La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¿Consenso o verdad?

Vicente Morro. Vicepresidente del Foro Valenciano de Familia.- Recientemente, el Presidente del Congreso de los Diputados, Jesús Posada, manifestó que en la cuestión de la reforma del aborto «lo importante es que se busque consenso», añadiendo que había que «hablar de los puntos controvertidos de los que habla el Presidente y ser capaces de buscar una solución que nos satisfaga a todos.» ¿Puntos controvertidos? ¿Se refieren los señores Rajoy o Posada a que el derecho a la vida de los embriones que tienen –o podrían tener- una discapacidad es algo «controvertido»? ¿Es que no han escuchado las razones de su compañero Ruiz Gallardón? ¿No han leído la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de Naciones Unidas (2006)? ¿No conocen las peticiones del CERMI, de Autismo España o de Down España? Parecería que lo importante en esta cuestión, auténticamente vital, tenía que ser la verdad sobre la vida humana y su dignidad, la realidad científica, la naturaleza y esencia del ser humano, de cada ser humano concreto. En lugar de esto, a algunos miembros del Partido Popular les preocupa solo el consenso.  vicentemorro

Una de las frases más terribles del anterior Presidente del Gobierno, que pasó prácticamente desapercibida en el marasmo de sus dichos entre ridículos, afectados y mendaces, fue la afirmación, más o menos textual, de que la verdad no podía ser el punto de llegada de un encuentro; podría ser el punto de partida, pero el final tenía que ser el consenso.

Esta coincidencia entre populares y socialistas recuerda, sin intención de ofender a nadie y como mera referencia literaria, el final de la fantástica fábula de George Orwell, “Rebelión en la Granja”: «Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quien era uno y quien era otro.» Es verdaderamente descorazonador que, en bastantes cuestiones, sea imposible distinguir las voces de algunos políticos populares de las de los socialistas y otros “progres”.

¿Es racional basar un consenso sobre la mentira? ¿Es justo negar la realidad con tal de conseguir un acuerdo a cualquier precio? ¿Para qué sirve entonces la razón, si ya no es para acceder a la verdad? ¿Habrá que tirar a la basura la definición clásica que decía que la verdad es la adecuación de la cosa con el entendimiento? ¿Habrá que reescribirla: la verdad es la adecuación de cualquier cosa con el consenso previamente adoptado por n individuos; el consenso es aquello que obliga a la cosa a ajustarse a juicios previos –pre-juicios- aunque violenten la realidad?

Cada día se hace más necesario recordar al Partido Popular (porque al resto de partidos carece de sentido, desgraciadamente) algunas verdades, verdades que están por encima de cualquier consenso, incluso si pudiera llegar a ser realmente mayoritario. La verdad científica no se decide por consenso: el teorema de Pitágoras o el principio de Arquímedes no se decidieron por consenso o votación. El consenso puede valer para cuestiones ideológicas, de opinión o para meras cuestiones de trámite o procedimiento, pero no para definir la verdad.

Grave es en la cuestión del aborto que la verdad, precisamente, sea lo que se quiere eliminar del debate. Aunque es más grave aún, obviamente, que se olvide que cada día que pasa sin modificarse la actual ley se abortan en España más de 320 vidas humanas, plenamente humanas desde el principio. Para frenar esta sangría, ¿sirven para algo las apelaciones al consenso?

Con tristeza vemos que esta situación recuerda a la actitud de Chamberlain y Daladier ante Hitler. Ambos decidieron “consensuar” con el dictador la anexión de los Sudetes. Ante esta actitud, Churchill exclamó: «Tuvieron para elegir entre el deshonor y la guerra. Eligieron el deshonor, y después tendrán la guerra.» Algo parecido sucede hoy. Se puede elegir el deshonor de aceptar un consenso anticientífico -el embrión no es un ser humano, o si lo es no tiene derecho a la vida, o si lo tiene está supeditado a su perfección física y, en todo caso, siempre estará sujeto a la “libre decisión” de la mujer (no se atreven a llamarla “madre”) en caso de conflicto, conflicto que solo ella debe valorar y resolver- para evitar los conflictos –la particular guerra- que supondría ser tildados de retrógrados, antidemocratas, integristas y lindezas similares. Deshonor frente a conflicto. No se dan cuenta de que, hagan lo que hagan, si osan cambiar solo una coma de la ley actual van a ser ferozmente criticados, como mínimo. Cargarán con el deshonor de atentar contra la verdad y la ciencia, y luego tendrán el conflicto: en el Congreso, en los medios y en las calles. ¡No aprenden de la Historia! Ni de la reciente ni de la pasada. Y mientras tanto, seguirán siendo impunemente eliminados miles de seres humanos. En esto último compartirán responsabilidades con el Tribunal Constitucional, en su configuración actual y en las pasadas.

Señores Rajoy, Posada, Monago, Villalobos, Feijoo, lo tienen Vds. muy fácil. Basta ceñirse a la ciencia y a los derechos humanos para respetar la vida, inequívoca y profundamente humana, de todo concebido no nacido. Invoquen la autoridad de Yamanaka, Lejeune, Cole, Nombela, Jouve de la Barreda, López Barahona, López Moratalla, y no busquen consensos deshonrosos. Ignoren los gritos enfurecidos de los cerdos, de Orwell.