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Santos y difuntos

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Los días 1 y 2 de noviembre son muy especiales para un cristiano y, en concreto, para un católico.  ELEUTERIO

 

Apartadas de nuestra mente y, sobre todo, de alguna que otra práctica, barbaridades como Hallowenn que atentan directamente, por demoníacas, contra la fe católica, la verdad es que recordar lo que traemos a nuestro día los dos primeros días del undécimo mes del año, estamos más que seguros que nos ha de hacer muy bien.

 

Cada año, cuando llega la fecha del 1 de noviembre, vienen, a nuestra memoria, la vida y hechos de aquellas personas que, por su comportamiento y cumplimiento de la Palabra de Dios son un ejemplo para el esto de cristianos.

 

Es cierto que, a lo largo del año celebramos a muchos santos, pero la Iglesia entiende que es importante dedicarles un día para que, al menos, tales 24 horas, sirvan para tener una conciencia, en conjunto, de aquellas personas que son, además, muy amadas por Dios.

 

De aquí que el Beato Juan Pablo II, en la Homilía que sobre esta festividad de Todos los Santos del año 1997, dijera que “Durante todo el año celebramos la fiesta de muchos santos famosos. Pero la Iglesia ha querido recordar que en el cielo hay innumerables santos que no cabrían en el calendario”.

 

Sin embargo, no deberíamos creer que el 1 de noviembre es, exclusivamente, para que no olvidemos a los Santos. Va mucho más allá porque va dirigida, tal fecha, a recordarnos la vocación a la santidad que cada persona creyente tiene.

 

¿Quién es, qué es, ser santo?

 

De muchas maneras se puede definir la palabra “Santo”. Por ejemplo, es santa aquella persona que ha amado a Dios sobre todas las cosas, cumpliendo, así, su voluntad. Por eso, no sólo lo son las personas que están en los altares porque a nosotros también nos es dado amar al Padre y podemos llamarnos, así, santos.

 

Por tanto, por la forma del amor, a nadie le está vedado ser santo sino, al contrario, favorecida tal posibilidad porque depende de nuestra voluntad cumplir tal mandamiento divino.

 

Así, sabemos cómo se puede ser santo y, entonces, quién puede serlo.

 

Por eso, ante la situación de la fe por la que pasa nuestra sociedad, bien podemos exclamar, con San Josemaría, lo que éste dice en el nº 301 de su libro “Camino”: “Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos.  —Dios quiere un puñado de hombres «suyos» en cada actividad humana. —Después… «pax Christi in regno Christi» —la paz de Cristo en el reino de Cristo”.

 

Por su parte, el emérito Papa Benedicto XVI, al referirse al día de Todos los Santos, en 2007, dijo que el cristiano “ya es santo, pues el Bautismo le une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo tiene que llegar a ser santo, conformándose con Él cada vez más íntimamente”. Entonces “A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, ¡llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano, es más podríamos decir, de cada hombre!”

 

Realidad de Cristo es que los hijos de Dios formamos parte del Cuerpo de Aquel (imagen, ésta, dotada de mucha fuerza, porque representa todo el depósito de la fe en la que vivimos y existimos)

 

Por tanto, la santidad está destinada a todos.

 

Santidad actual

 

Dice el evangelista Mateo, o recoge, una expresión de Jesucristo que centra, muy bien, la cuestión de la santidad hoy día porque supone, en realidad, un buen punto de partida: “sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48) que es, más exactamente, una parte de lo que sigue al Sermón del Monte en el que predicó acerca de las Bienaventuranzas.

Hay que ser, pues, perfectos, aunque sabemos que no es, tal realidad espiritual, nada fácil de conseguir. Por eso, vale la pena recordar lo que en el Génesis (17,1) dice Dios: “Anda en mi presencia y sé perfecto” porque, al menos, nos dice que hemos de tener presente, siempre, a Dios en nuestra vida y tal presencia la hemos de transformar en fruto para que pueda decirse de nosotros lo que San Josemaría dice y que no es otra cosa que “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo” (número 2 de “Camino”)

Pero, para que tengamos conciencia de lo que la santidad supone, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium (11) dejó dicho que “Todos los fieles, cualesquiera que sean su estado y condición, están llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, para lo que el mismo Padre es perfecto”. Entonces, “A todos los cristianos nos pertenece, por propia vocación, buscar el reino de Dios, tratado y ordenado según Dios los asuntos temporales” (31).

Por tanto, además, de tener a Dios en nuestras vidas, hemos de llevar a la práctica lo que el Concilio Vaticano II llama “asuntos temporales” es decir, aquellos que corresponden a nuestras vidas mientras peregrinamos por el mundo hacia el definitivo reino de Dios.

Ordenar la vida según Dios es lo que, fundamentalmente, nos acerca a la santidad, lo que nos procura el Amor del Padre y lo que, al fin  y al cabo, nos hace santos.

Vemos, pues, que todos los santos que en el cielo no son todos los santos que en el mundo hubo sino una porción de las personas a las que se les reconoció, y se reconoce, el cumplimiento de la perfección citada supra.

Y, sobre todo esto dicho, las Sagradas Escrituras dice esto tan importante:

“Sed santos para mí, porque yo, Dios, soy santo, y os he separado de las gentes para que seáis míos”, en Lev 20,26

“Pero el que guarda sus palabras, en ese la caridad de Dios es verdaderamente perfecto. En esto conocemos que estamos en Él”, en 1Jn 2,5.

“Por cuanto que en Él  nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él en caridad”, en Ef 1,4.

Por eso, porque fuimos elegidos desde la misma eternidad, merece Dios la santidad que nos reclama pero no como deuda sino como pura devoción y amor.

Pero, además de tener que ser santos ahora mismo o, al menos intentarlo, no podemos dejar de recordar a las almas que se encuentran en el Purgatorio. Por eso lo recordamos, precisamente, el 2 de noviembre.

Recordamos a las benditas almas del Purgatorio y pedimos (¡pidamos!) por ellas porque también necesitan de tales peticiones por nuestra parte, al Padre Dios. Con ello procuraremos que su tiempo (entendido esto en lo que supone el del Purgatorio) se acorte algo con relación al que les queda por purgar antes de ir al cielo.

Por eso, por ejemplo, el 2º libro de los Macabeos dice (12, 46) que “»Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados» o, también, que San Agustín contaba que su madre Santa Mónica pidió al morir que no se olvidaran “de ofrecer oraciones por mi alma».

En realidad, tanto un día como el otro o, lo que es lo mismo, el 1 y 2 de noviembre, nos traen a la realidad (para que no lo olvidemos) que después de esta vida hay otra y que a la misma se llega según y cómo: según hayamos actuado en esta vida y como consecuencia de tal forma de ser. Es decir que tras el juicio al que seremos sometidos por el tribunal de Dios, nuestro destino será bien el Cielo, bien el Purgatorio o bien el Infierno. Y por eso recordamos que hay muchas almas de muchos hermanos nuestros que se encuentran limpiándose antes de presentarse ante Dios. Tales almas nunca, nunca, irán al Infierno pero pueden limitar su estancia en el Purgatorio en atención a los ofrecimientos que, por ellos, hacemos las personas que aún estamos peregrinando hacia el definitivo Reino de Dios.

Por eso, estos dos días son tan importantes para los fieles católicos y aunque no debemos limitar nuestra oraciones por unos y por otros (santos y purgantes) a estos dos días, está la mar de bien saber que, al menos el 1 y 2 de noviembre, están ahí puestos para que sepamos a qué atenernos.

¡Padre Misericordioso, ayúdanos a ser santos y a no pecar!