La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

LAS RAÍCES DEL CIELO

Francisco García de Cortázar, en ABC

 

En octubre de 2001, al recibir el Premio de la Paz en Fráncfort, el filósofo Jürgen Habermas definió la actitud con la que un intelectual debe orientarse en el grave desorden moral de nuestro tiempo. Su mirada limpia, carente de la irritada debilidad del sectarismo, se posó sobre las víctimas de las grandes catástrofes totalitarias del siglo XX y las que acababan de sufrir el atentado del 11 de septiembre, a manos del fundamentalismo islámico. Habermas exigía ante tales acontecimientos una sensibilidad distinta a la que ha provocado los excesos de la secularización. La pérdida de una expectativa de redención, el carácter definitivo de la muerte no podían verse ya como situaciones satisfactorias para un mundo que había dado la espalda a sus raíces religiosas. Por el contrario, convenía meditar en el vacío que la carencia de una idea de eternidad y de sentido último de la existencia había dejado en el corazón del hombre. Como Walter Benjamin, Habermas subrayaba los riesgos del expolio de una tradición en la que la vida de cada individuo pudiera sentirse parte esencial de una cultura y afirmación de una herencia irrenunciable.

En el letargo intelectual en que dormita nuestra izquierda, tales cuestiones pueden parecer ridículas fantasías de un pensador poco proclive a las soflamas anticlericales que nuestros aparentes progresistas se empeñan en confundir con el laicismo. Las recientes algaradas contra la formación religiosa en las escuelas públicas y la penosa defensa de una libertad afirmada en el derecho al aborto son algo más que una táctica política. Constituyen parte de una estrategia destructiva que puede dejarnos sin las referencias indispensables para comprender el sentido profundo de nuestra civilización. Por eso, precisamente, la izquierda no plantea estas y otras cuestiones como objeto de debate, sino como un territorio que la jerarquía católica y los españoles creyentes tratan de conquistar a expensas de la libertad de conciencia de todos los ciudadanos.

La izquierda, en verdad, no defiende la neutralidad del espacio público cuando habla de laicismo, sino la pura y simple expulsión de las aportaciones que el cristianismo ha hecho a la formación de nuestra sociedad. Una estética falsamente progresista plantea estos conflictos como una lucha entre la tolerancia propia y el fanatismo ajeno, entre la actualidad de los suyos y el anacronismo de los otros, entre la libertad del pensamiento y la funesta tiranía de una institución incongruente con el mundo moderno, que desea preservar sus privilegios.

Sin embargo, a quienes somos creyentes y a quienes consideran, sea cual sea su posición ante la Iglesia, que el cristianismo es un agente indispensable en la formación de nuestros valores, nos corresponde llenar ese «vacío del corazón del hombre» que Habermas lamentaba. La oquedad ideológica de nuestro tiempo es el resultado de algo más que de la pérdida de la fe religiosa. Responde al olvido de unos principios que han inspirado la conciencia de Occidente y han ofrecido identidad a nuestra civilización a lo largo de dos mil años. No es el abandono del pasado, sino la pura y simple renuncia a una tradición que nos da significado. Es el rechazo a formar parte de un largo aliento espiritual, sobre el que se han construido los derechos de todos, la libertad como condición esencial del hombre, las limitaciones objetivas del poder y las garantías últimas de nuestra seguridad ciudadana.

Es ya tiempo de que la derecha pierda ese absurdo complejo que la lleva a querer mostrar su superioridad sobre la izquierda solo en el campo estricto de una eficacia gubernativa, de una eficiencia de gestión o de una mayor capacidad para organizar las labores contables de nuestra hacienda. El campo de la política es aquel en el que deben garantizarse el bienestar económico y la atención a las demandas sociales de los españoles. Pero es, además, el espacio en el que han de enfrentarse las ideas que vertebran una concepción global de la existencia. Solo sobre ellas se construye todo lo demás. Y solo gracias a ellas podemos dar respuesta a una crisis que, en buena medida, es el resultado del relativismo, de la mirada escéptica y de la quiebra de valores fundamentales: la virtud pública, la responsabilidad en la gestión y el esfuerzo en el aprendizaje, el respeto a la vida, el desprecio del enriquecimiento ilícito y el escándalo ante la pobreza y la marginación.

Hora es ya de que, creyentes o no, los ciudadanos que vemos en el cristianismo un impulso decisivo de nuestra cultura recordemos la vigorosa presencia de ese mensaje en las más ambiciosas creaciones de nuestra historia. Porque en el mismo nacimiento del cristianismo se encuentra la declaración de la libertad del hombre y de su carácter universal. En su labor se halla la adaptación de la cultura clásica a los principios de esa dignidad intangible del ser humano. En su quehacer brilla la integración de la razón y la fe; en el pensamiento político del cristianismo solo es legítima la autoridad que actúa buscando el bien común.

En la reforma católica se estableció el libre albedrío frente a quienes pretendían convertir la existencia humana en la sumisión a una divinidad que ya había planificado su destino. En lo más hondo de la noche europea, cuando la locura totalitaria exterminaba vidas consideradas sin valor, de los cristianos brotó la exigencia de respeto al carácter sagrado de todos los hombres. En los momentos en que España padece el espantoso sufrimiento de la pobreza, es la piedad de los cristianos la que acude a socorrer a las víctimas y es el rigor moral de nuestros valores el que exige con más coherencia el final de la injusticia.

Esta convicción es la que debemos alzar en momentos de desconcierto, y especialmente en épocas de falsificación. Porque las doctrinas que han querido mejorar la suerte del ser humano han surgido, no por casualidad, en la Europa en la que el cristianismo arraigó y en la que su mensaje fue capaz de identificarse con la cultura de un continente. Los principios humanistas han nacido en nuestra civilización y le han dado significado y dimensión universal. Ahora deben ser fuente de inspiración de quienes deseen superar el vacío angustioso que padece nuestra sociedad.

En la última de sus novelas Cesare Pavese, relatando el regreso de un hombre a su lugar de nacimiento, escribía: «He rodado lo bastante en el mundo para saber que todas partes son buenas y se parecen, pero precisamente por eso uno se cansa y trata de echar raíces, de hacerse tierra y pueblo, para que su carne valga y dure algo más que el común curso de una estación». En esas raíces que no son mero localismo, en esa comunidad de valores tan distinta a los mitos tribales, puestos de moda en nuestro tiempo, la tradición cultural cristiana nos ofrece una hermosa residencia en la Tierra, un lugar de plenitud existencial, en el que nuestro destino de hombres se cumpla de nuevo con un mensaje que nos fue dado, hace ya dos mil años, para vivir la historia como libertad y como esperanza.