La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Iglesia y Estado: ¿la utopía?

Manuel Cruz.- A propósito del aborto, los obispos españoles, como es natural, no se van precisamente por las ramas. La ley actual es gravemente injusta a todas luces y la obligación de un cristiano es no favorecer con su voto ningún programa político que contenga propuestas contrarias a los contenido de la fe y la moral.

Así lo ha recordado la Conferencia Episcopal en la presentación reciente de su campaña anual por la vida. Más aún: el cardenal arzobispo de Madrid nos ha pedido a los católicos que no dejemos de hablar ni de anunciar ese gravísimo pecado que está sucediendo todos los días, por lo que “nos toca ser promotores eficaces del derecho y el bien de la vida de los inocentes…”

Así que no nos podemos llamar a engaño. Ahora bien, a la vista de esta legislación nefasta que nos ha dejado como herencia envenenada el anterior Gobierno socialista, cabe preguntarse, una vez más, cómo ha sido posible que un buena parte de la sociedad española –al menos la que tenía mayoría en las dos anteriores legislaturas- haya acogido con toda naturalidad la muerte violenta de cientos de miles de seres humanos antes de nacer. Y por qué el Gobierno que preside don Mariano Rajoy no se ha dado algo de más prisa en remediar esta situación, de acuerdo con sus promesas electorales.

Me atrevo a dar una opinión personal como católico. En primer lugar, aquellas mayorías sociales integradas por el feminismo radical y la izquierda agnóstica –es decir, no solo la que no cree en el hombre como criatura de Dios sino en la propia dignidad humana, por mucho que se rasgue cínicamente las vestiduras cuando habla de los pobres, desahuciados o marginados- han sabido insensibilizar a buena parte de la sociedad sobre el valor de la vida humana con el argumento de que es superior la libertad de decidir la vida o la muerte de un hijo, a la responsabilidad de parirlo.

Es decir, esta izquierda agnóstica, pragmática y progresista, está mucho más conectada con el hedonismo cultural que la propia Iglesia –jerarquía y fieles- lo está con la  conciencia universal del respeto a la vida. Pero eso no basta: la propia derecha conservadora y liberal, está profundamente dividida moralmente sobre la vigencia del mandato divino “no matarás”, en la medida que tampoco tiene plena conciencia del valor humano de la vida en el momento de su concepción.

Me arriesgaría, además, a proponer una encuesta entre los votantes habituales de la derecha e, incluso, entre las mismísimas fieles que acuden a asiduamente a los templos, con una pregunta: ¿Está usted de acuerdo con el aborto en caso de violación o de grave enfermedad del feto? Nos podríamos llevar una sorpresa mayúscula con el resultado del sondeo. Pero esa no es la cuestión que quiero plantear en este comentario. El meollo del problema reside tanto en la expansión de la ideología de género que viene dando la batalla antropológica, desde hace décadas, al concepto de persona, como en el desarrollo económico de los últimos decenios, que ha conducido a buena parte de la sociedad a prescindir de los valores morales y hasta de los derechos humanos en aras de la busca del bienestar, entendido este como la facilidad para gastar y consumir a costa del papá Estado, a medida que han ido disminuyendo las responsabilidades personales de cada uno de nuestros actos.

Buena parte de la crisis económica y moral que padecemos está justo ahí, con su derivación hacia la acumulación de riquezas, la aparición de los paraísos fiscales, la “liberación” sexual, la corrupción y un largo etcétera centrado en la busca del placer como tarea primordial de “realización” personal. La izquierda ha tenido así el campo abonado para engatusar a esa sociedad dócil y sumisa… que la derecha quisiera mimar del mismo modo aunque no puede porque no ha tenido más remedio que recortar drásticamente lo que más anhelaba la gente, es decir, el bienestar.

Dicho lo cual y para no alargarme demasiado, la pregunta que nos hacemos hoy los católicos es hasta dónde vamos a llegar con nuestra traición a los valores que aprendimos del catecismo… Lo cual me lleva a preguntarme también hasta qué punto el cambio o reforma de una legislación, a todas luces nefasta, pero a la cual se ha acomodado una mayoría social, va a ser aceptado con la misma naturalidad con que se aceptó el aborto libre. Sí, en cambio, se le debe exigir al Gobierno, si es que quiere de verdad luchar contra la crisis económica, al menos como pretexto, que se dedique a propiciar las condiciones para que se produzca paulatinamente el indispensable cambio de valores morales en la sociedad para que la mayoría llegue, en unos años, a rechazar el aborto como se rechaza la esclavitud. Eso tan solo se puede lograr a medio y largo plazo, a través de una profunda reforma educativa, lo cual exigiíía, a su vez, que la izquierda montaraz que todavía padecemos, no vuelva a ganar unas elecciones… hasta que se civilizara.

¿Una utopía? Puede. Pero en este sentido, la labor de la Iglesia, centrada ya en la recuperación de la fe, no puede ser otra que la de rejuvenecer la conciencia moral de los católicos en primer lugar, y recordar al resto de la sociedad, con ocasión y sin ella, cual es el único mensaje que da sentido a la vida humana: la Verdad del Evangelio. Estado e Iglesia tienen mucho que hacer –sin imponer- y de ahí que sea esperanzador que el presidente del Gobierno haya querido mantener su cita con el Papa como reflejo de esa colaboración indispensable para restaurar la confianza en que todo puede ir a mejor… Dicho sea con la mejor intención del mundo.