La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¿Motivos de preocupación, dice? Vamos a ver…

–         ¿Qué le preocupa a usted, amigo, que lo veo un tanto cabizbajo y meditabundo?

–         Me preocupan muchas cosas: la tragedia de los inmigrantes que aspiraban a llegar a Ceuta a nado; la decisión del Parlamento belga de autorizar la eutanasia para los niños sin límites de edad; la ofensiva socialista para derribar el Gobierno de Navarra; la dureza de oídos y de corazón de los nacionalistas catalanes, capaces de quedarse ciegos con tal de que España quede tuerta; el desprestigio creciente de la Justicia entregada a los intereses políticos… ¿No es para estar triste y preocupado? Muchas veces pienso si merece la pena ser español aquí y ahora…

–         ¡Caray, pues sí que está preocupado! Tenga cuidado porque puede caer en una depresión. De todas formas, de cuanto ha dicho, la eutanasia infantil solo afecta a los belgas; aquí todavía no ha llegado…

–         Espere a que venga otro Zapatero a gobernarnos y ya le diré lo que tardará en llegar no solo la eutanasia para niños, ancianos y para todo el que esté enfermo, sea cual sea su edad. ¿No tenemos todavía el aborto elevado a la categoría de “derecho humano”? El próximo derecho será el de morir cuando el enfermo empiece a molestar a su familia, a los vecinos o, peor aún, al sistema de la seguridad social que no podrá pagar la cama y los cuidados que exige…

–         En ese caso lo que hay que hacer es impedir que ese Zapatero bis llegue a La Moncloa y para eso tenemos las urnas, hombre. No se apure usted tanto.

–         Me río yo de las urnas. Aquí la gente vota no porque piense sino porque no piensa y se deja arrastrar por sus pasiones, sus intereses, sus comodidades. ¿Puede usted explicarme, por ejemplo, cómo es posible que con toda la corrupción que se ha descubierto en Andalucía las encuestas todavía den ganador al partido que la ha promovido?

–         Pues verá, de las encuestas no me fío. Pero el problema estriba en lo que usted mismo me acaba de decir: la gente no piensa, aparte de que la política se ha desprestigiado tanto que prefiere ya lo malo conocido por lo bueno por conocer… que en realidad no es tan bueno. El Gobierno de Rajoy no acaba de suscitar esperanzas aunque los números le están dando la razón después de dos años de tantos sacrificios. Mire, el quid del asunto es que la gente no quiere sufrir y, en el fondo, solo sufre el que piensa…

–         Estamos de acuerdo y eso explica lo de la eutanasia infantil. ¿Quién sufre más, el niño enfermo terminal o los papás que lo cuidan? ¿Los papás ancianos y achacosos o los hijos que se ven obligados a atenderlos? Se le ha quitado todo el valor al sufrimiento, de la misma manera que se ha desterrado a Dios de la vida ordinaria. El dolor, el sufrimiento,  pierde su significado en el momento que se pierde la esperanza. Me refiero a la esperanza en la otra vida, en la vida eterna, que remunera o castiga en función de nuestro comportamiento como seres humanos.

–         Más bien diría seres inhumanos. El sufrimiento, precisamente, nos dignifica como personas; le diría que es la “prueba del algodón” de la entereza, de la templanza y, sobre todo, del amor. Quien dice que mata por misericordia, para que otro no sufra, es realidad lo que hace es quitarse de encima un elemento de sufrimiento propio, es decir, se deshumaniza. Sin duda es duro llegar hasta el desenlace final de una enfermedad terrible, pero más terrible es acortar artificialmente esa vida porque nos incomoda verla sufrir.

–         Eso es, justamente. Muchas veces me he preguntado hasta qué punto la agonía de Cristo en la Cruz, el hecho de verlo escarnecido y humillado, no ha alejado a mucha gente de la fe, los mimo que ha ocurrido justo lo contrario con otra, acaso más numerosa.

–         ¿Usted cree que si Cristo no nos hubiese redimido muriendo en la Cruz hubiera tenido más “éxito” en su misión salvadora?

–         Esa pregunta se la han planteado muchas gentes a lo largo de la historia. Pero es ahora cuando recobra todo su sentido por la sencilla razón de que la gente, como hemos dicho, no quiere ni sufrir ni ver sufrir… ¿No se acuerda de las críticas vertidas contra Juan Pablo II por haber resistido hasta el final de su enfermedad? ¿No le pedían que dimitiera porque no podían soportar el espectáculo de un papa anciano y enfermo, después de haber sido un colosal predicador? Si, amigo: la gente no quiere la cruz porque la cruz también obliga a pensar. ¿Por qué la cruz, por qué el sufrimiento?

–         Creo que nos estamos metiendo en honduras excesivas para nuestra capacidad de entendimiento. Sufrir no deja de ser un misterio, estrechamente unido a la vida que es otro misterio. Y es verdad: nadie quiere sufrir y mucho menos mortificarse. El aborto, la eutanasia, no son más que instrumentos para huir de la realidad del dolor, de la responsabilidad. Fíjese: este pensamiento nos podría llevar muy lejos, pero muy lejos. ¿Por qué hay gente que prefiere la dictadura cubana a la democracia norteamericana? ¿Por qué los andaluces prefieren un gobierno de izquierdas corrompido, que malversa los fondos públicos, antes que un gobierno que imponga recortes y sacrificios? ¿Por qué en el País Vasco se homenajea a los terroristas y se persigue a los demócratas? ¿Por qué el nacionalismo catalán prefiere romper con España, aunque se vean castigados con la salida de Europa, en lugar de luchar juntos para salir de la crisis? ¿Por qué los socialistas son incapaces de llegar a acuerdos con el Gobierno para construir juntos un país en paz que olvide de una vez las secuelas de la guerra civil? Mi respuesta a todo esto es muy simple: cuando se ha desterrado a Dios de la vida se abre la puerta al diablo de la muerte…

–         Ozú, pues si que ha ido usted lejos… ¿Y no me da motivos para la esperanza?

–         Si, solo uno: pensar por qué y para qué vivimos. Y no lo haga solo: lea con más frecuencia la Biblia.