La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Lo esencial y las añadiduras

El camino a la sabiduría, que es el de la salvación y la felicidad, es el camino a lo esencial, el camino del progresivo desasimiento de tantas cosas secundarias que nos parecen importantes, sin serlo en absoluto, gigantescas minucias que nos preocupan y ocupan por completo, nos atan, nos distraen, nos acaparan, agotan nuestras fuerzas, nos inquietan, nos roban la paz, nos hacen sencillamente infelices. Cuánto sufre tanta gente, cuánto sufrimos por no alcanzar una bagatela, por no conseguir la mirada propicia del para nosotros poderoso o la sonrisa de la persona a la que nos esclaviza una obsesiva dependencia de cualquier tipo…

En todos los tiempos y culturas, los sabios han insistido en la necesidad de liberarse del agobio de los asfixiantes deseos, de los espejismos tras los que ilusos corremos con el fardo de nuestras apetencias… “Quien mata el deseo mata el dolor”, “no es más rico el que más tiene sino el que menos desea”… Quantis no egeo =            “de cuántas cosas no necesito”, decía aquel mientras señalaba todo un mundo de preciosas preciadas cosas por las que todos los demás se afanan. Pero el desprendimiento de la pagana sabiduría puede ir, va con frecuencia,  aliado con la soberbia autocomplacencia de quien desde su “pobreza” material mira con despectiva auto-atribuida superioridad “moral” a la masa de quienes gruñen y hocican entre sabrosas inmundicias… Incluso decir “solo sé que no sé nada” puede ser expresión de la más refinada soberbia cuando a los demás no se les reconoce ni siquiera ese saber que no saben…

Muchas personas después de un grave accidente, de una operación quirúrgica “a vida o muerte” u otra situación-límite manifiestan que esa dura experiencia les ha hecho ver qué es lo importante en la vida y qué no. Y ahora ponen, con acierto, lo importante no en las cosas, sino en las personas, no en el poder, sino en el amor… El paso de los años, el normal debilitamiento de algunas facultades, el desprendimiento forzoso que esto supone, facilita el acercamiento a lo esencial… Hay muchos, sin embargo, que se cierran a esa enseñanza y se empeñan en mantener todas sus “posesiones” y todo su  poder. El viejo que no acepta su progresiva liberación y se apega al poder, cualquiera sea éste, ofrece el más penoso espectáculo de necedad e infelicidad. Es necesario aceptar que uno no puede trepar ya a cualquier árbol y no engañarse en el desdén hacia unas uvas que –esa es la verdad–  no están verdes, sino que nos son, sencillamente, inaccesibles…

Y, por supuesto, el auténtico radical desprendimiento, el que de veras libera es el de quien lleva a cabo esa verdadera auto-negante-afirmación que es el total vaciamiento del yo para tenerlo limpio y permanentemente abierto a la propia entrega y a la acogida sin reparo a los demás por amor. Hay que buscar lo esencial, ponernos en lo esencial, apostar, jugarlo todo por lo esencial. Pienso que la apetencia radical que constituye y mueve a la realidad humana funciona como una brújula que nos orienta con seguridad al norte de lo esencial. Pero no está excluido el riesgo de que torzamos gravemente nuestra orientación. La idea de lo objetivamente, de lo realmente esencial se corresponde con la de fin último cuya realización a su vez nos pone en la felicidad. No es posible que el hombre, en cuanto tal, no obre en razón de un fin último, aunque pueda no acertar en decirse a sí mismo qué es lo que, en último término, busca. Y, por desgracia, es posible que se proponga un fin distinto del que le corresponde a su verdadera realidad. Si no logra el fin que le corresponde no alcanzará la felicidad. Si se propone y se empeña en realizar otros distintos se destruirá[1].

Las precedentes consideraciones generales sobre lo esencial en el plano de lo meramente humano (si es que puede hablarse de lo meramente humano) conectan sin dificultad con la consideración de lo esencial mismo de lo cristiano, del mensaje cristiano. No hay ninguna extrañeza mutua sino una plena consonancia  entre lo esencial humano y lo esencial cristiano que  no es sino la granada explicitación y consumación de lo esencial humano gracias a la reparación-redención con que nos salva y plenifica Cristo. Por eso no resulta en modo alguno artificial enlazar estas consideraciones con las del papa Francisco sobre la necesidad de centrar la acción evangelizadora en el anuncio de lo esencial del mensaje cristiano.

Desde el primer momento de su ministerio petrino, Francisco ha insistido en la necesidad de ir a lo esencial. Y no podía dejar de hacerlo en su Evangelii gaudium  (EG). Como nos dirá en esta su primera exhortación pastoral, lo esencial resuena siempre en “el primer anuncio: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte».  Este anuncio es el primero “en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal” (EG 164). Ahí está lo esencial. “Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio” (EG 165).  Cuando se quiere llegar con sentido misionero a todos sin excepciones “el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario” (EG 35).  Y es esencial “responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener «olor a Evangelio»” (EG 39). Para ir a lo esencial es necesario que el anuncio “exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas” (EG 165).

Hay perfecta consonancia entre lo esencial humano y lo esencial cristiano: “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana… La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás” (EG 178). Ahí está lo esencial[2].

Se trata no de ignorar u olvidar las exigencias morales sino de que la insistencia aislada en ellas no oscurezca lo esencial, se trata de que sea lo esencial, el amor, lo que las ilumine, las fundamente, les dé pleno sentido. El Papa recuerda cómo para santo Tomás de Aquino “en el mensaje moral de la Iglesia también hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden. Allí lo que cuenta es ante todo “la fe que se hace activa por la caridad” (Ga 5,6). Las obras de amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu: «La principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe que obra por el amor” (EG 37). Y para sacar las consecuencias pastorales de la enseñanza conciliar,  de acuerdo con una larga tradición de la Iglesia, es preciso –añade– decir ante todo “que en el anuncio del Evangelio es necesario que haya una adecuada proporción. Ésta se advierte en la frecuencia con la cual se mencionan algunos temas y en los acentos que se ponen en la predicación”  (EG 38)[3].

Todo debe subordinarse y ordenarse a lo esencial, a aquello que es lo único necesario (Lc 10, 38-42), a que te conozca a Ti, el Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo (Jn 17,3), a buscar el Reino de Dios y su justicia. Esto no es encerrarse en una autocomplaciente aislada contemplación, no es desentenderse de las tareas de Marta sino realizarla con el mayor empeño ante todo como obras de amor. Es esto lo esencial, lo que te hace libre y te proporciona ya un anticipo de la verdadera felicidad aun en medio y al fondo de tus cuitas y sufrimientos por terribles que éstos sean. Y al buscar lo esencial, olvidado de ti mismo, se te darán todas esas añadiduras, esas que ahora, ignorante,  dejas que te absorban toda tu dedicación y te quiten la libertad. Busca la sabiduría de lo esencial. Y pide humildad, que  –otro día tendremos que centrarnos en ello–  es justamente el camino de la sabiduría y ya la sabiduría misma. Porque la sabiduría viene a quien, ya lo decíamos, la llama con el vaciado de su yo para que anide en él, lo ocupe entero…

 

Teófilo González Vila

 



[1] Imagínese que la lavadora, ese modesto electrodoméstico, tuviera inteligencia y libertad y fuera ella la que hubiera de decidir actuar como debe actuar una lavadora. Porque no se es lavadora para funcionar de cualquier manera, sino de aquella que viene posibilitada y exigida por la naturaleza de la lavadora. Pero el poder ser ella la que se proponga su fin (lavar ropa) lleva consigo la posibilidad de que se proponga como suyo y último uno que no lo es en absoluto (por ejemplo, bailar dando saltos). Lo que ocurre es que no es indiferente optar por uno u otro fin. Y si la lavadora se empeña en que su felicidad no está en lavar ropa sino en bailar, el resultado inmediato e inevitable es que se estropea, “se escacharra”, se autodestruye. Es lo que de hecho puede ocurrir al hombre: que se proponga como fin último uno ajeno y aun contrario al que objetiva, necesaria, inevitablemente corresponde a la constitutiva estructura de su realidad. Yo soy libre para proponerme tales o cuales fines y tal fin último, pero el que pueda hacerlo no garantiza que acierte al hacerlo. Solo si me propongo como fin propio el que objetivamente lo es, acertaré a realizarme y obtendré mi felicidad.

[2] En la entrevista concedida a la Civiltà Cattolica (y publicada en septiembre de este 2013) ya aparecían como centrales estas enseñanzas y conviccion es del Papa Francisco: “Las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente. El anuncio misionero se concentra en lo esencial, en lo necesario, que, por otra parte es lo que más apasiona y atrae, es lo que hace arder el corazón, como a los discípulos de Emaús…Después vendrá una catequesis…  Pero el anuncio del amor salvífico de Dios es previo a la obligación moral y religiosa. Hoy parece a veces que prevalece el orden inverso” (http://www.vatican.va/holy_father/francesco/speeches/2013/september/documents/papa-francesco_20130921_intervista-spadaro_sp.html).

[3] Y lo explica con un ejemplo muy concreto, muy a ras de experiencia real-realista: “si un párroco a lo largo de un año litúrgico habla diez veces sobre la templanza y sólo dos o tres veces sobre la caridad o la justicia, se produce una desproporción donde las que se ensombrecen son precisamente aquellas virtudes que deberían estar más presentes en la predicación y en la catequesis. Lo mismo sucede cuando se habla más de la ley que de la gracia, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa que de la Palabra de Dios” (EG 38).