La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Los Goya, un adefesio sin el ministro Wert

 magdalenadelamoMagdalena del Amo, periodista

Estoy segura de que las campanas no doblarían por ellos. Si esa cosa plagiada llamada Premios Goya, que la Academia organiza cada año para que los del mundillo se vean sus caras “botoxeadas” y se carguen las pilas, desapareciese, nadie lo lamentaría, y el espacio televisivo dedicado a la retransmisión del bodrio podría emplearse en algo más digno.

El ministro Wert no fue a la ceremonia y le aplaudo desde estas páginas. Estuviera o no obligado, hay que ser muy masoquista para meterse en el ojo del huracán de la izquierda a que le sacudan como a un pulpo. Alguno de los artistillas o artistillos ha dicho que le va en el cargo. No sabía yo que el linchamiento con premeditación era algo cultural. Recurrir al insulto o apoyar a quien lo hace, demuestra muy mala baba, aparte de un bajísimo nivel de cultura, por mucho que estos se consideren sus representantes. ¿Por qué esta gente habla en nombre de la cultura? ¿Son cultos acaso, y no nos habíamos dado cuenta? Entiendo que el buen cine –no es el caso—es una manifestación cultural, como la pintura, la escultura, la música, la danza, las conferencias, el turismo de patrimonio o los libros, y que yo sepa, los representantes de estas disciplinas, no organizan saraos para criticar a los políticos que no les pagan el tributo. Si un libro no se subvenciona, ¿por qué una película tenemos que costearla entre todos los españoles? No es un tópico decir que el cine español es malo; es una realidad. No me extraña que el cine esté en crisis permanente. La sociedad está harta de tanta bazofia de Guerra Civil, curas malos, homosexuales y lesbianas, y de todo el rollo progre zejatero. Que no, que no debe subvencionarse ese tipo de cine, malo y minoritario. Y de eso no tiene la culpa el ministro Wert.

Confieso que no le dediqué ni un zapeo a la gala. Sé por los digitales, que fue técnicamente deficiente, casposilla, insulsa, malos chistes… en fin, mucho graciosillo y graciosilla que no tengo el gusto de conocer. Pero eso es lo de menos. Lo que me pareció sangrante—y nunca mejor dicho— es el alegato en favor del aborto de algunas de las féminas participantes. Me refiero, en concreto, a Natalia de Molina y a Marián Álvarez. Una de ellas dijo en su reivindicación: “No quiero que nadie decida por mí”. Las palabras de la otra fueron: “Quiero dedicárselo a todas esas mujeres que se pelean por nuestros derechos, que no vamos a permitir que nada ni nadie decida por nosotras”. Se refieren al derecho de matar, de matar a los hijos de sus entrañas. Los títulos de las películas por las que recibieron los galardones son para reflexionar: Vivir con los ojos cerrados y La herida. No conozco –ni falta que me hace—los argumentos. Pero me vienen de perlas los dos títulos para profundizar en la magia de las palabras. Es casi una sincronicidad junguiana que hace a las dos actrices casi hermanas de infortunio. Las dos viven “con los ojos cerrados” a la realidad del aborto, la agresión más injusta que se puede infligir a un ser vivo; el mayor ataque a los derechos humanos. ¿Y qué decir de “la herida”, la gran herida de muerte con la que se despedaza a tantos bebés en gestación?

No sé cuántos telespectadores siguieron la gala, pero estoy segura de que muchos se sintieron agredidos en sus butacas. Esperaban algo distendido: ver trajes, peinados, en definitiva, glamour, pero reivindicar la sangre de los inocentes es bastante zafio y nada glamoroso. Por mi parte, nunca me tendrán de espectadora de sus películas. Subvencionadas o no. Mejor que no.