La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Carta a los enfermos

Julia MerodioPor Julia Merodio, escritora

Cuando llega el día 11 de febrero –Día del Enfermo- me resulta difícil pasar de largo sin detenerme en él y es que, los enfermos tienen un lugar muy privilegiado en mi corazón, quizá porque sé que todos -en una u otra medida- pasamos por la enfermedad.

Quizá no seamos demasiado proclives a decir a los demás que los queremos, que nos acordamos de ellos, que son muy importantes en nuestra vida… y mucho menos a personas desconocidas, con las que posiblemente no tengamos ningún contacto. Por eso hoy quería plasmar mis sentimientos y acercarme, a cuantos estáis sufriendo, sin quizá ser conscientes del valor de vuestro sufrimiento.

A todos vosotros quiero deciros que, cada día de los que -ante el Señor expuesto en la Custodia, o sin exposición- me reúno para orar, con mis grupos de oración, os pongo ante el gran sanador para que os dé su gracia y su fuerza y, además, he querido hacéroslo saber por medio de esta carta que deseo sea personal para cada uno.

Me siento afortunada de tener este medio con el que poder llegar, hasta vosotros, allá donde os encontréis y os digo que ocupáis un sitio muy privilegiado en mi corazón.

Os quiero a cada uno con vuestro rostro y vuestra situación concreta y todos los días os presento, ante el que todo lo puede, porque sé que sois sus favoritos y os quiere de una forma muy especial.

También sé, que es fácil decir todo esto cuando se está bien, pero he conocido el dolor de cerca y he comprobado, como el Señor me llevaba en sus brazos, lo mismo que ahora os lleva a vosotros.

He pasado varias veces por el quirófano (aunque gracias a Dios han sido operaciones sencillas) y el Señor me ha pedido dos de mis cuatro hijos, pero siempre he encontrado a Jesús resucitado mostrándome cómo sus heridas redujeron las nuestras.

Nada más lejos de mi ánimo que lanzaros un “sermón” dentro de mi carta, pero dejarme que os diga lo que a mí tanto me ha servido.

Cuando he pasado por momentos duros, aunque me haya costado,  me he puesto frente al cuerpo herido de Jesús y he visto como aceptó todo ese desgarro por amor. Me he dado cuenta de que, el agua y la sangre que  brotaron de sus heridas, en medio del dolor, sirvieron para regenerarnos a nosotros, para purificarnos, para darnos fuerzas, para salvarnos…

De ahí que os pida que me acompañéis a ver, en el rostro de Cristo, todas esas dolencias, esos males, esos sufrimientos, esas vidas segadas por la injusticia, por la miseria, por la marginación. Yo me pregunto cuántas de esas heridas se han producido por mi egoísmo, por mi indiferencia. Y cuando hago todo esto ya no os veo como simples personas, os veo como hijos de Dios queridos y privilegiados.

Todos conformáis el rostro de Dios. Por eso, Jesús al mostrar sus llagas nos está revelando a cada persona que sufre en el cuerpo o en el alma. Nos está presentando a la humanidad sufriente que, metida dentro de sus heridas, derrama sobre el mundo la sangre que conforta y el agua que regenera. Nos está expresando que cada persona que sufre a su lado, se convierte con Él en redentor del mundo.

¡Qué grandes sois mis queridos enfermos! ¡Qué dignidad la vuestra por haber elegido poner vuestros sufrimientos junto a los del Señor!

Os invito a sentir conmigo que ese Cuerpo crucificado, hoy es un Cuerpo resucitado donde brota la misericordia que nos restaura, el perdón que nos salva, la bondad que nos acoge. Pues El dolor baña al mundo y lo renueva; lo salva de sus carencias y lo va reviviendo en cada persona doliente, que late con fuerza en el corazón de Cristo.

Yo querría que hoy os dejaseis besar por el Señor, lo mismo que se dejó besar el leproso del evangelio. ¡Cuántos seres de los que nos decimos sanos, vamos por la vida con el corazón lleno de lepra, sin quererla ver y sin dejarnos besar por el Señor! Pero vosotros no. Vosotros sois especiales, vosotros podéis saborear ese beso de Dios porque vuestro corazón está limpio. Porque en cada dificultad habéis experimentado su cercanía.

Quiero que comprendáis que vuestras heridas son una brecha donde nace el amor y la misericordia.

Quiero que sepáis que el cuerpo herido de Cristo os ha dado el coraje de seguir y la ternura de acoger, una ternura que os da fuerza para vivir por los demás, aunque no lleguéis lejos porque vuestros pasos no puedan ser largos. Una ternura que nace sólo de los que viven su vida junto al corazón de Dios.

Gracias de nuevo. Seguiré pidiendo al Señor inmensamente por vosotros, le diré que guarde esta semilla de fe y entrega que sois vosotros. Cristo murió de una vez por todos, pero vosotros sois esos otros cristos que están muriendo cada día un poco por todos los demás.

Quiero aprender de vosotros a morir también yo, cada día un poco a mi egoísmo, a mi comodidad… porque todos unidos podremos ser luz para este mundo que camina en tinieblas.

No os canséis, sabed que el Señor abre su mesa, un día y otro… para que cojamos fuerza y podamos seguir caminando. En ella nos sentaremos juntos y nos alimentaremos con la Palabra y la Eucaristía para salir al mundo a manifestar que Cristo ama a todos, y vive en cada persona que es capaz de entregarse por los demás.

Os quiero de verdad y quiero que en estas letras recibáis todo mi afecto.

Un abrazo