La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El último cuento de hadas

 

–          Imagino que habrá seguido usted de cerca la declaración de la Infanta Cristina ante el juez Castro… ¿Qué le ha parecido todo lo que se ha visto y se ha podido leer?

–         Pues que lo único que le faltó a la famosa rampa que lleva a los Juzgados es una  alfombra roja para que el “show” le hubiera hecho la competencia a los “Goya”, aunque creo que la Infanta ha tenido más público que todos esos tristes actores y actrices nostálgicos de la “zeja”.

–         Bueno, dejemos al cine español en paz, como ha hecho con buen tino el ministro Ignacio Wert, y vayamos a este otro espectáculo. ¿Cree usted que la Infanta ha salido bien parada?

–         A juzgar por su sonrisa y desenvoltura, me parece que sí, que ha salido airosa de esa especie de “examen” de reválida de ciudadanía a la que ha sido sometida. Ha demostrado que es una persona como otra cualquiera y que la “sangre azul” no vale de nada a la hora de dar cuenta a la Justicia de unos presuntos delitos fiscales.

–         Coincido con usted, aunque tengo mis dudas. Verá, la gente no termina de creerse que doña Cristiana no llegase a preguntarse nunca por el origen del dinero que fluía en su casa…

–         Pues creo que se equivoca y le diré por qué. Verá: la Infanta está acostumbrada a vivir sin preocuparse del dinero. Todo le ha sido dado gratis desde que nació. La hija de un rey no se cuestiona ciertas cosas porque, por muy persona “normal” que nos parezca, no ha vivido las angustias de una familia corriente que tiene que hacer muchas cuentas para pagar la hipoteca de la casa, la ropa de los niños, los gastos del colegio y no digamos para costearse un coche o un pisito en la playa. Quiero decir que la Infanta nunca habrá tenido que preguntar a sus padres si podían comprarle un vestido o unos zapatos nuevos…

–         ¿Quiere usted decir que, por esa regla de tres, tampoco le preguntaba a su marido de donde salía el dinero para comprar el palacete de Pedralbes, reformarlo y amueblarlo?

–         Es evidente. En primer lugar, la Infanta empezó muy joven, antes de casarse, a ganar su propio sueldo –imagino que bastante- con su puesto en La Caixa. En segundo lugar, era lógico que su marido, bien conocido en los ambientes deportivos, también tendría sus ahorros además de contar con unos ingresos bastante saneados en Telefónica, aparte de los que luego le llegaban por las empresas que montó con ese tal Torres, que menudo lince debe ser para los negocios. Quiero decir con esto que la Infanta, tan enamorada como está de su marido, no tenía por qué desconfiar de él a la hora de firmar algún papel que le pasaba.

–         En otras palabras, que usted se cree la versión de doña Cristina de que se fiaba de su marido y no le preguntaba nada.

–         Pues sí; nada hay de extraño en ello. Por otra parte, el señor Urdangarín se encontró de la noche a la mañana, es decir, después de su boda, que su nuevo estatus le abría muchas puertas sin esfuerzo alguno, de lo cual supo aprovecharse muy bien el socio que le abrió los ojos.

–         O sea, que Urdangarin también es inocente…

–         No quiero decir eso, amigo. Urdangarin, enamorado de la princesa, se dejó arrastrar por el deseo de ofrecerle lo mejor para que no echara de menos las comodidades que había vivido en La Zarzuela. Pecado de amor, diría yo.

–         Hombre, si, y de codicia: cuando vio que todo eran facilidades para explotar el nombre de la Infanta, se dejó arrastrar por algo más que por el amor…

–         No lo niego, pero me pregunto qué hubieran hecho otros en su lugar, aunque no lo disculpo. Lo que le echo en cara, de verdad, es que no se hubiese dado cuenta del daño que podría ocasionar a la Corona y, por ende, a la estabilidad de España si bien eso mismo habría que reprocharle a toda la tropa de políticos, empresarios y hasta sindicalistas que ha convertido la corrupción en un modo de vivir. Los cuentos de hadas, con príncipes y princesas encantados, ya no se estilan.

–         Bueno, no se olvide de que tenemos a un príncipe que ha enamorado a una plebeya y viceversa.

–         Vale, pero ese ha sido el último “cuento” de nuestra historia. Y no me haga usted entrar en ese terreno movedizo de los sueños de nuestras chicas y chicos que salen de la Universidad sin perspectivas de ganarse honradamente la vida.

–         No pretendía eso. Pero, en el fondo, la pregunta que me inquieta de verdad es si esos jóvenes van a encontrar su vida fuera de la basura de la corrupción. Y no me refiero solo al afán de dinero sino a la ausencia cada vez mayor de esas virtudes y valores que engrandecen la dignidad humana.

–         Mire, a este propósito le voy a decir lo que de verdad que me ha emocionado en todo este caso de la Infanta: que por encima de todo, su comparecencia ante el juez Castro ha sido toda una declaración de amor a su marido, después de dieciséis años de matrimonio. Y espero que lo que aún queda por saberse judicialmente de esta historia no llegue a destruirlo. No me gustaría que se desvaneciera este último cuento de hadas.

–         Me enternece usted, amigo mío…