La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¿Animadversión contra la Iglesia, la independencia, o la verdad?

José Mª Martí Sánchez. Licenciado en Derecho.- En un momento de desprestigio de los políticos y agotamiento del discurso de la izquierda, enrocado en la «perspectiva de género» y el laicismo, las juventudes Socialistas han lanzado un ataque a la Iglesia. Primero, fue a cuenta de las cantidades que dicen maneja (6 abril). Más recientemente, preparan, para el 24 Congreso Federal (27-29 abril, en la sede de UGT de Madrid), una ponencia marco con medidas favorecedoras de una sociedad «radicalmente laica». La Secretaria General socialista, Elena Valenciano, se ha sumado a la campaña: «Si el Gobierno, de la mano de los obispos, modifica la ley del aborto, el PSOE exigirá por todas las vías… la modificación de los acuerdos con la Santa Sede» (16 abril). La violencia contra la Iglesia es preocupante. En Bélgica, feministas extremistas agredieron al Presidente de la Conferencia Episcopal, en la Universidad Libre de Bruselas (24 abril).  josemariamartisanchez

 

La actitud del PSOE ha suscitado comentarios tan oportunos y lúcidos como los de Cristina Losada («Rouco Varela, el temible chantajista», Libertad Digital, 17 abril) y Ricardo Latorre («Rubalcaba-Valenciano y el miedo a la Iglesia», Intereconomía, 24 abril). Destacan la distorsión de la imagen de la Iglesia, característica de otros momentos históricos. El Comunismo científico presentó al Iglesia como ávida de poder, con aspiraciones al control social y a imponer sus planteamientos. La prensa oficial polaca interpretó así la participación del Cardenal Wyzynsky en el Concilio Vaticano II. Ello le llevó a pensar que: «Los medios ateos desconocen la naturaleza y la esencia de la Iglesia, a la que consideran exclusivamente desde un ángulo político» (13 enero 1963). Ahora se magnifica el influjo eclesial y, dotándole de tintes míticos, se condena por enemigo de la libertad. Aparte de ello, la Iglesia sería el único grupo que, respetando las reglas de convivencia y gozando del respaldo de la tradición, la sociedad y la ley (art. 16.3 de la Constitución), quedaría excluido de participar en la vida pública.

 

El Primado de Polonia insistió en que tal postura dañaría a todos. Benedicto XVI abundó en la fuerza unificadora de la religión. En consecuencia, «se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan a la construcción del orden social. A decir verdad, ya lo están haciendo, por ejemplo, a través de su implicación influyente y generosa en una amplia red de iniciativas, que van desde las universidades a las instituciones científicas, escuelas, centros de atención médica y a organizaciones caritativas al servicio de los más pobres y marginados. El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto —expresión por su propia naturaleza de la comunión entre personas— privilegiaría efectivamente un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona» (18 abril 2008).

 

La humanidad da un salto cualitativo con el reconocimiento de la dignidad de la persona, de su valor intrínseco, independiente de condicionantes como: la raza, la religión, el pueblo, el sexo, el nivel social, etc. En la defensa de la verdad del hombre, por la que han derramado su sangre los mártires de todo tiempo, la Iglesia también se compromete. Por ello encontró resistencia desde los orígenes. «A partir de 1968, la fe cristiana entró cada vez más en contraposición con respecto a un nuevo proyecto de sociedad, de modo que tuvo que hacer frente una y otra vez a opiniones que luchaban poderosamente por imponerse. Por tanto, soportar hostilidad y ofrecer resistencia —aunque una resistencia que sirva para sacar a luz lo positivo— son cosas que pertenecen a la vida cristiana» (Benedicto XVI, Luz del mundo). La conducta de Jesús marca el camino: «Jesús atestigua ante Pilato que es la Verdad y el testigo de la verdad. Defiende la verdad no mediante legiones, sino que, a través de su pasión, la hace visible y la pone también en vigencia” (ibidem)».

 

Entonces, ¿para qué es el poder en la Iglesia? No para forzar. «Su “poder” consiste solamente en que existe la convicción, en que los hombres captan que formamos una unidad y que el papa tiene una misión que no se ha dado él a sí mismo». (ibidem). Nos movemos, en el ámbito de la autoridad moral.

 

Aquí tienen aplicación unas reflexiones de Hanna Arendt: «La verdad aunque impotente y siempre derrotada en un choque frontal con los poderes establecidos, tiene una fuerza propia: hagan lo que hagan, los que ejercen el poder son incapaces de descubrir o inventar un sustituto adecuado para ella. La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden reemplazarla. Y esto es válido para la verdad de razón o para la religiosa, tanto como para la verdad de hecho, mucho más obviamente en este caso» (Entre el pasado y el futuro).

 

Esto explica la oposición que suscita la verdad en quien quiere mandar arbitrariamente. «Vista con la perspectiva de la política, la verdad tiene un carácter despótico. Por consiguiente, los tiranos la odian, porque con razón temen la competencia de una fuerza coactiva que no pueden monopolizar, y no le otorgan demasiada estima los gobiernos que se basan en el consenso y rechazan la coacción» (ibidem).

 

El resultado de alejarse de la realidad marca el declive de los gobiernos y su popularidad. Dan la impresión de ir a la deriva, faltos de proyecto y convicción. Dependen de las encuestas o de la coyuntura. Hoy el debate político se ha empobrecido y radicalizado, con las concesiones a grupos extremistas o minoritarios.

 

La verdad y quienes la sirven incondicionalmente ponen en pie una exigencia incómoda, mas, por otro lado, con ello devuelven al orden establecido su valor de justicia y legitimidad. Los políticos deberían juzgar, desde esta perspectiva, la colaboración de la Iglesia y ser más receptivos con quien demuestra independencia y buena fe.