La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Ideología y humanidad: ¿qué importa más?

Manuel Cruz.- Un día antes de conocerse la última encuesta de población activa, con su pavoroso dato de parados, la directora del área social de Cáritas, Ana Abril, reconocía su admiración por las personas que cada día siguen buscando trabajo porque eso los hace valientes y muestran un signo de esperanza al tiempo que testimonian que hay cosas que se pueden hacer.

En realidad, bien poco se puede hacer frente a la dictadura de los mercados, de las finanzas y de los poderosos, ese mínimo porcentaje de ricos que se reparten más del ochenta por ciento de la riqueza mundial. Pero dentro de ese poco está el testimonio de solidaridad de los millares de voluntarios que la institución caritativa de la Iglesia mueve cada día para llevar las migajas que la sociedad opulenta deja a quien no tiene ni fuerzas para recogerlas. De ahí la admiración que la señora Abril mostraba por los que perseveran, no sin antes recordar la dureza con que Benedicto XVI denunciaba la vulneración de uno de los derechos y deberes más amenazados en este tiempo de crisis: el derecho a trabajar, que conlleva el derecho a la vivienda, a la dignidad, a la familia…

Ahora bien, esa admiración por los que perseveran en lo que, de momento, parece tarea imposible, la busca de trabajo, no es óbice para que la misma Cáritas haya pedido a nuestros gobernantes y políticos, con la valentía que tiene quien todo lo da por amor, la creación de un sistema de ingresos mínimos para las personas más vulnerables, lo que implica una “inversión social” éticamente necesaria.

No parece, sin embargo, que las recientes medidas que ha adoptado el Gobierno vayan por ese camino. Mariano Rajoy está empeñado en salir de la crisis con una receta única: reducir el déficit a base de reducir los gastos públicos de todo tipo para que los mercados recuperen la confianza en que España es buena pagadora y, en consecuencia, nos sigan prestando dinero para afrontar los gastos corrientes, es decir, para mantener la Administración y los servicios públicos más indispensables como sanidad y educación. De ahí apenas podemos pasar. Y, sin embargo, corresponde a la sociedad entera, al margen de toda ideología y de toda estrechez, afrontar el reto de atender a los seis millones largos de parados.

En estos días en que tenemos que hacer nuestra declaración de la renta, los católicos estamos llamados a contribuir a esta llamada a la solidaridad de una manera muy concreta: marcando la X en las casillas correspondientes a la Iglesia y otros fines sociales. Hay que estar muy ciegos -como lo está la izquierda corrompida por su pérdida del sentido común- para no darse cuenta de la ingente labor que desarrolla la Iglesia, no solo en el marco asistencial tan diversificado sino en la enseñanza con un ahorro de más de 30.000 millones de euros al Estado y en la atención humanitaria en tantísimos centros humanitarios como atiende. Y todo ello desde un único postulado, el amor y el respeto a la dignidad de la persona.

Pero eso es cosa sabida. La pregunta que me tienta desde hace algún tiempo otra: ¿hasta qué punto esa izquierda que se arrima a los antisistema para derribar al Gobierno, es capaz de colaborar con un Gobierno de centro-derecha al que acusa de haber fracasado en su política económica? Convengamos en que Mariano Rajoy, con sus reformas anteriores y con las que acaba de anunciar, no ha sido capaz de ir más allá de la reducción del déficit y de la recuperación de la confianza exterior; convengamos en que está perdiendo a chorros la confianza interior, la de sus propios votantes; convengamos en que, incluso, es posible que llegue a las próximas elecciones -noviembre de 2015- sin haber sacado a España de la crisis y convengamos, por último, en que nos encontramos en una situación de emergencia nacional. ¿Sería aconsejable que Rajoy recogiera el guante que le has lanzado Rubalcaba de apelar a todas las fuerzas sociales y políticas para elaborar juntos un plan para el empleo?

Doy por supuesto que las recetas económicas de la izquierda son las que nos han llevado a la dramática situación actual. Pero ¿no tiene una pizca de razón este desacreditado Rubalcaba cuando afirma que ya está bien de recordar la herencia recibida y que ahora son las recetas de la derecha las que tampoco consiguen sacarnos del túnel?

Hay que dar por supuesto que que existe una razón de Estado para tratar de unir a todos los partidos, sindicatos y empresarios para diseñar unos nuevos Pactos de la Moncloa. Pero siendo esto cierto, la oferta de Rubalcaba no deja de ser una trampa ideológica en la medida que nada o prácticamente nada puede hacerse sin la aprobación de Bruselas. Por otro lado, también hay que convenir en que Rajoy ha arrojado por la ventana su programa electoral al poner los intereses de España por encima de los de su partido. Ya veremos cómo lo tratará la historia. Pero acaso corresponda a la opinión publica, a la sociedad en su conjunto, empezar a dar los primeros pasos, no solo con un pasivo gesto de estrecharse el cinturón sino con una movilización masiva que, por un lado, rechace con firmeza el vandalismo de los antisistema y de los partidos afines y, por otro, envíe un mensaje de confianza en el Gobierno que, al mismo tiempo, sirva de advertencia a Bruselas, a los mercados, a los ricos del mundo, de que así no podemos seguir.

Será a partir de entonces cuando agentes sociales y partidos podrían reunirse para definir una estrategia común al margen de toda ideología. Puede que todo esto sea una utopía , ese sistema ideal de gobierno en el que se concibe una sociedad perfecta, tal y como lo definía Santo Tomás Moro. Pero si bien es verdad que aquí nadie busca la perfección, por cierto tan vilipendiada por la izquierda, lo importante no es llegar a ella sino ponerse en camino. ¿Sería posible dejar de lado por un tiempo los insultos y las controversias políticas para ponernos a pensar juntos? El dilema austeridad o crecimiento con déficit debe tener un punto intermedio. ¿Cómo es posible que con tantos economistas de izquierdas, de centro, de derechas y de la quimérica Utopía, no se haya encontrado la fórmula legal para poner todos los recursos al servicio de la persona y no del afán de riqueza que mueve a los más poderosos?

En realidad, la pregunta definitiva es otra: ¿Cómo es posible que aún subsistan los paraísos fiscales y los desalmados que esconden allí sus fortunas robadas? ¿Quien los protege y por qué? Bien poco pueden hacer los Rajoy y los Rubalcaba si no se acaba antes con esta obscenidad: si desapareciera, no solo disolvería en la nada a los Bárcenas y Orioles, por poner un ejemplo local mínimo, sino que haría absurdas las pugas ideológicas.