La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Don Álvaro o el camino reglamentario de la santidad…

 Manuel Cruz

Los fieles del Opus Dei en España hemos recibido con inmensa alegría la noticia de que la beatificación de don Álvaro del Portillo será en Madrid, donde precisamente el fundador, san Josemaría Escrivá, concibió la Obra durante el repique de unas campanas  el día de los Ángeles Custodios, en 1928, y donde nació quien sería su primer sucesor. ¡Quien le iba decir a aquel brillante ingeniero de caminos que iba a ser uno de los primeros sacerdotes del Opus Dei y después la piedra (“Saxum”) sobre la que se apoyó el fundador en la tarea de configurar su ordenamiento jurídico, culminado en la primera Prelatura personal de la Iglesia!

De la vida de don Álvaro se sabe casi todo porque ha sido divulgada a los cuatro vientos desde que se aprobó el decreto sobre las virtudes heroicas que vivió y que le han llevado a la santidad. Pero lo que más apreciamos de él quienes apenas lo conocimos por haber acogido –algo tarde- la llamada a la santidad que recibimos en el bautismo, sin tener conciencia de ello, fue su fidelidad al fundador como rasgo de una de sus virtudes principales: la humildad. Al extremo de que, en cierta ocasión, el fundador le dijo, en cordial corrección fraterna, que a quien debía imitarse era a Jesucristo, a lo que respondió don Álvaro con viveza y sencillez: “Si, pero por el camino reglamentario”.

Como ingeniero, don Álvaro lo sabía todo de los “caminos”, pero el que eligió para dedicar toda su vida a construirlo, fue el de la santidad, que ahora se le reconoce oficialmente para edificación de quienes tratan de seguir la misma senda. Ese camino no es otro que el de la frecuencia de los sacramentos, la oración mental y vocal, el estudio, el trabajo, el orden, la alegría… dentro de un plan de vida que se integra en la vida ordinaria de cada día. En mi caso, cuando empecé a tener interés por lo que nos dijo Jesucristo a través de los Evangelios, no me faltó un chispazo de asombro con la lectura de aquellos sublimes versos anónimos que leí por primera vez de niño, ante una imagen del Crucificado en la entrada de la basílica granadina de la Virgen de las Angustias: “No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido…”

¿Era eso la santidad? En realidad, es así: amar a Dios sin esperar recompensa alguna. La doctrina nos enseña, sin embargo, que la fe conduce a la esperanza y que sin ambas virtudes no hay una tercera –que es la primera-, es decir, caridad. O sea, que los cristianos estamos aquí a la espera, como ya decía el bueno de Jean Guitton al definir al hombre. Comprendo que el amor a Cristo sea tan profundo que nos puede mover a no esperar nada a cambio de amarlo. Lo asombroso es que el propio Dios nos diga que nos ama… y que nos espera una vez concluida nuestra peregrinación terrena. Y más asombroso aún es que ese mismo Dios se encarnase, padeciera y muriese para luego resucitar y hacer creíble su amor por la Humanidad por Él creada.

Decía Chesterton –y lo repito con frecuencia- que la conversión al cristianismo nos enseña un camino que hoy parece desterrado por la modernidad: el de pensar. Si no pensamos en lo que significa amar a Dios y, sobre todo, lo que significa que Dios nos ame, la vida no tendría otro sentido que la de holgar como huelgan los descerebrados virtuales esclavizados de los instintos. Sin embargo, resulta tan asombroso el misterio de la Encarnación que nos vemos con frecuencia inclinados a seguir los caminos que han llevado a otros a la santidad, acaso porque son personas de carne y hueso, débiles y pecadoras también como cualquiera, pero que han sabido responder a la “llamada”, la vocación. Ese fue lo que le pasó a don Álvaro del Portillo, como antes a tantos santos a lo largo de los siglos y ahora, en la cercanía de un vecino o de una vecina que nos sonríe y nos dice con su ejemplo que la vida es bella, sin engañarnos.

Precisamente estos días previos al anuncio de la beatificación ha muerto en Madrid un brillante aunque casi desconocido ingeniero llamado Alfonso Bielza, que construyó su vida de santidad ejerciendo su profesión en diversas partes del mundo. Lo ha recordado con admiración Miguel Tauler, un querido amigo, en la pagina de  necrológicas de ABC que se han convertido en una de las más leídas del periódico. Pues bien: es ese ejemplo de servicio a los demás, de entrega absoluta a Dios, desprendido de todo lo mundano, lo que mueve a muchos a seguir la misma “vía reglamentaria” que siguió don Álvaro, como Alfonso, y que podría resumir en los versos de una canción también recordada por Miguel Tauler, que lleva por título “Cantares de ronda”. Se suele cantar en las convivencias de los fieles del Opus Dei y el estribillo repite: “¡Que dicha perder la vida, quemar las naves, por un Amor!”.

Sí, Alfonso, como don Álvaro, como San Josemaría y como tantísimos otros que han seguido el camino señalado en su vocación, quemaron la vida en la esperanza de encontrarse con el Amor de los Amores. Les bastó con amar apasionadamente a Dios, a la Virgen María, a la Iglesia… y al mundo. ¡Qué dicha, sí qué dicha!