La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Cuando hablo del aborto siempre tengo problemas. Se ponen nerviosos y me censuran.

magdalenadelamoMagdalena del Amo.- La “Cultura de la Muerte” ha conseguido permear en la sociedad y contaminar mentes y conciencias de toda clase y condición. Primero con estrépito y campañas agresivas para conquistar a los que habrían de ser sus zapadores y mercenarios. Y después, ya con la tropa preparada, con la conquista silenciosa, por medio de la presión sutil –y a veces no tanto— y la mordaza cobarde. Esto es lo que ocurre en la actualidad. La Cultura de la Muerte, de manera sigilosa, marca nuestra hoja de ruta; incluso la de los católicos tibios, aquellos que reducen la creencia al ámbito privado, como consignan los laicistas.

Hablar y escribir contra el aborto me ha acarreado muchos problemas. Y hacer el recorrido de la ideología hasta hoy, analizando la acción perniciosa de organismos internacionales y fundaciones disfrazadas de filantrópicas,  mucha incomprensión y escepticismo, porque no tienen ni idea de qué hablo. Por posicionarme contra el aborto, por suerte, nunca he sufrido agresiones físicas, como sí les ha ocurrido a otros profesionales defensores de la vida, pero debo decir que sufro el veto en prácticamente todos los medios de ideología laicista. Lo sé, lo asumo y ni siquiera me sorprende porque sé que eso es así. Lo que sí clama al cielo es que en mi propia cadena se me censure. No los obispos, claro. Cuento con su apoyo y me consta. A pesar de ello, siempre que hago un programa sobre el aborto se pretende coartar mi libertad de expresión, cosa que para mí supone una agresión psicológica que llega a afectar mi equilibrio emocional, momentáneamente. ¿Que cómo puede ocurrirme esto?

Como establecí al principio del artículo, el árbol de la Cultura de la Muerte no solo ha enraizado en nuestra sociedad, sino que estamos viendo las consecuencias de sus frutos venenosos, de los que, en mayor o menor medida, todos participamos. Decía Benedicto XVI que cuando la lluvia ácida cesa, deja la tierra contaminada y sus efectos son devastadores. En este mismo sentido, el obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Sánchez Monge, utiliza la metáfora del fumador pasivo, que no sabe que está inhalando los agentes nocivos del tabaco de otros. Las raíces laicistas han penetrado en la educación, en el arte, en la literatura, en el ocio, en los medios de comunicación y en cualquiera de las actividades humanas. Por ello, los católicos estamos continuamente expuestos a la contaminación del laicismo y sus postulados.

El relativismo moral que tanto han denunciado los últimos Papas lo invade todo. Por eso me ocurre esto. Por eso soy sometida a censura. Es cierto que damos cobertura a los actos religiosos; que cada Obispo tiene su espacio y también las parroquias; pero fuera de los programas específicamente de contenido religioso, no tenemos una línea transversal que demuestre quiénes somos y qué queremos. Lo cierto y de facto la consigna parece ser que no hay que ofender a la izquierda, a los progres o a los laicistas, todos bajo el mismo paraguas.

Pero, ¿por qué molesto tanto y se me mira con lupa cuando hablo del aborto? La respuesta es fácil. Y es que yo no me limito a la simple dicotomía de aborto sí, porque es un derecho conseguido, o aborto no, porque es un crimen. Yo llamo a las cosas por su nombre y no empleo ninguno de los eufemismos que establece la dictadura de lo políticamente correcto. Yo soy cruda porque reflejo la realidad. Hablo del derecho del bebé en gestación, al que se le quita la vida, con dolor, tortura previa y sin juicio. Yo doy datos de estudios científicos de las secuelas que padecen las mujeres que abortan. Cuento la realidad sin tibiezas. A mí me gusta sacudir conciencias. En mi monográfico sobre el aborto se me cuestionó el término “Cultura de la Muerte” aunque, finalmente, no me lo censuraron. He aquí la locución de una de las piezas que fue censurada, extraída de mi libro Déjame nacer, publicado en el 2009:

“En el aborto hay varias víctimas. La principal, sin ninguna duda, es el bebé en gestación que es privado de su derecho a la vida, una operación no exenta de dolor. Los expertos en dolor perinatal aseguran que el feto experimenta dolor, y aconsejan que en los abortos de más de 21 semanas se le aplique a la madre anestesia general para evitar el sufrimiento del feto. Los colectivos proabortistas, sin embargo, prefieren desoír los resultados de las últimas investigaciones y aferrarse a la ciencia rudimentaria y positivista que indica que las conexiones tálamo-corticales no se establecen hasta la semana 32. Existen espurios intereses en que las mujeres –y la sociedad en pleno—continúen engañadas para poder seguir manipulando sus conciencias. La segunda víctima es la mujer, que sufre una serie de secuelas, enmarcadas en el denominado Síndrome postaborto, un tipo de Síndrome de estrés post traumático, aún sin categorizar, debido, en parte, a la presión de los lobbies de la industria abortista que ejercen influencia para impedir la publicación de estudios en revistas científicas. Pero hay más secuelas. El aborto está relacionado con el suicidio, el cáncer de mama, la ruptura de pareja, los malos tratos y la adicción al alcohol y a las drogas. Las mujeres que abortan también pueden sufrir otros trastornos físicos, como problemas gastrointestinales y alimenticios, infecciones, trombosis o esterilidad. El doctor Joel Brind, profesor de la Universidad de Nueva York y director del “Breast Cancer Prevention Institute”, de la misma ciudad, manifiesta que los últimos estudios basados en datos biológicos y endocrinológicos revelan que hay una tasa elevada de cáncer de mama entre las mujeres que han abortado en el primer trimestre. Otro estudio dirigido por el citado doctor concluye que las mujeres que se habían realizado un aborto antes de su primer embarazo completo tenían un 50 por ciento más de riesgo de desarrollar cáncer de mama. Estos ejemplos son solo una muestra. Ya han empezado a aparecer artículos pronosticando que en un futuro muy próximo las mujeres demandarán a los responsables de sus abortos, por las consecuencias que les han acarreado, de la misma manera que se hace hoy con las compañías tabaqueras”.

Debo decir que recibo apoyos y parabienes por doquier, cosa que agradezco. Sé que estoy en el
camino recto y no cejaré en la lucha contra este genocidio silencioso, cuyos culpables no son solo los abortistas, sino quienes por intereses o por cobardía, callan el alcance de sus crímenes y las consecuencias de los mismos. La frase de Edmund Burke hay que tenerla presente: “Para que el mal prolifere basta con que los buenos no hagan nada”. Hemos estado mudos durante años, pero ¡basta ya! Hay que conseguir que la sociedad visibilice este horror, aunque soy consciente de que no es tarea fácil.

Hay dos cosas que a los defensores del aborto les pone muy nerviosos: que se les recuerden las políticas nazis y que se muestren fotos y vídeos de bebés abortados. No lo pueden soportar, y presionan para que la masacre no salga a la luz. Tanto, que han conseguido dividir a los provida entre los  partidarios de publicar fotos de bebés abortados, y los que prefieren omitir estas imágenes sangrientas. El padre Frank Pavone, fundador de Priests for life se decanta por mostrarlas, no sin haber hecho profundas reflexiones. Dice el Padre que cuando una persona ve fotografiada la cruda realidad del aborto, si no tiene un corazón de piedra, nunca más volverá a defender este crimen nefando. Conviene recordar que de algunos hechos históricos, como el holocausto nazi, la segregación racial, o determinados episodios de hambrunas actuales, hemos interiorizado su alcance y gravedad después de haber visionado las imágenes.

Para terminar, solo este mensaje: Sí a la vida, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. ¡Sin excepciones! ¡Sí a la libertad de expresión para denunciar estos horrores!