La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El PP dice que ahora sí, de verdad.

magdalenadelamoMagdalena del Amo, periodista

Que el Partido Popular llegó a La Moncloa de la mano de la mentira es algo que nadie duda a estas alturas. Se puede pensar y no decirlo, pero lo cierto es que ganó las elecciones porque mintió; porque engatusó a los españoles  alardeando de su experiencia para generar empleo, poniendo como ejemplo el año 96, cuando Aznar llegó al poder. ¿Qué la situación del 96 no es comparable a la de 2012? Estamos de acuerdo, pero, entonces, ¿por qué hacían la comparación a sabiendas de que no iban a poder cumplir?  ¿Para captar los votos fluctuantes de los desesperados y desencantados de la desfeita socialista?

Así es, y ahora los votos lloran desde la urna y acusan al Gobierno de traición, y con razón. Pero lo más indigno es haber traicionado a los suyos, a los de siempre, a la gente de buena fe, a quienes pensaron que era la salida para enderezar la nave escorada, con los valores del humanismo cristiano ahogados en la tempestad socialista-laicista. Pienso en mi madre, en mis vecinos y mis amigas las monjas; y en todos los que votaron PP porque creyeron que era el partido en el que no cabía la corrupción –eso era cosa de los socialistas, su talón de Aquiles—; el partido que traería la confianza y haría aflorar el dinero de los inversores; el partido soberano que gobernaría, no como Zapatero que seguía los mandatos de la señora Merkel; el partido que iba a bajar los impuestos –en imagen de archivo podemos ver a Rajoy en una mesa pidiendo firmas contra la subida de IVA—; el partido que abogaba por una justicia independiente –y se han repartido los jueces como siempre, como si fuera una partida de cartas—; el partido que iba a hacer que se cumplieran íntegras las penas; el partido que no haría concesiones a ETA –enseguida se olvidó del Faisán y le faltó tiempo para ejecutar la sentencia de Estrasburgo; acatar no es ejecutar dice el catedrático Carlos Ruiz Miguel—; el partido que iba a reformar la estructura del Estado para rebajar el gasto público –tienen más asesores que nunca—; el partido que no “tocaría” la educación ni la sanidad; el partido que iba a velar por el bienestar de los dependientes –el 40% de recorte a los más desfavorecidos—; el partido de los emprendedores, de los autónomos.  ¿Qué hubo de lo prometido? Todo, pero lo contrario. Todo pero al revés.

En cuanto a la corrupción, ¡qué vergüenza! Los veía este fin de semana reunidos en Valladolid, dándose bombo, palmadas y elogios. De repente, un paneo empezó a mostrarme caras y pensé: “Dios mío, todos esos deberían estar escondidos debajo de la cama. El que más y el que menos tiene algo oscuro en su carrera política”.

Allí estaba Cospedal, simulada y en diferido, tan densa y poco brillante como siempre, con su marido en el candelero por esas cosas raras que hacen con el dinero y los contratos. De Ana Mato, la ministra anti-voto del confeti y el Jaguar, qué vamos a decir. Del presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, con su mujer imputada y desimputada porque no saben cómo explicar el asunto del ático y otras cosas.  Qué decir también del señor Arenas; y de los de Valencia, que les crecen los enanos a pares –lo del accidente del metro es una patata caliente—. Y en el mismo barrido, algunos Barones, reyezuelos de las taifas autonómicas, muy sonrientes ellos, conscientes de su poder, que le están poniendo la zancadilla al ministro Gallardón por abordar la reforma de la ley del aborto, que llevaban en el programa, para mantener indemne el derecho a la vida de lo no nacidos. Pero tranquilos; la ley está aparcada hasta después de las elecciones europeas. Cientos de bebés en gestación morirán inexorablemente en este tiempo. Serán las víctimas ofrecidas en sacrificio para que mis amigas las monjitas les den el voto una vez más.

Más allá del chascarrillo mediático “que el señor Rubalcaba se calle”, sentí vergüenza ajena al oír el discurso triunfalista del presidente Rajoy, anunciando la bajada de impuestos para pronto, y otras medidas que contribuirán a que, por fin, seamos felices y comamos perdices. A partir de ahora van a ser buenos; van a portarse bien. ¿Y lo pasado, don Mariano? Demasiado tarde para el arrepentimiento. Unos cuantos ya nos hemos sacudido lo tonto, y ni creemos ni perdonamos. Otra vez el rollito de la campaña, no.