La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La fiesta de los mártires… y de la verdad

Para los que tienen el buen gusto de no leer el periódico laicista “El País”, les voy a referir lo que este periódico le ha parecido lo más importante de la beatificación de los 522 religiosos que fueron asesinados durante la II República y la Guerra Civil: que el Papa, en su breve mensaje en el que pedía a los cristianos imitar a los mártires que amaron hasta el extremo de morir por Cristo, no haya pedido perdón por las victimas del franquismo… ¡Hala!

Uno, en su ingenuidad, se pregunta ¿Y cuando los herederos ideológicos de quienes animaron aquéllos martirios han pedido perdón por sus crímenes? Más aún: ¿Cuántas veces tiene que pedir perdón la Iglesia por los errores cometidos en el pasado para que lo asesinos y los que siguen acosándola, se enteren de una vez? Que yo recuerde, el Papa Juan Pablo II ya lo hizo en la bula Incarnationis mysterium de noviembre de 1998, y en el solemne acto del Jubileo del año 2000, como un gesto de purificación de la memoria.

Aquí, en España, fue el entonces presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, quien en 2007, al terminar su mandato, se despidió con un mensaje en el que pidió perdón por “actuaciones concretas” de miembros de la Iglesia durante los nefastos años 30 del pasado siglo, sin olvidar la labor como instrumento de reconciliación llevada a cabo por el cardenal Tarancón a la muerte de Franco…También el cardenal Rouco Varela, siempre en la diana de los “progres” de nuestro tiempo, en un memorable discurso en el que echaba una “mirada de fe al siglo XX”, se refirió a la trágica ruptura de la convivencia de aquel tiempo y, sin señalar culpas de nadie, pedía el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba…

¿No recuerda nada de ésto al portavoz oficial del laicismo radical español? Pues parece que no. Muy al contrario, su distracción favorita es recordar lo que se dice y se hace al “otro lado”. Y ya sabemos lo que ha significado la nefanda ley de la Memoria Histórica de Zapatero: no la purificación de la memoria, sino la “actualización” de los odios desatados contra la Iglesia en los años 30. Incluso, en los últimos años han proliferado las asociaciones que tienen por objetivo el mantenimiento de aquellos odios que debió llevarse la democracia y que se integran en una «Comisión de la Verdad», con la inclusión, eso sí, de “cristianos de base” que tratan de hacerse simpáticos a los nostálgicos de la República, prestándoles su apoyo a cuantos escritos se le ocurren.

“Pero el Papa –¡oh, se lamenta “El País”!”- no ha hecho ninguna alusión a la carta que esa Comisión le escribió para que suspendiera el acto de beatificación de Tarragona. En fin: basta con ver las actitudes de los que acosan a la juez Alaya, los que roban a los parados o los que asisten encantados a los intentos de desmembración de España, para activar la memoria de lo que hizo exclamar a Ortega y Gasset que no era eso lo que se esperaba de la República, tan “bandereada” desde hace años por esas asociaciones que solo recuerdan lo que les conviene.

En todo caso, a quienes pretenden ignorar lo ocurrido en Tarragona en este esplendido día otoñal, con la presencia gozosa de los familiares de aquellos 522 religiosos que murieron pidiéndole a Dios el perdón para sus asesinos, bueno sería que se leyesen integro no solo el mensaje del Papa sino la homilía del cardenal Ángelo Amato, que no es español pero que se conoce muy bien nuestra historia: “La Iglesia no busca culpables porque la Iglesia es casa de perdón”.

Lo cual no significa que se oculte la verdad: que los 522 mártires, como los anteriormente beatificados en Roma por Juan Pablo II, murieron en España fruto de la persecución religiosa “en el período oscuro de la hostilidad anticatólica de los años 30, cuando España quedó envuelta en la niebla diabólica de una ideología que anuló a millares de ciudadanos pacíficos, incendiando iglesias y símbolos religiosos, cerrando conventos y escuelas católicas y destruyendo parte del patrimonio”… Y como remate, estas palabras: “Los mártires no cayeron en la guerra civil sino que fueron víctimas de una radical persecución religiosa que se proponía el exterminio programado de la Iglesia. Y esos mártires no eran provocadores sino personas pacíficas”.

O sea que pidamos perdón, si, pero todos. Y si el franquismo ya desapareció, aventado por los vientos de la historia ¿por qué no desparecen de una vez los antifranquistas? Dejemos de una vez la historia a los historiadores que, por cierto, ya lo han dicho casi todo sobre las causas del golpe del 36 que algunos todavía pretenden ocultar. ¿O es que vamos a estar condenados los españoles a un eterno cainismo?