La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Te basta mi Gracia

Julia Merodio Por Julia Merodio, escriora

 Como todos sabemos, el domingo día 2 de Febrero, fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, se celebra el día de la Vida Consagrada y no quiero dejar de  felicitar a todas esas personas –formidables- que conozco y que han tenido la valentía de regalar su vida, al Señor de la Vida. Bien sé que esto resultará muy extraño para un mundo secular y secularizado que se congratula de ello como algo que aumenta el prestigio y el estatus social. Un mundo alejado de Dios que quiere endiosarse a través de la riqueza, el prestigio y la posición social.

Pero, realmente, no me importa nada que resulte insólito; ojala me leyesen muchos de esos que nunca se han planteado esta realidad para que comenzasen a ver lo que Dios es capaz de hacer a través de las personas que son capaces de entregarse a Él sin ponerle condiciones.

Yo creo que la vida consagrada es rl Gran Sueño de Dios. Porque Dios nos soñó para la grandeza, para la dicha, para la felicidad, para el bienestar… lo que pasa es que nosotros hemos cambiado los conceptos y los hemos equiparado al placer y al derroche.

Pero nada más lejos de la realidad. El gran sueño de Dios fue pasar por la vida haciendo el bien: curando, sanando, ayudando, sirviendo, regalando vida… llevando la alegría a cuantos se cruzasen en su camino y ahí lo tenemos plasmado –en la vida consagrada- y esto no es una utopía ¡no! Es lo que hizo Jesús cuando paso por la tierra.

De ahí que, el lema que se ha elegido para este año sea: La Alegría del Evangelio en la Vida Consagrada. Un lema que a todos nos suena familiar ya que el Papa conocedor –como nadie- de lo que es la vida consagrada y la entrega a Dios, lo eligió para presentarnos su Exhortación Apostólica al clausurar el año de la Fe, cuyo titulo era precisamente ese “La Alegría del Evangelio”

Y es que, la alegría del Evangelio, llena por entero el corazón de los que se encuentran con Jesús, entre los que se hallan -de manera especial- los consagrados y consagradas.

Una alegría que nace de Dios –Fuente de la verdadera alegría.

Una alegría que proviene de la fe y emana de la acogida de la Palabra.

Una alegría que se desarrolla en el encuentro personal con Jesús, ya sea en la oración de los-las contemplativos, como en el ayuda a los pobres y necesitados, como en la asistencia a los ancianos, o el cuidado de los hospitales… En todos los casos se halla el nexo común: el de la unión con Dios, que hace capaz -a los consagrados- de abrazar todas las miserias, curar cuantas heridas humanas se encuentren en el camino y servir de bálsamo de ternura y misericordia a cuantos han sido vejados, despreciados y desatendidos.

Porque los consagrados son los que pasan por la vida al paso de Jesús, asentando sus pies en las huellas que Él dejó y trazando como Él caminos de justicia, libertad, fraternidad, dignidad…

Me encantó escuchar una vez que “la vida consagrada es algo apasionante, porque es la pasión de Dios por la humanidad”. Y es verdad. ¡Qué grandioso resulta el que haya personas capaces de acoger un desafío tan exigente, una respuesta tan comprometida, una entrega tan incondicional! Imposible hacerlo si no es por Jesús, la persona más apasionada de la historia, capaz de padecer por amor y sólo por amor.

Esta es la base que nos hace entender por qué se puede acoger la cruz con alegría, pues vemos con claridad que la alegría se puede oponer a la tristeza, pero nunca a la cruz porque es el signo del amor.

Cuando el Papa habló a los religiosos, les dijo: “La iglesia tiene que ser atractiva, debe despertar al mundo” Y yo creo que ya se están dando muchos pasos hacia esa realidad.

El Papa ha ido abriendo el camino. Nos ha mandado a ser testigos, a dar testimonio con nuestro proceder y actuar y nos ha dicho: “Es posible vivir de un modo distinto al mundo” “La vida es compleja y está hecha de gracia y de pecado, si alguien no peca es que no es humano”

Cierto que todos nos equivocamos, todos caemos, pero eso no nos puede paralizar a la hora de dar testimonio, sino que ha de ser un revulsivo capaz de darle mayor impulso.

Por tanto, solamente, quiero terminar con mi agradecimiento a todos los consagrados y consagradas y alabando a Dios por el gran don que, la Vida Consagrada, supone no sólo para la Iglesia sino también para nuestro mundo.