es … la que os divide en derechas e izquierdas, sino la que se da entre decentes e indecentes.  Pero resulta que tal distinción no se daría entre quienes integráis  la “casta política”, si fuera verdad que de semejante conjunto, según muy extendida opinión, están excluidos “por definición” precisamente los decentes”. Los partidos habrían degenerado en grupos cerrados autorreferenciales incapaces no ya de atender, sino aun de entender las coherentes exigencias y demandas ideológicas de sus propios votantes y ocupados en el negocio particular donde solo cuentan las fobias y filias, los poderes y habilidades, la suerte o la desgracia internas de quienes constituyen el núcleo dirigente, decisorio…La ausencia de democracia interna supone ya un descaro tal que llega en su desmesura a lo cómico y causa “vergüenza ajena”… Pero, reconozcámoslo,  el discurso contra los políticos resulta en este momento demasiado fácil. Habría, en todo caso, que distinguir entre dignidad de la política, pináculo de la ética, e indignidad de los políticos. A pesar de toda la corrupción presente, hemos de afirmar que la política constituye un arte noble y difícil, al servicio del alto ideal del bien común y que exige una gran temple moral. En realidad la indignada furia popular condenatoria de los políticos es el reconocimiento, en negativo o ex reverso, de la alta consideración que a todos, en realidad, merece la política. Decir que algo es lo peor es tanto como decir que es lo mejor en estado de putrefacción: Corruptio optimi, pessimum. Por eso, con estas consideraciones no quiero echar leña a ese fuego de la populista quema de políticos, sino, por el contrario, advertir la injusticia de determinadas condenas generalizadas y el peligro de que se sienta justificado y llamado un “terminator” salvador. Bajo la férula del tirano sin duda echaríamos de menos a nuestros corruptos demócratas. Ahora debemos fustigarlos justo para que la descomposición político-moral del presente no termine por producir un “efecto llamada” y allane la llegada del populista dictador. La experiencia histórica nos advierte que puede aparecer, como la liebre saltar, donde y cuando menos se espera. Muchos de nuestros más serenos analistas advierten del peligro de los populismos. Y a esa advertencia se suman modestamente estas letras. Entonces, ¿qué haremos? ¿Acaso esos riesgos justifican y exigen que aceptemos sin más la continuidad de la presente situación?  Frente a esos riesgos habrá que atreverse a correr otros proporcionados como los que puede suponer el “aviso” que en las europeas los votantes pueden dar a sus hasta ahora preferidos. Pero, en todo caso  –y ahí hay que llegar–  la solución del descorazonador panorama de la actual política española, europea,… no se supera en un día sino que es tarea de todos los días y de todos los ciudadanos. ¿Quién soy yo para denunciaros a los políticos, cuando, en la seguridad de mi pequeño rincón (aurea mediocritas), por mantener las manos limpias las cierro vacías, sin tenderlas a otros, sin tratar de limpiar tanta porquería como digo que hay, cuando, con no meterme en política, hago la de conservar el desorden establecido, en el que os veo como corruptos, pero a mí no me va tan mal…? Es cierto que la mayoría no estamos en condiciones de llevar a cabo un seguimiento y control de la vida política con una dedicación personal tan intensa como la del político “profesional”. Pero no es menos cierto que es mucho lo que cada uno puede hacer y en primer lugar luchar por que la propia normativa haga posible una mayor influencia ciudadana en el quehacer de los representantes. A este respeto parece que no podemos dejar de propugnar una nueva adecuada legislación electoral. Pero, sobre todo, es preciso superar el error de pensar que con votar periódicamente al partido que considero menos alejado de mis ideales, puedo confiar en que éste vaya a realizar los valores que propugno y  considerarme yo libre de más responsabilidades. No, en absoluto. Después de depositar la papeleta en favor de ese que me parece menos malo, la realización de los ideales que propugno depende cada día de lo que yo, dentro de mis posibilidades, haga solo y en asociación con otros,…cada día. Si el panorama que ofrece la política como ámbito en el que alguien diría que no han confluido “los mejorcitos de cada casa” resulta desolador,  está claro que hay que llevar a cabo todas las operaciones sociales y penales de limpieza que sean necesarias para barrer periódicamente ese espacio. Y digo “periódicamente” porque ese objetivo de limpieza e integridad nunca podrá darse por definitivamente alcanzado. Como nunca cada uno de nosotros podrá considerar que ha atendido de modo eficaz y definitivo sus responsabilidades ciudadanas, …políticas[1].   Teófilo González Vila.



[1] Algunas ideas y expresiones utilizadas en este escrito lo han sido anteriormente en otros del mismo autor.