La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)
Durante su alocución en la Cadena Cope

El cardenal Rouco recuerda que «el sacerdocio ministerial es un don precioso de Jesucristo»

ROUCO-COPE-OKEn su intervención en el informativo diocesano de COPE, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, habló este domingo del sacerdocio. Comenzó explicando que la víspera había ordenado a veintidós nuevos presbíteros diocesanos, algo que calificó como “¡Una gozosa noticia pascual! ¡Un don del Señor Resucitado para su Iglesia ‘que peregrina’ en Madrid!”. Recordó que el sacerdocio “no se trata de un cargo u oficio que procede de iniciativas y de programas organizativos que proponen hombres para el buen funcionamiento de una realidad asociativa más o menos provechosa desde el punto de vista del bienestar social o de la práctica religiosa”. Ni la Iglesia es una ONG benéfica, aseguró, ni los sacerdotes, aseguró, meros funcionarios. “La Iglesia es, antes bien, Institución y Misterio del Señor Resucitado que prolonga sacramentalmente en el mundo su presencia salvadora hasta el final de los tiempos. Y sus Obispos y Presbíteros, aquellos a quienes Él confía el servicio de hacerle presente a Él, como Cabeza y Pastor de su Iglesia, para la salvación de toda la familia humana”.“El sacerdote es ‘alter Christus’, ‘otro Cristo’”, aseguró. Por ello, “nadie puede ser llamado al sacerdocio sino es por Aquél a quien el Presbítero representa visiblemente”. “Naturalmente, su llamada ha de ser acogida por los elegidos, pero ayudados y acompañados por la oración de toda la Iglesia”.

Por eso, añadió que “hemos de dar gracias al Señor por el don de estos veintidós nuevos sacerdotes, ‘sus ministros’, que, fieles a su vocación, habrán de entregar sus vidas a Jesucristo, Crucificado y Resucitado por nosotros, los hombres pecadores y débiles ante las tentaciones del Maligno, −a las que no se escapan tampoco los ya bautizados por el agua y el Espíritu Santo− para impulsarnos y sostenernos en el ejercicio de la caridad cristiana: ¡del verdadero amor que tanto necesitan hoy la sociedad y el mundo en el que estamos inmersos!”.

A continuación, hizo alusión a la festividad litúrgica de San José Obrero, Fiesta del Trabajo, que se conmemora el 1º de Mayo. “Nos evoca no sólo capítulos de una historia pasada, en la que el trabajo y el trabajador reclamaban con todo derecho que fuesen reconocidos respectivamente su valor personal y su dignidad trascendente con un destino y una vocación que traspasaba los límites de tiempo y de lugar: la vocación del hombre como hijo de Dios, llamado a unirse en el amor fraterno con todos los demás hombres, sus hermanos, en la experiencia compartida de la vida que ha de llegar a la plenitud en la Gloria del Resucitado. También nos hace presentes como Iglesia con su doctrina social y sus sacerdotes, como testigos del Evangelio del trabajo, han tratado siempre y perseverantemente, en medio de sus flaquezas humanas, de ser los instrumentos elegidos por Jesucristo, el Señor Resucitado, para abrir, ensanchar y mantener vivo el camino del amor fraterno, el único que hace posible y fecunda la realización de la justicia en las relaciones sociales con el estilo propio del cristiano: el de la gratuidad generosa, que da más de lo que recibe. Y, sobre todo, nos urge a proceder en esta nueva hora tan crítica y dolorosa, por la que atraviesan nuestra sociedad y las de otras sociedades hermanas de Europa y del mundo, con la misma entrega, aún más comprometida”.

Exhortó a “seguir sembrando la semilla de la gracia de Jesucristo Resucitado, todos los hijos e hijas de la Iglesia, especialmente sus Pastores −los Obispos y los sacerdotes−, a los que incumbe la guía espiritual, el acompañamiento cercano y el darse sin condiciones en medio de su pueblo”. “Desde ayer, nuestra Archidiócesis de Madrid, por la gracia y el don del Espíritu Santo, enviado por Nuestro Señor Jesucristo Resucitado, Sumo Sacerdote y Pastor de su Iglesia, cuenta con veintidós nuevos sacerdotes para llevar a cabo esa paciente, valerosa y gozosa tarea de una verdadera conversión y renovación de las personas, de las familias y de la sociedad en el Amor de Jesucristo, nuestro Señor”.

Concluyó encomendando a los nuevos presbíteros a la Virgen de la Almudena.