La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La izquierda nunca ha tenido ninguna superioridad moral…

–         Oiga, usted que es de derechas, ¿se ha leído lo que ha publicado el diario ABC sobre el “adiós a la superioridad moral de la izquierda”?

–         La verdad es que no del todo: hay mucho que leer y lo he guardado para degustarlo poco a poco. Pero la adelanto una cosa, que acaso le sorprenda: la izquierda nunca ha tenido ninguna superioridad moral sobre ninguna corriente de pensamiento político. Eso se lo ha inventado precisamente la apocada derecha aburguesada, la que nunca se ha preocupado de pensar en los pobres y ha vivido como si la necesidad no existiera, con lo cual le retrato el liberalismo salvaje.

–         O sea que, de alguna forma, reconoce que ese mito ha existido aunque sea por oposición a la burguesía capitalista…

–         Mire, Vd. me ha motejado de “derechas” y yo le he seguido la corriente porque es una forma de entendernos en España, donde todavía pervive la memoria de una guerra civil que ha dejado unos herederos impregnados de odio. Pero creo que ya es hora de acabar con esas divisiones políticas  artificiales que solo sirven para el enfrentamiento civil. Con ello le quiero decir que me pasa lo mismo que al Papa: que “nunca he sido de derechas”, entendidas éstas como un fascismo represor de la libertad, aunque la izquierda no le ha ido nunca a la zaga a la hora de imponer sus ideas, por encima incluso de la conciencia de cada cual. Si el Papa hubiera vivido en España cuando aquí se perseguía a la Iglesia y se asesinaba a los católicos por el mero hecho de serlo, hubiera afirmado justo lo contrario: que nunca ha sido de izquierdas…

–         Bueno, pero no me negará que, en definitiva, la izquierda ha obligado al capitalismo a aceptar una radical corrección en su desenfocado concepto de justicia social: salarios más justos,  horarios más adecuados a la conciliación familiar, vacaciones, derecho al trabajo, derecho a una pensión, derecho a la sanidad, derecho a la educación, etc.

–         No le niego que tenga Vd. algo de razón. Pero no voy a entrar en explicaciones filosóficas que justifican la revolución francesa y las que le siguieron a principios del siglo pasado, origen de las más crueles dictaduras de la historia. El Estado del Bienestar ha sido construido entre todos, patronos y obreros, empresarios y empleados, partidos políticos y sindicatos, pero lo que más ha influido en el establecimiento de la justicia ha sido la Doctrina Social de la Iglesia, aunque siga siendo una desconocida en las grandes democracias occidentales. La justicia social está en la entraña del mensaje evangélico y de la doctrina cristiana, que no es de derechas ni de izquierdas.

–         Bueno, yo no quería mezclar a la Iglesia en este laberinto político…

–         Pues hay que hacerlo porque la Iglesia es la primera defensora de los pobres, los débiles, los más desfavorecidos de la sociedad… Por ello, a mi me basta, para entender lo que ha sido la izquierda –y en parte sigue siendo- con su odio irracional a la Iglesia y, en definitiva, a Dios. Esa izquierda que ha blasonado de “superioridad moral” en realidad carece de moral por la sencilla razón de que no reconoce la existencia del alma humana, es decir, de la trascendencia del hombre. Sin Dios, todo es posible, ya sabe…

–         Caramba, no se exalte, hombre; no es que yo quiera defender a la izquierda… Pero, ¿qué tiene que ver una posición política que busca la justicia social con el alma humana?

–         Tiene que ver mucho porque en eso se ha basado el mito de su supuesta superioridad moral. Mire usted: lo menos que puede esperarse de cualquier persona, sea creyente o agnóstica, es defender la vida humana; eso está inscrito en la conciencia de cualquiera. Claro que usted me puede alegar que si no existe alma tampoco existe conciencia y, por tanto, basta para la convivencia con la aceptación de unas normas éticas. Pero ya le adelanto que ninguna norma ética puede vincular al hombre para respetarla si no es por la coerción de la ley que viene a sustituir la libertad humana.

–         Lo que me quiere decir usted es que la ley civil no puede marcar los límites de la libertad personal…

–         Las leyes civiles son normas para la convivencia social, pero no pueden entrar en la conciencia individual, lo que uno cree o no cree que es lo que marca su modo de vivir y de actuar. Le doy un ejemplo: ninguna ley me puede obligar a aceptar una ideología determinada, un modo de pensar determinado ni, por supuesto, a ignorar mi propia conciencia.

–         Pues ya ve lo que he dicho el Papa a Scalfari: que cada uno tiene su propia capacidad de discernir el bien del mal y que lo importante es seguir los dictados de la conciencia…

–         Si, pero lea bien lo que ha dicho el Papa. Cada uno tiene su idea del bien y del mal, pero debe elegir el bien y combatir el mal. Lo que importa es el amor hacia los demás…

–         No me negará que eso puede inducir a confusión. Una persona que confunda el bien y el mal, según sus propios intereses o necesidades y actúa en conciencia, no tiene por qué aceptar que el bien sea otra cosa distinta a lo que ella le gusta…

–         De ahí la importancia de tener una conciencia bien formada: es una obligación moral buscar el bien y lo verdadero. Claro que si una persona es educada en un sistema político que le dice que abortar es un signo positivo de progreso, es evidente que engaña a su conciencia o se niega a reconocerla. Hay que ser muy cerril… o muy de izquierdas, para admitir que matar un bebé no nacido o quedarse con el dinero destinado a los parados puede ser algo bueno. Con lo cual volvemos al principio: una persona que no admita la existencia del alma y de la trascendencia humana, no puede tener superioridad sobre otra que crea en Dios y ame al prójimo. Si creer en Dios es de derechas, yo lo soy; si no creer en Dios es de izquierdas, yo no lo soy. Quien haya matado o robado, o cometido adulterio, por el mero hecho de no creer en Dios no puede tener ninguna superioridad moral ni ética sobre nadie. 

–         Cuestión zanjada, amigo, aunque hay mucha más tela que cortar.

–         Pues a cortarla…

–