La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Sobre igualdad y “hechos diferenciales”… (Algunas consideraciones en esbozo) (2 de 2)

Aquí nos enfrentamos a la opción fundamental: la de estar en el camino de la vida o de la muerte, la de estar o no con el Padre de todos, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Es este asunto tan fundamental, tan decisivo, que es con él con el que más claramente se corresponde la misión salvadora de Cristo. Frente al pecado de autoafirmación adámica con las secuelas homicidas cainitas, la redención y salvación es la afirmación y realización universal del amor que une a todos los seres humanos en cuanto tales y, por lo mismo, en cuanto hijos de Dios. La salvación del género humano supone por definición la aceptación de una comunidad esencial que hace de todos los seres humanos una misma familia.

Sociedad humana, en el más estricto sentido del término, no hay sino una: la integrada por todos los miembros de la especie humana. Dicho en términos negativos: una sociedad en la que no quepa cualquier hombre, no es propiamente y todavía una sociedad “humana”: lo será romana o cartaginesa, española o francesa, pero no “humana”… Quizá la mejor prueba de que es así, está en que los integrantes de esas otras sociedades que se adjetivan con lo que las distingue de todas las demás no dudan en rechazar, expulsar, oprimir, someter, torturar, humillar, matar, a “hombres” (“seres humanos”)  cuando creen que éstos ponen en peligro esas “sus” sociedades de “hunos” y “hotros”, “azulandios” o “blanquipálidos”; no dudan éstos en utilizar los más sangrientos detergentes étnicos y ofrecer cuantas víctimas humanas reclaman en sus altares dioses y diosas tan celosos como el Honor Patrio, el Pueblo, la Nación, la Raza, la Lengua, las Esencias de Nuestra Cultura, la Sacrosanta Tradición de Nuestros Mayores, etc. …

La mundialización de una ética común universal no sólo no constituye un peligro de extinción para las diferencias culturales y morales, sino que es la mejor garantía para que éstas sean respetadas. Hay un hombre que lo es de muchas maneras. Hay que reconocer, respetar y salvar a un tiempo su igualdad substancial específica y su diversidad cultural. No puedo invocar mi condición de europeo o africano por encima de mi condición de hombre, porque es justamente en cuanto hombre como tengo derecho a que se respete mi peculiaridad de europeo o africano. Es en la común condición humana donde se asientan, entre las exigencias éticas comunes, justamente la de respetar las particulares diferencias culturales y morales. Pero no puedo ampararme en el derecho humano de todos a la propia diferencia para desentenderme del deber de denunciar cualquier práctica abiertamente inhumana, por más que aparezca envuelta en el prestigio de la “identidad cultural” de un determinado grupo.  El debido respeto a las diferencias culturales no supone que esas diferentes peculiaridades no necesiten verse purificadas y elevadas por la propia exigencia de respeto a la humanidad (la Menschheit kantiana)..

El mismo “proceso histórico de descubrimiento de la coincidencia en la aceptación de determinadas exigencias morales fundamentales a partir de aparentemente “insalvables”  diferencias culturales, doctrinales  (proceso posibilitado por la progresiva comunicación de los más distantes mundos culturales hasta hacerse ya realmente mundial, y exigido como condición de supervivencia pacífica de este pluralista escenario global), viene a ser como una especie de prueba histórica de la existencia de unas exigencias inscritas en la propia naturaleza humana y que constituyen el contenido de la llamada ley natural” (rectamente entendido este concepto clásico). Se afirma así “un núcleo de necesidades y aspiraciones definitorias de la especie humana, expresión, en último término, de la radical apetencia de felicidad. De uno u otro modo, con sumo cuidado de evitar precisamente el término de “naturaleza”  (al que les resulta difícil no recurrir), no dejan de apelar a la realidad común (no convencional) que señalamos incluso quienes aparecen públicamente autoadscritos a posiciones confesadamente anti-iusnaturalistas y agnósticas y, en cualquier caso, no precisamente escolásticas clásicas. “En la tradición teísta y, sobre todo, creyente monoteísta, la existencia de una naturaleza humana que lleva consigo sus, diríamos, “instrucciones de buen funcionamiento” (instrucciones que por serlo de un ser libre se dirán “morales”) vendría afirmada a priori desde la afirmación de Dios creador; pero esa naturaleza puede también afirmarse desde posiciones agnósticas como dato exigido por una explicación coherente de determinadas constantes universales del fenómeno de la moralidad. Las exigencias de libertad y el ansia de felicidad son un dato común para cuya puesta en cuestión no habría mejores razones que para negar la igualdad o comunidad corporal básica o substancial en razón de la cual todos los miembros de la especie participan de enfermedades comunes y para las que valen los remedios que efectivamente lo son, con independencia de diferencias físicas de los pacientes en las diversas partes del mundo, diferencias no menos significativas en su orden que las culturales más llamativas…” [1].

Con esa relación igualdad substancial / diferencias accidentales que venimos manejando se corresponde la relación universal/ particular. Lo universal y lo particular se exigen mutuamente. Las exigencias de una ética común no se realizan sino encarnadas en la vida y el comportamiento de unos hombres que actúan en el seno de una cultura concreta.  Lo universal se enriquece, lo particular se purifica. Lo particular da contendido existencial, efectivo a lo universal, es el modo posible de encarnación de lo universal; lo particular adquiere sentido y valor, se purifica y eleva como realización de lo humano universal.

Ciertamente auto-considerarse esencialmente superior a los demás es ante todo un síntoma muy claro de estupidez y es, como se ha dicho, evidente pecado.  Pero resulta además manifiesta herejía contra la verdad de la igualdad radical de hijos de Dios en Cristo, por quien y en quien ya “no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer sino que todos somos uno…” (Gal 3, 28).  Quien piense, pues, que las precedentes consideraciones son “músicas celestiales”  y una estúpida ingenuidad buenista, no pretenda decirse cristiano.

 

Teófilo González Vila.

 



[1] GONZÁLEZ VILA, Teófilo, “Sociedad pluralista, moral común, moral cristiana” en Ciencias humanas y sociedad (Fundación Oriol-Urquijo, Madrid, 1993) pp. 651s.