La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Jornada por la Vida. Solo una sociedad corrompida puede aceptar el aborto.

magdalenadelamoMagdalena del Amo, periodista- Esta efemérides viene un año más a recordarnos el deber de defender la vida en toda su amplitud. La de los niños, que son los centinelas del futuro; la de los viejos, crisol de mil sabidurías y experiencias dibujadas en sus canas y arrugas; la vida, en el horizonte panorámico de “cuidar lo creado”, insistencia de Su Santidad Francisco en varias homilías. Yo siempre he querido ver en este mandato del Papa un mensaje encriptado, subliminal, proyectado hacia el embrión humano. Si cuidamos la naturaleza, con sus ríos y mares, montañas, valles y animales, ¡cómo no vamos a cuidar el embrión humano, lo más indefenso de la creación, un bien per se que hay que proteger!

Por desgracia, la ideología ecologista es radicalmente contraria a este aserto. Estos colectivos protegen el medio ambiente desde una cosmovisión pagana, y convierten esta defensa en un mito político que se expande a través de los acuerdos internacionales. Su panteísmo exacerbado los lleva a conferir un alma a todo lo inanimado –el fuego, el agua, el sol o la propia Tierra—, incorporando mitos ancestrales de culturas antiguas, mientras  despojan al ser humano del alma sustancial que por naturaleza posee. Incluso se han elaborado teorías sobre la rémora que suponen los humanos para el planeta, semejándolos a una especie de gusanos inmundos que la parasitan, y la conveniencia de que nazcan menos niños. Así, mientras el cigoto humano está en continuo riesgo, paradójicamente, existe una exaltación hacia los embriones de otras especies. Baste recordar que los linces y las águilas reales, por poner solo dos ejemplos de nuestra fauna, están protegidos por ley.

El avance de las sociedades en el cuidado de la naturaleza discurre en proporción inversa a la protección del embrión humano. Los países desarrollados han ido despenalizando el aborto y transformando en sus códigos el delito en derecho de la mujer. Pero hoy no podemos analizar los hechos de manera aislada, sino integrados en un crisol de causas y consecuencias. Lo que subyace en el fondo de todo es un afán imperialista de control de la población en el Planeta. Y no es de extrañar que todas estas  políticas se difundan e implementen a través de las Naciones Unidas. En la actualidad, esta organización está dirigida por personajes de escasos escrúpulos que amparándose en eufemismos, se mueven por los caminos de la ingeniería verbal vendiendo falsas generosidades, bienestares, libertades y derechos. Es sobradamente conocido que el control demográfico es una de las prioridades internacionales de EE.UU., aun a sabiendas de que la superpoblación y la escasez de recursos es una falacia de los maltusianos, a pesar de estar sus tesis lo suficientemente rebatidas por economistas y demógrafos de la talla de Wattenberg, Kasun, Simon, Boserup o Casas Torres, quienes recomiendan revisar los métodos que se imponen para frenar el desarrollo demográfico.

El ecologismo materialista se apoya en las tesis poblacionistas maltusianas y benthamianas cuando defiende que “cada persona que nace usa más alimento, más agua, más tierra, más combustibles fósiles, más árboles y produce más desperdicios, más contaminación, más gases y agrava el problema de la superpoblación”. En este sentido, las palabras del profesor emérito de planificación familiar del Colegio Universitario de Londres tampoco tienen desperdicio: “El efecto sobre el planeta al tener un niño menos es de una magnitud mayor que todo lo que podamos hacer, como por ejemplo apagar las luces”. La organización británica “Optimum Population Trust” (OPT) ha propuesto al Gobierno adoptar políticas para restringir la natalidad a dos hijos por familia, similares a las de China, usando el poder del Estado. En esta misma línea, el conocido millonario Al Gore, en su libro La Tierra en juego plantea la creación de un plan Marshall mundial para salvar el planeta y propone reducir el número de habitantes utilizando el poder de los Estados o la presión de un Gobierno mundial.

El control poblacional se está aplicando con nuestro consentimiento. Nuestras leyes han convertido el delito del aborto en un derecho humano, en un avance social de la sociedad del bienestar. Las mujeres abortan voluntariamente y se atiborran de anticonceptivos, como un signo de liberación. Pero para ello fue necesario todo un proceso de involución a situaciones y sentimientos propios de estados de barbarie ya olvidados. Fue necesario corromper a la sociedad y descristianizarla. Solo una sociedad que padece un cáncer moral en estado terminal puede aceptar mansamente que las mujeres acudan al matadero a que les arranquen el hijo concebido en sus entrañas.

Un año más, los obispos españoles han publicado un mensaje con motivo de la Jornada de la Vida. Piden que se modifique la ley del aborto, “con el fin de que sean reconocidos y protegidos los derechos de todos en lo que toca al más elemental y primario derecho de la vida”. Y en otra parte del redactado establecen: “En nuestro contexto actual, parece obligado añadir que una conciencia cristiana bien formada no debe favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral en ese sentido”. Excelente recomendación. Habrá que animarse y poner en práctica la votación a formaciones minoritarias que defiendan la vida, pero de verdad, aunque no tengan representación parlamentaria. En España, para nuestra desgracia, todos los partidos políticos, de izquierdas y de derechas, sin excepción, ¡e insisto, sin excepción!, son abortistas. Unos lo dicen abiertamente y otros engañan, cosa aún peor. Todavía estamos esperando la prometida derogación de la ley de plazos. ¿Cuántos bebés en gestación tendrán que morir en este genocidio silencioso de la que toda la sociedad es cómplice?

La Jornada por la Vida debe ser una fiesta en las calles. Hay que gritar a los cuatro vientos sí a la dignidad de la vida humana. Este día, y todos.