La fidelidad de Dios es más fuerte que nuestra infidelidad y nuestras traiciones (Francisco)

El silencio

Luis Ignacio Martínez Franco. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología.- Aristóteles decía que “el hombre es, por naturaleza, un animal social”. Y así es: no ha sido creado para estar solo, necesita de la compañía de otros seres, vivir en sociedad. El cristianismo dio un paso más en este sentido insistiendo en la necesidad de la vida en comunidad, fraternalmente, dando incluso mayor valor al próximo que a uno mismo. ¡Qué lejos estamos del ideal cristiano!: el yo egoísta que habita en nosotros, al que Freud denominó superego, nos limita poderosamente.  LuisIMartinez

Las personas necesitamos relacionarnos, comunicarnos, con otras personas. Pero el encuentro con uno mismo, en el silencio, es también necesario. Fray Luis de León, en su “Oda a la Vida Retirada” escribió estos preciosos versos: ¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruido / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!

Los economistas nos hablan de «bienes escasos», pero no lo hacen, en cambio, de «valores escasos»; no se ocupan del alma, no es su tema. El silencio es uno de esos valores escasos, que no cotiza en bolsa ni se adquiere en el supermercado ni se anuncia en TV. Pero es una necesidad del alma que hemos de buscar por la “escondida senda”, huyendo del “mundanal ruido”.

Vivimos en una sociedad ruidosa. Los ruidos nos invaden por doquier. La paz y el silencio hogareños de antaño son ya añoranza. Han sido sustituidos por un aluvión de ensordecedores ruidos, todos mezclados: ruidos televisivos, telefónicos, electrónicos, de las alarmas, del ascensor, del telefonillo, del tráfico, de los vecinos de al lado… Ruidos que nos aturden…

Ayer estuve en la iglesia. Había muchos fieles, ruidosos. El ruido también ha penetrado en los lugares sagrados. Los templos son lugares de silencio y oración. Sólo en el silencio se puede encontrar a Dios, que “no está en el huracán, ni en el temblor de tierra, ni en el fuego, sino en el susurro de una ligera brisa.”

Me levanto cuando la ciudad aún descansa. Son momentos deliciosos que aprovecho para escribir. Con palabras que manan de “la soledad sonora” del alma. Sin que “nada me turbe” brotan las ideas con profusión y claridad. Al cabo de un rato, unos pájaros urbanitas, madrugadores, anuncian un nuevo amanecer. Tal vez entre ruidos nos traiga el suave susurro de una brisa ligera.