La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

IDEOLOGIA DE GÉNERO: Crisis de identidad del varón y la mujer

Angela Aparisi Miralles,  Catedrática de Filosofía del Derecho.  Universidad de Navarra

Para afrontar adecuadamente el tema de la Crisis de identidad del varón y la
mujer, en el marco de lo que habitualmente se denomina “ideología de género”, considero importante señalar algunos elementos que ayuden a establecer el contexto de la discusión.

I. Un primer aspecto a tener en cuenta es el mismo significado de la palabra género. Es evidente que, en los últimos años, el término sexo ha sido, progresivamente, sustituido por el de género. Y ello, no sólo en el discurso social, sino también en el científico, el político, el jurídico y el académico. ¿Podemos considerarlos como conceptos sinónimos?

Partimos de la base de que la palabra género se utiliza, actualmente, con muy distintos significados, y en contextos muy diferentes. En un ámbito estrictamente científico, se suele entender que la noción de género es una categoría de análisis social, que permite estudiar los roles que el varón y la mujer han desempeñado a lo largo de la historia. De acuerdo con este significado, mientras que el sexo sería un dato biológico y objetivo, el género remitiría al factor cultural, y cambiante, característico de la persona humana, y consecuencia de su libertad.

En este marco concreto, el recurso a la categoría del género nos permite, entre otras cosas, hacer visible la situación diferencial, y discriminatoria, que, con frecuencia, han padecido las mujeres a lo largo de la historia y aún sufren en la actualidad. Por ello, se trata, en principio, de una noción útil, y legítima, en la antropología cultural y filosófica, así como en el lenguaje jurídico. En definitiva, supone un avance científico, al permitir hacer visible una situación anteriormente oculta.

II. Desde esta perspectiva, la utilización de la categoría del género nos permite
mujer, que han cristalizado a lo largo del tiempo: el modelo de la subordinación, el modelo igualitarista y el modelo de la reciprocidad y corresponsabilidad.
a) El modelo de la subordinación se caracteriza, en términos muy generales, por la desigualdad social, y en ocasiones también jurídica, entre el varón y la mujer. Parte de una premisa antropológica: identifica diferencia (sexual) con inferioridad y subordinación. O, dicho de otra manera, considera que la mujer es diferente y, por lo tanto, inferior, y debe estar subordinada. Además, entiende que el sexo biológico determina, desde el nacimiento, de modo irremisible, el género de cada persona, es decir, las funciones o roles que debe desempeñar en la sociedad, por el sólo hecho de haber nacido varón o mujer.
Por ello, este modelo, también denominado patriarcal, está en la raíz de las
discriminaciones que la mujer ha sufrido a lo largo de la historia. En definitiva, cae en un determinismo biologicista, sin fundamento en la realidad.
b) Para superar esta situación, y frente al modelo de la subordinación, surgió,
históricamente, el modelo igualitarista. Como es bien conocido, una de sus
principales precursoras fue Simone de Beauvoir.  Ciertamente, este segundo modelo ha contribuido, desde sus orígenes, a conseguir una mayor igualdad entre el varón y la mujer. Entre sus logros podríamos mencionar la conquista del derecho al voto, de una mayor igualdad en los ámbitos familiar, político, laboral, jurídico, económico, etc. Por ello, su perenne valor radica en la valiente defensa de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer.
Sin embargo, en su lucha por la igualdad, algunas de sus corrientes niegan cualquier defensores de a quienes admiten elementos originarios distintivos entre ellos.

Estas corrientes, en consecuencia con lo anterior, rechazan la existencia de
cualquier tipo de relación entre el sexo (la biología) y el género (el rol social). En opinión de sus representantes, las diferencias actualmente existentes entre el varón y la mujer se deben, exclusivamente, al peso de la educación y de una cultura patriarcal. Por ello, tales diferencias han de ser detectadas, y completamente erradicadas, para poder alcanzar la igualdad real en una sociedad.

Por otro lado, este segundo modelo no consigue superar el viejo sofisma, según el cual diferencia, inferioridad y subordinación (de la mujer) están indisolublemente unidas. Sin ir a la raíz del problema, propone como alternativa el negar cualquier relevancia a las diferencias biológicas entre el varón y la mujer. En lugar de corregir una equivocada interpretación de la biología, de la psicología y de la experiencia humana, opta por otra vía: la de rechazar, directamente, toda diferencia basada en la dualidad sexual. Por ello, cae en un igualitarismo, completamente ajeno a la realidad.

En definitiva, el modelo igualitarista, al anular la especificidad del varón y de la mujer, su identidad y originalidad características, vuelve (de nuevo) la espalda a la realidad, tornándose también contraproducente. Ello se advierte, de manera especial, en la corriente de pensamiento que algunos han denominado postfeminismo de género o ideología de género.

III. Entramos ya, propiamente, en el tema de mi exposición, la “ideología de género”. Esta expresión se suele utilizar para designar a un discurso que radicaliza el modelo igualitarista. Dicho discurso ha conseguido, en las últimas décadas, una gran influencia a nivel social, político y jurídico. El postfeminismo de género tuvo su manifestación más clara, frente a la opinión pública, en las Conferencias del Cairo (1994) y de Pekín (1995). A partir de las mismas, sus presupuestos fueron influyendo profundamente en organismos internacionales como, por ejemplo, la ONU.

Esta nueva ideología es el resultado de la confluencia de diversas corrientes de
pensamiento, que enfatizan datos parciales provenientes de otras ciencias. Entre estas últimas se podrían destacar las aportaciones del existencialismo de Sartre el pansexualismo de la izquierda freudiana, el marxismo -mas en concreto el de Engels
-, el debate naturaleza/cultura, en cual se apoya la disputa entre el deconstruccionismo de Derrida y Foucault, o la crítica a toda autoridad establecida, propia del mayo del 68. Este discurso ha evolucionado, en la actualidad, hacia la
denominada queer theory.
.
Podríamos señalar, de manera muy breve, algunos rasgos característicos de la
“ideología de género”:

a) En línea con lo ya apuntado, encontramos la negación de cualquier diferencia originaria entre varón y mujer. Se rechaza la especificidad, y riqueza, que aporta la dualidad sexual, y se diluye cualquier identidad, o especificidad, basada en el hecho de ser varón o mujer.

Ciertamente, se constata que en la sociedad actual perviven diferencias sociales y conductuales, basadas en la diferencia sexual. Y este será, precisamente, el objetivo a eliminar. En realidad, se vuelven a vincular las categorías de diferencia, inferioridad y subordinación. Y si la diferencia más evidente entre el varón y la mujer la aporta la biología, los mayores esfuerzos se dirigirán, lógicamente, a privar de cualquier relevancia a las distinciones que pudieran tener un origen biológico. En realidad, se mujer, son una elaboración cultural, producto exclusivo de la cultura patriarcal.

desde el punto de vista de su identidad sexual (ya que esta es una pura elaboración cultural). Sólo desde la propia autonomía, y de acuerdo con el principio del libre desarrollo de la personalidad, se puede optar por una identidad de género. Ésta será, en consecuencia, .

b) En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, se produce una completa desvinculación entre los conceptos de sexo (biología) y género (cultura). Como hemos visto, el sexo, entendido como un mero dato biológico, se considera absolutamente irrelevante para la identidad y el desarrollo de la personalidad humana.

Frente al tradicional modelo de la heterosexualidad, se propone una multiplicación de géneros, social e individualmente construidos. Los conocidos hasta el momento son: femenino heterosexual, masculino heterosexual, homosexual, lésbico, bisexual, transexual y polisexual.
En este contexto, también se pretende superar el dualismo entre lo natural/antinatural en el ámbito del ejercicio de la sexualidad humana, aboliendo lo que se consideran tabúes de origen judeo-cristiano, como el incesto, la pedofilia y zoofilia, etc.

O, dicho de otra manera, para conseguir una sociedad acorde con este modelo, se requiere la intervención activa de la política y del derecho. En este contexto, se demanda el reconocimiento, Entre ellos se encuentran los derechos sexuales y reproductivos y los derechos de identidad de género.

Los primeros son los que van a permitir a las mujeres anular los efectos de la
principal diferencia biológica con los varones: la capacidad de ser madres. En
realidad, se considera que la maternidad es la raíz de toda la discriminación histórica de las mujeres. Por ello, los nuevos derechos sexuales y reproductivos tienen como objetivo otorgar a las mujeres una absoluta libertad para controlar la natalidad. De este modo, los anticonceptivos4
pasan a ser considerados como la clave para la igualdad, y el aborto se reclama como un derecho humano básicosalud consiste, fundamentalmente, en la libre disposición de los medios y
mecanismos, de cualquier tipo, para evitar la reproducción.

d) Por último, en este contexto encontramos una crítica muy profunda a la familia heterosexual tradicional. La heterosexualidad es denominada, irónicamente, mujer es anulada y, frente a ella, se proponen una pluralidad de modelos y opciones. Por esta vía se diluye el mismo concepto de matrimonio y, en consecuencia, también las razones por las cuales el derecho debe reconocerlo y protegerlo.

En la actualidad, esta línea de pensamiento defiende, no sólo la absoluta
irrelevancia, e indiferencia, del sexo biológico, sino también la del género. Se
sostiene así una noción de identidad sexual “deconstruible” y “reconstruible” social e individualmente. Por esta vía se llega a la denominada queer theory cuyas representantes más destacadas son Judith Butler6, Jane Flax o Donna Haraway

IV. Frente al modelo patriarcal y a la ideología de género, se advierte la necesidad de desarrollar un tercer modelo, que responda más adecuadamente a la realidad y a la experiencia humanas. Dicho modelo ha sido denominado de la reciprocidad, mujer. En la línea que siguió Juan Pablo II, parte del respeto a la dignidad y a los derechos humanos del varón y la mujer. Asimismo, intenta hacer compatible la igualdad y la diferencia entre ambos.

Son manifiestas las diferencias a nivel genético, hormonal, e incluso psicológico, que les hacen iguales, y distintos, en todos los niveles físicos y psíquicos; en el modo de ver la realidad y de solucionar los problemas y, más profundamente aún, en la manera de establecer relaciones con los demás y en el modo de amar. La experiencia muestra que, cuando masculinidad y feminidad actúan complementariamente, se produce una gran fecundidad en todos los ámbitos de la vida: la familia, el campo laboral, cultural,
No obstante, es aún una tarea pendiente de la antropología filosófica el explicar cómo se articula el género con la estructura personal, es decir, el desarrollar el enclave personal y relacional de la condición sexuada, con el objeto de conocer mejor la identidad personal y sus implicaciones en las relaciones familiares ysociales.

En conclusión, la ideología de género diluye la identidad del ser humano,
originariamente creado como varón y mujer, proponiendo un modelo “neutro”, ajeno a la realidad. La persona es considerada un mero producto cultural, una pura “autoconstrucción”. Frente a ello, el modelo de la reciprocidad intenta superar dos tipos de reduccionismo: el biologicista y el culturalista, integrando, armónicamente, lo recibido y lo construido, la naturaleza y la cultura, la biología y la libertad.