La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

De la duda, el estigma y la infamia

Hace unos días tuve ocasión de ver por la cadena 13TV la admirable película de John Patrick Shanley “La Duda”, en la que Meryl Streep hace el papel de estricta directora de un colegio católico en el Bronx, enfrentada a un sacerdote del que sospecha, sin apenas fundamento, que había abusado de un alumno de raza negra al que todos despreciaban.

Sin necesidad de entrar en el desarrollo previsible del argumento, lo que más me llamó la atención fue el sermón del sacerdote sobre las consecuencias de la infamia, en este caso disfrazada de “duda”. El buen cura se limitó a relatar como una metáfora la supuesta penitencia impuesta a una pecadora que había difamado a otra persona: llevar a la azotea una almohada y allí abrirla para que se esparcieran las plumas. Parecía poca cosa, pero cuando la pecadora volvió para decirle satisfecha que ya lo había hecho, se encontró con una segunda parte de la penitencia: que recogiera todas las plumas esparcidas por el viento para reconstruir la almohada.

Imposible, claro. El mal ya estaba hecho pero la estricta directora que escuchaba el sermón, lejos de recoger el mensaje mantuvo su duda sin que las lágrimas finales derramadas en un escenario nevado, le sirvieran ya de nada.

Me viene el recuerdo del sermón ante las dudas que el auto del juez Crespo, encargado de la instrucción del “caso Noos”, ha esparcido, sin proponérselo expresamente, a propósito de la supuesta complicidad de la Infanta Cristina… con la buena intención, precisamente, de aclarar las dudas, que ya se encargan algunos medios de propalar con el único fundamento de sus intereses personales.

No sabemos cómo va a acabar el lamentable asunto en el que Iñaki Undargarin se ha metido, digamos estúpidamente. Pero es evidente que su principal “pecado” ha consistido en llevar a la levantisca opinión pública y a la propia Justicia, la duda sobre la supuesta complicidad de su mujer en una trama de corrupción que le ha permitido vivir muy por encima de sus posibilidades.

Conviene aclarar a este propósito un hecho que no siempre se tiene en cuenta, cuando se lee o escucha una noticia, con su moderna retahíla de comentarios en todas las tertulias periodísticas: que la informaciones no son ninguna garantía de veracidad por el hecho obvio de que suelen ser fragmentarias; hay que esperar a disponer de todos los datos para recomponer el puzzle de la verdad.

Ni siquiera los autos judiciales son garantía alguna de verdad, que solo se establece, al menos desde el punto de vista jurídico, cuando se emite una sentencia definitiva. De ello es plenamente consciente la propia Justicia que dispone de sus cortafuegos para evitar posibles desmanes, como son los recursos de la fiscalía, tal y como ya hemos visto en el caso de la Infanta Cristina.

Si, la Justicia, con todos sus elementos, es la única garantía que tiene un Estado de Derecho de defender la inocencia de las personas sobre las que recaen sospechas. Pero no puede evitarse que mientras se sustancia un proceso judicial, los autos  y las filtraciones dejen al capricho del viento las plumas que se escapan de la almohada de la verdad.

Cabe preguntarse, no obstante, si vale la pena el riesgo de la duda y, en muchos casos, el riesgo de la infamia o, cuando menos, el riesgo del “estigma”, mientras llega el momento de la sentencia. Se da la circunstancia de que los legisladores constituyentes ya tuvieron el buen cuidado de introducir suficientes cautelas para impedir que destacados miembros de la sociedad (diputados, jueces, alcaldes, concejales…) fuesen “estigmatizados” en primera instancia judicial: como aforados solo pueden ser procesados por el Supremo. ¿Alguien se acuerda del juez que no quiso “estigmatizar” al presidente del Gobierno Felipe González aunque lo colocó en la cima de los Gal como “Mr.X”?

En fin, en estos tiempos revueltos cada vez parece más difícil descubrir la verdad, pero reconforta escuchar al Príncipe de Asturias afirmaciones como las que, en plena tormenta, hizo ayer en la entrega de los despachos judiciales a la nueva promoción de jueces: La Justicia es la «clave de bóveda» del mantenimiento del Estado social y democrático de derecho en «momentos complejos». Gracias por recordarlo y, sobre todo, por afirmarlo, justo ahora cando vuelan las plumas de la inocencia de su hermana Cristina.