La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Camino hacia Pentecostés

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Cuando Jesús se apareció a sus apóstoles y a más personas después de su resurrección, lo hacía porque sabía que su misión aún no había quedado concluida. Este texto del Evangelio de San Juan (21, 1-14) muestra que aquellos hombres que de tan cerca lo habían seguido, al parecer no habían comprendido del todo lo que tenían que hacer. Dice esto que sigue:  ELEUTERIO

 

“En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: También nosotros vamos contigo. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

 

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: ‘Muchachos, ¿no tenéis ‘pescado?’. Le contestaron: ‘No’. Él les dijo: ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’. Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

 

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: ‘Traed algunos de los peces que acabáis de pescar’. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: ‘Venid y comed’. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.”

 

Por tanto, Jesús, antes de ascender al definitivo Reino de Dios, tenía que continuar con su labor de enseñanza de aquellos hombres que, incluso después de haberlo visto, no habían comprendido que tenían que ser, desde entonces, pescadores de hombres y no de peces.

 

Estaban, ellos, camino de Pentecostés y tenían que seguir aprendido de lo que les dijera el Maestro, ya resucitado y visto por ellos, imaginamos y creemos, en muchas ocasiones. Por eso, en  los Hechos de los Apóstoles (1, 1-3) escribe San Lucas, dirigiéndose a Teófilo, que “El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había  elegido, fue llevado al cielo. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios”.

 

Jesús, les habló, seguramente muchas veces (recordemos que aquellos hombres no eran doctos sino trabajadores más que posiblemente sin estudios ni otras sabidurías humanas) para que comprendiesen lo que era muy importante que luego transmitiesen a las gentes que pudieran conocer o ver: el Reino de Dios había venido en la persona de Jesucristo y la salvación eterna había sido ganada con la muerte, y muerte de cruz, del Hijo de Dios.

 

Camino hacia Pentecostés, aquellos discípulos de Cristo que habían vivido con el Maestro unos momentos de gozo que no podrían olvidar, y nosotros mismos, que esperamos la venida por segunda vez del Hijo de Dios, estamos a la espera, de nuevo (siempre espera y siempre de nuevo) de ser enviados para que la Palabra de Dios llegue a todos los rincones del mundo donde no sea conocida y al corazón de aquellos creyentes que, atraídos por el mundo y sus mundanidades, la hayan olvidado y la tengan como una realidad sin importancia en sus vidas.

 

Camino hacia Pentecostés debemos renovar, en nuestro corazón, la esperanza que nos une al Creador y que nos impele a vivir según quiere Dios que vivamos y que no es de otra forma que no negando nuestra fe sino, muy al contrario, hacer partícipes de la misma a todo aquel que nos requiera. Hacer, aquí, efectivo, aquel llamado de Pedro cuando nos dijo que debemos estar preparados para dar razón de nuestra esperanza (cf. ¡ Pe, 3, 15) porque la misma tiene relación más que directa con el Todopoderoso y con la salvación eterna, la vida eterna, que nos ganó Cristo cuando dio su Cuerpo y su Sangre por nosotros y con su Cuerpo y su Sangre constituyó, ya para siempre, la Sagrada Eucaristía o Acción de Gracias a Dios por su Hijo y por la forma que tuvo de ser Hijo y de ser fiel.

 

Camino hacia Pentecostés todos estamos amparados por el Creador y, por eso mismo, no cabe duda alguna acerca de qué debemos hacer: estar, ahora también, preparados.