La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Francisco no es una figura de fantasía

La Razón. Carlos Amigo. 02/03/14.- Parece ser que los intentos de Pablo VI y de Juan Pablo II acerca de la reforma de la curia se encontraron con dificultades provenientes de la burocracia y de algunos grupos de presión, que se oponían a la renovación. Como si adivinara las dudas y recelos que podría haber entre pasillos y antesalas, el Papa Francisco diría lo siguiente: «A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Queridos hermanos y hermanas, en nuestra vida, tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre. Dios es así» (Homilía vigilia pascual 30-3-2013).

Se recibió con gratitud y aplauso la propuesta de Benedicto XVI para abrir el atrio de los gentiles, como un recurso importante dentro del programa de la nueva evangelización y del año de la fe. Se trataba, en definitiva, de estar dispuestos al diálogo con todos los hombres y mujeres del mundo, intercambiar ideas y proyectos, reflexionar sobre la historia y la cultura, asumir responsabilidades comunes, nuevos puentes para el acercamiento… Esta feliz iniciativa del Papa abría un gran espacio para la comunicación y el encuentro entre grupos diferentes, no sólo gentiles, sino también creyentes. El Papa Francisco quiere abrir un atrio para el diálogo con todos: los que no están de acuerdo con el proceder del gobierno pastoral, los que opinan en lo opinable y discrepan en aquello que su conciencia se lo permite. El atrio de los que critican estructuras, programas y directrices y que reclaman que antes de programar también se les pueda escuchar. El atrio de los críticos con la jerarquía, pues les parece que se queda corta o que va muy lejos o, simplemente, que no actúa como ellos quisieran que debiera proceder. Muchos pueden ser los atrios a los que entrar: pero para dialogar, no para imponer; para compartir la fe, no para hacer un Evangelio a la medida del gusto de cada uno, sino para reafirmarse en una realidad responsable, consciente y libre sobre la aceptación de lo que Dios ha revelado de sí mismo.

En cuanto a los criterios de renovación, los problemas y ansias de los hombres irán marcando las respuestas del nuevo Papa. Los derechos de las personas y de los pueblos, la esperanza de una juventud precozmente envejecida por la falta de horizonte, las manos sin trabajo, la casa sin familia, porque cada uno se fuera por su lado en rupturas inconcebibles. Cualquier proyección utópica hacia el futuro, o restauración hacia el pasado, no proviene del buen espíritu, según palabras del Papa Francisco. Desea el Papa caminar por la vía de la sinodalidad. El pueblo de Dios con los obispos y el Papa. Caminando juntos.

Nunca se ha de olvidar que la Iglesia es universal, católica, presente en todos los continentes. La renovación tendrá que llegar a unos y a otros, pero atendiendo a su situación particular. En Asia viven 4.000 millones de personas, de las cuales solamente el 3 por ciento son cristianos. En África, la Iglesia sigue avanzando. América continúa siendo el continente de la esperanza, pero en algunos países, como en Europa y las grandes islas de Oceanía, se piensa en la necesidad de una nueva evangelización. Tarea, pues, misionera la que está por delante.

Fidelidad y renovación

Más que sabio, y buen principio para el discernimiento, es el consejo que ofrece Ignacio de Loyola: «En tiempo de turbación, no hacer mudanza». Prudencia excelente es la de esta recomendación, pues la serenidad del ánimo es condición indispensable para seguir con fidelidad la voz del Espíritu. Pero también es advertencia para no jugar con las tribulaciones y escudarse en ellas, como baluarte imaginario, para evadirse de la responsabilidad de tomar las decisiones pertinentes y poner en marcha las acciones necesarias para mejor honrar y servir a Dios.

La renovación, el cambio, la actualización de las estructuras no es un ejercicio de novedad, sino de ser responsables con aquello que el Señor quiere para su Iglesia en cada momento. Con esa hermenéutica del saber enfocar bien el corazón a los acontecimientos, en la continuidad de la verdad, en la fidelidad al mensaje recibido, y todo para alimentar la fe y vivir en la caridad. Como quería Benedicto XVI, no en perspectiva de una inaceptable hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura, sino de una hermenéutica de la continuidad y de la reforma.

Se trata, por tanto, de un ejercicio de responsabilidad, de ser coherentes y leales a lo que de Dios se ha recibido y a lo que el mismo Señor va manifestando en los acontecimientos de la historia y en las necesidades de los hombres. Éste es un tiempo de esperanza, no de quietud inoperante, sino de ser conscientes de estar en un camino que no se detiene hasta la consumación de todo en Cristo. En la actualidad de Dios, cada día es un paso nuevo para el hombre en la realización de la esperanza. Por eso, parece vislumbrarse que entramos en un tiempo de mudanzas. De aquellas que sean necesarias para que la Iglesia pueda cumplir mejor su misión de evangelizar.

No se puede esperar del Papa Francisco que sea una especie de figura de fantasía, con la lámpara para frotar y la varita mágica que resuelva todos los problemas. Buscará el camino de las posibilidades de confirmar en la fe, sin olvidar los tropiezos y problemas que pone el laicismo. Las dificultades habrían de convertirse en oportunidad para el ímpetu apostólico, y las reformas serán aquellas que requiera una nueva evangelización. La esperanza y el buen hacer cambiarán el agobio de lo inmediato por la búsqueda de un camino adecuado. Los errores no hay que repetirlos ni exagerarlos, poniendo coto, con la justicia, a lo que mal se hiciera y dictando normas que garanticen en el futuro una conducta más leal y coherente con el Evangelio. (…)

Cristo es la razón

La vida de la Iglesia no está zarandeada por saltos y sobresaltos, sino por la decidida y constante voluntad de ser fieles a la voluntad del Señor Jesucristo. La autocrítica y la revisión han de ser práctica habitual, pero los criterios y referentes no pueden ser otros que los marcados por el Evangelio.

Agarrarse bien a Cristo en todo momento es seguridad para la esperanza y el consuelo. Es decir, que la fuente de la inspiración y del criterio no puede ser otra que lo que Cristo ha dejado en el Evangelio y en su comportamiento con las gentes y las realidades de este mundo. Esta presencia y amparo de Cristo a su Iglesia se ha podido comprobar en los últimos acontecimientos. La llegada del Papa Francisco ha sido como un encuentro con la esperanza de un tiempo nuevo. Pero de ninguna de las maneras ha hecho olvidar, más bien al contrario, la magnífica labor realizada por Benedicto XVI.

Ni tengáis miedo, ni os dejéis robar la alegría y la esperanza. La fidelidad a Jesucristo es la garantía de la perseverancia. A lo largo de la historia, el sucesor de Pedro ha tenido que llevar la barca de la Iglesia en las circunstancias que iban marcando los caminos de los hombres, pero sin dejar de ser consciente, en momento alguno, que el timón, por voluntad del Señor, estaba en sus manos. El carisma venía de Dios, y también la gracia del Espíritu, para que se pudieran desarrollar bien y adecuadamente las misiones encomendadas, pero las manos eran de un hombre, con todas las virtudes recibidas y las debilidades que se podían poner de su parte.

El Papa Francisco se siente mucho más como Obispo de Roma y sucesor de Pedro que como jefe del Estado Vaticano. Ha sido él quien lo ha dicho al inicio de su ministerio: «Nunca olvidaremos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz». Y que nunca se ha de olvidar que la Iglesia avanza guiada no tanto por una buena organización, cuanto por la fidelidad a Jesucristo.

El Papa Francisco ha abierto la puerta de muchas expectativas. Cambios, reformas, transformaciones y renuevos para que todo vaya por el mejor camino. Por el camino que es Jesucristo, que no es otro el itinerario que quiere seguir el sucesor de Pedro. No se trata simplemente de cambiar las cosas, sino de discernir qué pasos sean los mejores, y qué instrumentos los más eficaces para servir a la causa de Dios y de los hombres.

La iglesia, como sacramento de Jesucristo, tiene su base y realización en el acontecimiento del Verbo encarnado, en el misterio de la redención y de la resurrección, en la celebración de la eucaristía y en la presencia del Espíritu de Dios. Misterios tan presentes en la vida de la Iglesia no pueden ni detenerse ni, mucho menos, retroceder.

El atractivo de la iglesia proviene de la persona de Jesucristo. No se llega a la Iglesia para encontrar entretenimiento, sino para vivir el Evangelio. Es necesario cambiar lenguajes, actitudes y formas de actuar, pues los que se ofrecen no son siempre un buen reclamo, ni para los jóvenes ni para los mayores.

 

Carlos AMIGO VALLEJO, Cardenal arzobispo emérito de Sevilla

 

«UN AIRE NUEVO»

Carlos Amigo Vallejo

PLANETA TESTIMONIO

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