La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La identidad europea

Jaime Rodríguez-Arana. Catedrático de Derecho Administrativo.- El proyecto europeo ha tomado una deriva que lo aleja, y de qué manera, de sus objetivos fundacionales. Quien quiera puede acercarse a los escritos de los padres fundadores. Schuman, Adenauer o Gasperi, por ejemplo, y percatarse del errado y errático camino que se está siguiendo en la Unión Europea en estos años. Una Unión que nació y se desarrolló durante tantos siglos como un espacio cultural y político caracterizado por una suerte de indignación ante la falta de libertad, ante la intolerancia, ante la ausencia de pluralismo. No en vano venimos de la conjunción de los valores del derecho –Roma- del pensamiento –Atenas- y de la solidaridad –Jerusalén-. Por eso, el pensamiento único en materia económica y financiera que se ha implantado desde  no hace mucho, y que está en buena medida en el origen de la crisis que padecemos, además de traicionar ese gran proyecto cultural que es Europa, está alejando a la ciudadanía de una realidad a la que poco, prácticamente nada, aportan los millones de personas que habitan en el viejo continente. Ahora que se acercan unas nuevas elecciones al parlamento europeo, parece pertinente cuestionarse el sentido de la participación ciudadana en unas políticas tan tecnoestructurales como alejadas del sentir común de tantas personas desencantadas.    jaime rodriguez arana

Los eurobarómetros constatan, desde el inicio de la crisis, una peligrosa caída de aceptación popular del actual proyecto europeo. En España, por ejemplo, hemos pasado de un elevado grado de confianza a unos índices de desafección preocupantes. En efecto, en 2007 dos de cada tres españoles consultados por el eurobarómetro decían confiar en la UE y en sus instituciones. Hoy, seis años después, el 72% se muestra fuertemente contrariado con las políticas practicadas en este tiempo, en especial con los ajustes y limitaciones que está sufriendo la población.

Es verdad que, según reflejan los barómetros, los europeos no queremos salir del euro y no queremos tampoco tirar por la borda, solo faltaría, el Estado de bienestar ni la venturosa experiencia de paz de las últimas décadas. Sin embargo, reclaman nuevas políticas, nuevas formas de resolver los problemas que apuntan a que paguen quienes realmente han provocado la espiral de desaguisados de los últimos años.

La apatía, desidia y desafección de la ciudadanía, por más que las cúpulas de partidos y formaciones intenten ocultarlo y mirar para otro lado, son, no hay que más que salir a la calle y hablar con la gente normal, una lamentable realidad. Mientras tanto, no pocos analistas y políticos tiemblan ante la más que posible presencia de alguna fuerza política populista y autoritaria a nivel europeo. Por lo pronto la extrema derecha y la extrema izquierda ya no son testimoniales en muchos países de Europa y eso debería preocupar a los dirigentes de los partidos mayoritarios en nuestros países porque, por su falta de reacción y por su  incapacidad de reformas de calado, se está abonando el terreno para procesos autoritarios.

Así las cosas, precisamos líderes capaces de entender el legado europeo y defender la sensibilidad social. Hoy, por más que nos pese, hemos de reconocer que la fuerza y dominio de un mercado sin límites y autorregulado ha hecho las delicias de no pocos dirigentes políticos y financieros que han hecho su agosto en plena crisis económica. Mientras, el pueblo, el gran convidado de piedra de esta estafa de colosales dimensiones, avisa de que no está de acuerdo con las medidas que se adoptan y de que es menester un cambio de rumbo. Un cambio de rumbo que pasa por la renovación política, económica y social. Quienes han contribuido al vertiginoso endeudamiento de Administraciones públicas y de las familias, deben asumir su responsabilidad. Los partidos políticos deben abrirse a la realidad, así como las instituciones financieras. Es necesario trabajar sobre los fundamentos. Y si hace falta reformar la sociedad anónima, que se reforme. Si hay que democratizar la democracia que tenemos, que se haga y si hay que desmercantilizar este mercado, adelante.  Esperemos que ante las próximas elecciones europeas se mueva un poco el cocotero porque muchos millones de personas, sin arte ni parte, en esta tremenda desgracia, tienen derecho a otra forma de atender los asuntos públicos, a otra manera de entender el mercado. ¿ O no?

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es