La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Un año de ‘primavera vaticana’

Eusebio Val, en La Vanguardia

Este martes se cumplirá un año de la sacudida tectónica que significó, en la Iglesia católica, la renuncia de Benedicto XVI. La perspectiva del tiempo y los acontecimientos dejan claro que la dimisión y la posterior llegada a la silla de Pedro de Jorge Mario Bergoglio, el primer papa latinoamericano, con su empuje de cambio y renovación, son parte de un mismo proceso, una mezcla de ruptura y continuidad en la que no es fácil distinguir los confines de una y de la otra.

Funcionarios con muchos años de experiencia en la Santa Sede y veteranos vaticanistas aún están bastante perplejos por lo ocurrido, por esa extraordinaria transición de Joseph Ratzinger, el severo teólogo que, como dice el profesor Diego Contreras, de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, ha pasado “de infalible a invisible”. No se entiende el fenómeno Bergoglio sin el gesto sin precedentes de Ratzinger.

La primavera vaticana ha cambiado el paradigma. En la prensa mundial –sin apenas excepciones– se ha impuesto un estereotipo positivo. Todo lo que Francisco hace y dice suele acogerse de modo positivo. Es casi el reverso de la medalla de Benedicto XVI. El papa alemán hubo de afrontar, desde el principio, una actitud crítica, incluso muy hostil. Sus largos años al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como guardián de las esencias y vigilante de la disciplina, habían construido de él una imagen de severidad, casi de intolerancia. Era el rottweiler vaticano. Le costó mucho cambiar esa percepción. Cualquier error reforzaba el estereotipo negativo.

El problema de Francisco es el opuesto. Lo han llenado de tantas alabanzas, que han dibujado en torno a su persona a un superhéroe moderno que corre el riesgo de no satisfacer las expectativas exageradas que ha generado. Bergoglio es también una consecuencia de la falta de líderes políticos internacionales de talla, del descrédito profundo de los dirigentes en muchos ámbitos, desde las finanzas hasta el deporte.

En conversaciones privadas con miembros de la curia se percibe cierta inquietud ante el peligro de que Francisco sea malinterpretado, de que sus osados cambios de estilo y sus gestos induzcan a pensar que habrá cambios doctrinales de calado.

Es un hecho, sin embargo, que el papa argentino, venido “del fin del mundo” –como dijo el día en que lo eligieron–, ha traído consigo, a Roma, una libertad inaudi- ta. Francisco ha sabido no quedar prisionero de los hábitos y las formalidades seculares. Ha sido capaz de afirmar su propia libertad en algunos detalles como su decisión de no vivir en el apartamento del palacio Apostólico sino en la Casa de Santa Marta, Alojarse con carácter permanente en esa especie de hotel le permite multiplicar sus contactos con personas diversas. Está menos aislado y le ayuda a tomar las decisiones con mayor conocimiento de la realidad.

Francisco, que vivió en Argentina momentos sociales y políticos muy complicados, se desenvuelve bien en entornos turbulentos. Forma parte de su experiencia vital. Es bastante rápido en las decisiones y reduce al mínimo los formalismos. El portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, no mantiene con el Papa encuentros periódicos prefijados sino que ambos despachan en los periodos libres entre las audiencias. Aclaran las cosas en pocos minutos, de pie. Esa forma de proceder hubiera sido impensable con Benedicto XVI.

Sería equivocado, no obstante, pensar que no ha habido continuidad. La misma idea, que pareció revolucionaria, de constituir un grupo asesor de ocho cardenales de todo el mundo –el llamado G-8 vaticano– surgió ya de Ratzinger, aunque no llegó a aplicarla. El papa alemán también inició la operación de limpieza y transparencia en el escándalo de la pederastia y en la gestión financiera en la Santa Sede. En esta última, Francisco ha introducido la fiscalización externa, contratando a varias de las principales empresas auditoras internacionales.

En la firme oposición a las guerras, Francisco sigue fielmente la línea de sus predecesores, pero mientras Juan Pablo II no logró parar las dos invasiones de Iraq (en 1991 y 2003), el actual papa sí obtuvo un gran éxito diplomático al contribuir a frenar el ataque a Siria, en otoño pasado.

Uno de los aspectos más interesantes del pontificado de Francisco –y ahí sí hay un elemento rompedor respecto a Benedicto XVI– será la influencia a largo plazo que tendrá en América Latina. Entre los consejeros del Papa se da por descontado que la Iglesia católica latinoamericana se sentirá más fuerte, con más autoridad moral, para intervenir en los debates políticos y sociales en sus países. Ya no tendrán detrás una Roma lejana sino un pontífice de la región, con ideas claras y un lenguaje muy comprensible. Bergoglio es un gran abanderado de la integración continental, que para él es “la patria grande”. Piensa que ninguna otra región del mundo cuenta con tantos factores de unidad, y que vale la pena aprovecharlos al máximo.

En el terreno estrictamente religioso, hay quien piensa que puede producirse un proceso de reflujo de las comunidades evangélicas que en los últimos decenios se han extendido con fuerza en la región. Aunque Francisco abomina del concepto de proselitismo y tampoco le gusta demasiado la idea de “nueva evangelización” que lanzó Benedicto XVI, sí es posible que su figura ayude a la Iglesia católica a recuperar fieles que habían huido en masa a otras iglesias cristianas o a sectas evangélicas. “Hay que saber acompañarles de nuevo a casa”, dijo recientemente, sobre esas personas, un alto cargo vaticano con responsabilidades para Latinoamérica.