La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El “generismo”, disolvente de la familia y lastre educativo

José Mª Martí Sánchez. Doctor en Derecho.- La ideología de género opuesta al “modo justo” de vivir

El Hace tiempo se advirtió, verbigracia por Jutta Burgrafft (“Qué quiere decir «Género»”, en Arvo.Net, 11 febrero 2006) de una nueva concepción del hombre: el “generismo”. Esta doctrina potencia lo sexual y adopta un comportamiento liberacionista —según el mito igualitario—, para transformar la cultura. La familia es su primera víctima. El “generismo” cuenta, para su implantación, con el apoyo del poder (político, mediático, económico). josemariamartisanchez

Las palabras de Benedicto XVI, ante la Curia (diciembre 2012), profundizan en lo que está en juego cuando se ataca a la familia. Ya el Sínodo sobre la Nueva Evangelización «ha hecho patente que en el tema de la familia no se trata únicamente de una determinada forma social, sino de la cuestión del hombre mismo; de la cuestión sobre qué es el hombre y sobre lo que es preciso hacer para ser hombres del modo justo». Freud, por su parte, confirmó que: “decretando la completa libertad de la vida sexual, suprimiendo, pues, la familia, célula germinal de la cultura, entonces, es verdad, sería imposible predecir qué nuevos caminos seguiría la evolución de ésta” (El malestar en la cultura).

Con la ideología de género entra en liza la sociabilidad del hombre. Algo tan esencial que Aristóteles decía que: “fuera de la sociedad, el hombre es una bestia o un dios”. Los vínculos, entre semejantes, son necesarios para la subsistencia, el desarrollo y la madurez. Hasta el “generismo” la socialización pivotaba sobre la familia. Sin embargo, este la desprecia; la considera opresora y retrógrada. ¿Con qué va a llenar el hueco que ocupaba la familia como primera célula humanizadora? Su solución de reemplazo va a ser la “ciudadanía”.

De acuerdo al modelo contractualista de Rousseau, la ciudadanía no sería efecto de la sociabilidad natural. Consistiría en el estatuto, elaborado por el poder político de turno, al que se ajusta el individuo. Es decir, es una categoría elástica. Lo determinante, para ser ciudadano, es cómo se defina o qué se exija para pertenecer a la organización política. El hombre contará en tanto en cuanto, por su funcionalidad, aporte algo al proyecto colectivo. Enfoque que contrasta con los criterios de la “familiaridad”. La familia se compromete institucionalmente en la defensa de la persona per se. Si el Estado, ideologizado, impone un modelo de ciudadano, la familia favorece el desarrollo genuino de quienes la integran.

 

El “generismo” oscurece el modo justo de vivir, que mencionaba Benedicto XVI, de dos modos. El mismo los apunta: primero, con «el rechazo de la vinculación humana, que se difunde cada vez más a causa de una errónea comprensión de la libertad y la autorrealización, y también por eludir el soportar pacientemente el sufrimiento». La consecuencia es que, encerrado en sí mismo, el hombre “conserva el propio «yo» para sí mismo, no lo supera verdaderamente”. El segundo extravío antropológico, típico de la ideología de género, consiste en que: “El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza […] se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya”. La Conferencia Episcopal Española, en su caracterización del “generismo”, se fija también en el voluntarismo: “El ser humano se construiría a sí mismo voluntariamente a través de una o diversas “opciones sexuales” que elegiría a su arbitrio a lo largo de su vida, y a las que se debería reconocer la igualdad de derechos” (“La verdad del amor humano”, 2012, 110).

La ciudadanía: referente de la sociabilidad y de la educación

El éxito del nuevo modelo social, centrado en la ciudadanía con “perspectiva de género”, necesita de la persuasión. En los siglos xviii-xix se ponen en marcha, por los Estados, sistemas educativos de carácter obligatorio. Su objetivo es impulsar el sentimiento republicano o nacional. Para consolidar los “nuevos valores” y garantizar la revolución cultural se hace imprescindible imbuir de ellos a las futuras generaciones. El “generismo” no ha perdido de vista este detalle. Su estrategia no se detiene “en la introducción de dicha ideología en el ámbito legislativo. Se busca, sobre todo, impregnar de esa ideología el ámbito educativo. Porque el objetivo será completo cuando la sociedad –los miembros que la forman– vean como «normales» los postulados que se proclaman” (“La verdad del amor humano”, 60).

Ahora se quiere revisar el sistema educativo español, con criterios de libertad y calidad. Gracias a esas notas, se espera propiciar una sociedad más humana. Se menciona este objetivo en la Declaración de los derechos humanos (art. 26.2), pero es en la Encíclica Populorum progressio donde se nos dice qué tipo de sociedad sería esa: “en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más” (nº6, asimismo cf. nº 20). En la tarea de edificación personal y social lo determinante, lo hemos visto, es apostar por la familia. El Proyecto de Ley Orgánica para la mejora de la calidad educativa no alcanzará ninguno de sus altos propósitos si no abandona la ideología de género y su corolario el “ciudadanismo”.

El “ciudadanismo” traiciona la libertad en la medida en que se entrega al utilitarismo. Frente a la personalización que la familia practica silenciosa y eficazmente, él opta por un fin abstracto al que se supedita lo demás. El formalismo quedó retratado por un personaje de Solo en Berlín de Hans Fallada: “las personas no significan nada para él, sólo le importa su justicia […] Yo sólo valoraría eso si lo hiciera por mí”. La misma contaminación ideológica ciega a los poderes públicos para apreciar la calidad verdadera. Además, en este terreno libertad y calidad van de la mano. León XIII hablaba de la libertad en unos términos especialmente aplicables a la formación, en su sentido proyectivo de trazar las líneas maestras de la propia biografía. Decía que: “La libertad, don excelente de la Naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales, confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones” (Libertas Praestantissimum, 1). El Estado tiene el compromiso fundamental de proteger la libertad en su gestión, particularmente en la escuela, a través de la neutralidad-laicidad. Benedicto XVI, en un encuentro con diversas autoridades (Milán, 2 junio 2012), habló de uno de los elementos principales de la laicidad: “asegurar la libertad para que todos puedan proponer su visión de la vida común, dentro del respeto a los demás y en el contexto de leyes que miran al bien de todos”.

El cambio de rumbo en la enseñanza reglada es tanto más necesario cuanto que lamentablemente la “perspectiva de género” ha condicionado el sistema educativo y sus pobres resultados. El asalto se inicia con la Ley Orgánica de medidas de protección integral contra la violencia de género (2004), sigue con las Leyes Orgánicas de educación (2006) y para la igualdad efectiva de mujeres y hombres (2007), y concluye con la Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo (2010).

Fijémonos en una cita de la norma de 2004: “Fomento de la igualdad”: “Con el fin de garantizar la efectiva igualdad entre hombres y mujeres, las Administraciones educativas velarán para que en todos los materiales educativos se eliminen los estereotipos sexistas o discriminatorios y para que fomenten el igual valor de hombres y mujeres” (art. 6).

Por su parte, la Ley Orgánica de educación dice que: “Entre los fines de la educación se resaltan el pleno desarrollo de la personalidad y de las capacidades afectivas del alumnado, la formación en el respeto de los derechos y libertades fundamentales y de la igualdad efectiva de oportunidades entre hombres y mujeres, el reconocimiento de la diversidad afectivo-sexual, así como la valoración crítica de las desigualdades, que permita superar los comportamientos sexistas” (Preámbulo).

La carga polémica del sistema educativo tiene su epicentro en el bloque de “Educación para la ciudadanía”. Su designio fue el de, con el bagaje examinado de la “perspectiva de género”, “profundizar en algunos aspectos relativos a nuestra vida en común, contribuyendo a formar a los nuevos ciudadanos” (ibidem).

¡Qué duda cabe que suprimir esta materia, Educación para la ciudadanía, sería un primer paso en la buena dirección, esto es, en la calidad y libertad del sistema educativo! Pero dada la crisis multifactorial en que estamos sumergidos habría que ser más ambiciosos e ir al fondo del problema. ¡Habría que apostar decididamente por la familia y su labor humanizadora!