La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El Papa Francisco, la laicidad y el diálogo (2 d 2). «Laicidad y… diálogo»

Para unos, los laicistas, la laicidad es condición y ámbito de la convivencia pluralista porque los únicos valores y normas que pueden y deben ser impuestos y por todos aceptados en el ámbito público como comunes son y no pueden ser sino los laicos, en el sentido de no-religiosos[1]. Lo común no puede serlo, según ellos, sin estar radical e irreversiblemente “libre” de la más ligera coloración o connotación religiosa. Para asegurar esa asepsia arreligiosa de lo común las opciones religiosas, inevitablemente particulares, han de abstenerse o, en todo caso, han de estar eficazmente obligadas a abstenerse de aparecer y, con más razón, de participar en el proceso de debate público ordenado a la formación y establecimiento normativo de lo común.

Ahora bien: no es preciso gran esfuerzo intelectual para advertir que este modo de entender y hacer valer la laicidad como condición de la convivencia en una sociedad pluralista  –y religiosamente pluralista–  equivale a considerar la laicidad como exigencia de silenciamiento de todas las diferencias, equivale, en realidad, a hacer desaparecer la sociedad pluralista en cuanto tal. La laicidad  (según ese incorrecto modo de entenderla) impondría la convivencia de los diferentes por el expeditivo procedimiento de recluir sus diferencias en una especie de ciudad subterránea donde quedaran recluidos en sus incomunicados sótanos o “trasteros” y no permitirles aparecer en público sino revestidos, todos,  con el común uniforme de ciudadano cortado por el mismo patrón jurídico positivo, positivista. El sentido, pues, según lo dicho, en el que esta laicidad silenciante  pretende ser condición de la convivencia en una sociedad pluralista lleva consigo necesariamente justo la supresión misma de la hipótesis de esa sociedad pluralista que plantearía el problema. Este modo de asegurar la convivencia en una sociedad pluralista vendría a consistir en negar el pluralismo de ésta, en echar por encima de cualesquiera diferencias una espesa manta de homogeneidad con que quedarían asfixiadas todas ellas. En esa concepción de la laicidad como presunta garantía de la convivencia no hay lugar para el diálogo entre los diferentes pues las normas comunes a las que han de ajustarse todos ellos y así convivir “perfectamente” se las da ya hechas y se las impone el Poder.

Otro es, evidentemente, el modo como el Papa Francisco concibe la laicidad del Estado cuando señala que ésta es “beneficiosa” para la convivencia social y, en particular, entre las diferentes religiones. En este caso, la laicidad aparece rectamente entendida no como silenciamiento de todas las diferencias sino como posibilidad de libre, abierto, público diálogo de todas ellas entre sí y de todas ellas con cualquier otra propuesta de sentido. La laicidad no silencia las diferencias, sino que debe permitir y hacer efectivamente posible que todas ellas se manifiesten y participen en el debate público del proceso conducente al reconocimiento y afirmación de los comunes valores que son las bases de la pacífica convivencia sociopolítica de todos.

 

En esta recta concepción, positiva, incluyente de la laicidad a la que responden las inicialmente citadas palabras del Papa Francisco, el Estado guarda total imparcialidad positiva y no excluye ni silencia opción alguna, tampoco las religiosas, de ese proceso de búsqueda y formación de las decisiones comunes… En esta concepción abierta de la laicidad, ésta asegura la convivencia en cuanto permite y facilita el diálogo entre todas las diferencias…  Y, aunque sea el poder legislativo el que ha de establecer  formalmente lo común normativo, no obstante, en el proceso que conduce a ese momento y en el debate público permanente se da por supuesta la legitimidad y necesidad de las aportaciones que a ese debate pueden hacer las diversas tradiciones o fuentes de sentido presentes en la sociedad, incluidas, por supuesto, y aun podríamos decir, de modo especial, las religiosas.

 

Por eso, si de la laicidad rectamente entendida puede decirse que es condición para la pacífica convivencia en una sociedad pluralista, también y muy especialmente religiosamente pluralista, hemos de añadir que es una condición necesaria, pero no suficiente. Para asegurar esa convivencia no basta con que el Estado, por respeto a su misma laicidad, no impida la libre manifestación de todas las opciones de sentido, entre ellas, las religiosas, presentes en la sociedad, sino que es imprescindible que éstas diversas posiciones estén en un permanente diálogo mediante el cual puedan converger en el reconocimiento y afirmación comunes de las verdades en que asentar sus pacíficas relaciones[2].

 

Teófilo González Vila.



[1] Así aparece de modo palmario en el documento político partidista ya citado: “Desde la laicidad se garantiza la convivencia de culturas, ideas y religiones sin subordinaciones ni preeminencia de creencias, sin imposiciones, sin mediatizar la voluntad ciudadana, sin subordinar la acción política de las Instituciones del Estado Social y Democrático de Derecho a ningún credo o jerarquía religiosa. La Laicidad es garantía para desarrollar los derechos de ciudadanía ya que el Estado Democrático y la Ley, así como la soberanía, no obedecen a ningún orden preestablecido de rango superior, pues la única voluntad y soberanía es la de la ciudadanía” (Ibidem).

[2] Al diálogo se han dedicado en este Blog amplias consideraciones (v. seis textos desde el 09.12.2011 a 10.02.2012).