La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El Estado elige: o viejos o jóvenes

Paginasdigital

08/04/13

La pasada semana en Madrid, Pascal Lamy, el secretario de la Organización Mundial del Comercio, daba una buena definición de China: «es un país rico con mucha gente pobre». Habría que añadir que es un país rico en ciertas cosas y paupérrimo en libertad. Otros economistas han acuñado otro aforismo para definir al Gigante Asiático que le disputa el liderazgo a Estados Unidos: «China es un país que va a ser viejo antes que rico». Está visto que buena parte de la inteligencia occidental, al menos la que se dedica a las tendencias internacionales y sociales, está volcada en intentar precisar cómo definir a la potencia asiática.

 Lo interesante del caso es que China ha puesto de manifiesto que el envejecimiento no es solo un problema occidental o europeo (los Estados Unidos siguen teniendo una mejor ratio de fecundidad gracias a los inmigrantes latinos). La política del hijo único y las restricciones de la natalidad van a provocar que la modernización definitiva en lo económico coincida con una inversión muy peligrosa de la pirámide de población. Es lo contrario de lo que pasa en India, que a juzgar por el último número de The Economist es la preferida del mundo anglosajón. En China, además, los abortos selectivos provocan que escaseen las mujeres.

Pero volvamos al envejecimiento porque es el gran reto que van a tener los estados, no sólo en Europa, en las próximas décadas. No es un problema que pueda resolverse con los viejos esquemas de la socialdemocracia/liberalismo del viejo mundo.

Paul Wallace escribió hace más de diez años un libro dedicado al seísmo demográfico. Y ahora ha sido el autor de un trabajo (Taming Leviathan: the state of the state) sobre el futuro del Estado incluido en el informe Megachance, que ha publicado también The Economist. Se dirá que Wallace y todos sus chicos son unos megaliberales y que no conviene escucharlos mucho. No pueden ser, desde luego, la última palabra, sobre todo en algunos temas, pero en otros apuntan en la buena dirección. Y desde luego lo hacen cuando subrayan que el Estado tiene que elegir entre los jóvenes y los viejos. En Europa, la generación del Baby Boom ha empezado a jubilarse, invirtiendo la relación entre trabajadores activos y jubilados. Es fácil pronosticar inminentes y profundos cambios en la regulación de las pensiones. En España entró en vigor hace unas semanas la segunda reforma en pocos meses con el fin de retrasar la edad de jubilación y de compatibilizar trabajo y retiro. El proceso se acelerará en todo el Viejo Continente.

Pero el reto del envejecimiento para el Estado, según Wallace, no es tanto el sistema de pensiones como el gasto sanitario. La última crisis ha dejado la deuda pública disparada y el sistema de sanidad no es sostenible. Por eso hace falta un Estado inteligente. Los responsables políticos deben elegir entre quedarse atascados en la lucha contra el gasto o apostar por políticas de crecimiento. Los viejos, en edad y en mentalidad (los que se han quedado atrapados en los esquemas mentales de los años 80), defenderán que no se toque el modelo de gestión de la sanidad. Aunque lo cierto es que el futuro pasa por impulsar el crecimiento. Y el crecimiento, al menos en España, no depende de la inversión en infraestructura -como también sucedía en los años 80 y 90 del pasado siglo- sino en que se apueste por la educación. Pascal Lamy daba tres recetas en Madrid para competir en un mundo globalizado: educación, educación y educación. Es una excelente enseñanza la que le ha permitido a la pequeña Corea del Sur situarse donde está y son los buenos resultados educativos en ciertos campos los que están ayudando mucho a India.

Que el Estado sea inteligente no supone que renuncie a atender sanitariamente a los mayores. La inteligencia consiste en involucrarlos con sistemas de copago y en involucrar, sobre todo, a la sociedad civil para hacer transición de un Estado del Bienestar a una Sociedad del Bienestar. Wallace y muchos otros ponen como ejemplo el modelo de gestión de los hospitales holandeses que han empezado a copiar los irlandeses. Son hospitales que ahorran dinero, que no están en manos del mercado sino de entidades sin ánimo de lucro y que se financian en un 80 por ciento con fondos públicos. Un ejemplo de subsidiariedad muy necesario ahora que el futuro exige cambiar muchas cosas, sobre todo la mentalidad, y dedicar las mejores energías a las nuevas generaciones.